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Después de escuchar a sus enviados a Buenos Aires, el Fondo Monetario ha insistido en un término que se viene utilizando desde hace un tiempo: el gobierno argentino tiene que generar “confianza”. ¿Pero qué elementos hacen falta para fomentar confianza en una sociedad descreída, receptora de una cantidad de impuestos flagelantes, escéptica frente al futuro, en la que la clase media es vapuleada con mensajes contradictorios?
La economía bimonetaria, el paradigma del dólar donde todos son protagonistas, público y Gobierno, vienen creado un clima asfixiante, casi bélico, entre la oposición política y las autoridades gobernantes. Eso no es nada: las reyertas se dan dentro del mismo poder oficial y de los diferentes grupos que lo integran. Así las cosas, si se quiere mirar con ojos sociológicos la sociedad argentina está desnuda y con odios.
La concentración opositora del lunes 12 irritó más de la cuenta al Gobierno y a sus adláteres. El Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, cometió un error que se pareció a un gesto racista. Dijo: “Los argentinos que se manifestaron no son ‘la gente’, no son ‘el pueblo’”. Calificar de ese modo a los presentes en el Obelisco y en las cercanías fue una falta de criterio político. Y una defensa inútil de los que él cree que son "el pueblo”, los que reciben importantes aportes del Estado para evitar que se salgan de cauce con un fenomenal desborde social.
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Cafiero ni ningún funcionario pueden llamar “irracionales” a los reclamos de los manifestantes que anhelan poner frenos a los desbordes de la Casa Rosada y terminar con la desesperanza que genera un gobierno bifronte que no está respetando al Poder Judicial.
Tampoco se podía esperar una respuesta humanista Dady Brieva, humorista y enajenado militante cristinista. Dijo, suelto de cuerpo: “Tengo ganas de agarrar un camión y jugar al bowling por la 9 de Julio”. ¿Tendrá conciencia Brieva? ¿Sabe lo que está pasando en el mundo y en la Argentina? ¿Tiene información Brieva que la mayoría de los últimos atentados terroristas en Europa fueron con camiones que se lanzaron a toda velocidad sobre caminantes en unas transitadas calles de importantes ciudades? Su afirmación pública no produce gracia alguna, ni entre sus amigos. Y puede llegar a ser acusado de alentar el crimen colectivo.
La grieta divide cada vez más al país. No hay manera de crear puentes que alivien las grandes tensiones y odios. Ni de un lado ni del otro parecería existir un criterio adulto para comprobar que de los dos lados no se ocultan los bidones con nafta.
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Pero este clima no es sólo culpa del oficialismo. La oposición está preparada para responder al agresor de palabra, en la calle y en el Parlamento. De esta manera la “confianza” es un deseo incumplido desde el inicio.
Desde Estados Unidos hay voces que pregonan la dolarización como salida para la crisis argentina. Agregan que así lo hizo Ecuador (con asesoramiento de Domingo Cavallo), pero los resultados que se conocen son magros y contradictorios. Además, Argentina ya conoció un proceso parecido, la Convertibilidad. Le alegró la vida a las empresas privadas para obtener importantes ganancias y fabricó un velo de irrealidad que se rompió mucho antes del gobierno de Fernando de la Rúa. En 1995, el “tequilazo” mexicano fomentó la huida de capitales que habían llegado a la Argentina y al resto de América Latina para hacer todo tipo de negocios. Y la Convertibilidad estalló en mil pedazos.
La administración de Alberto Fernández recibirá sugerencias –o instrucciones– del FMI para los retoques y ajustes para que se salde la deuda de 46.000 millones de dólares. Están exigiendo políticas de consolidación fiscal. El FMI ubica el retroceso del PBI argentino en un 11,8 por ciento.
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Sólo la tentativa ortodoxa de hundir una tabla de salvación al país llevaría a la anulación del IFE, el Ingreso Familiar de Emergencia, que otorgó 10.000 pesos mensuales a más de 9 millones de personas representando un gasto mayor a más de 170.000 millones de pesos. Un corte (“hasta el hueso”, como dijo hace tiempo un ministro chileno) representará quitarle oxígeno a los desocupados o subempleados del país. Al IFE habría que sumarle el programa ATP, que respalda una parte del pago de salarios privados y representa hasta ahora 125.000 millones de pesos. Si se suman las inversiones oficiales en IFE y en ATP se llega al borde de los 300.000 millones de pesos.
Paralelamente, se conocen otras cuentas. La emisión se aceleró con el gobierno Fernández. El Banco Central cubrió la última etapa de la administración de Mauricio Macri con 500.000 millones de pesos. Pero en estos 10 meses del 2020 le transfirió 1,7 billones de pesos. Ese monto equivale a casi 25.000 millones de dólares. Una montaña. No se podrá seguir en ese camino porque los acreedores se opondrán.
En los círculos informados y en la misma sensación que rueda por la sociedad, estas cifras pueden secar las tenencias en dólares en poder del Banco Central. Cuando eso suceda, vendrá la devaluación. ¿Qué poder se necesitará para atajar la desesperación de la gente y del aparato productivo? ¿Quiénes podrán hacer frente a desorbitados incrementos en los precios de los productos?
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