
En la Era Moderna, a medida que se iban consolidando las grandes ciudades, las posiciones dominantes del urbanismo omitían a las mujeres. Desde entonces y a lo largo de los siglos, el espacio público fue el gráfico escenario de la desigualdad entre géneros. La calle era del varón. A nosotras nos tocaba quedarnos adentro, postergadas en lo privado.
Pasaba allá lejos y pasa ahora: de todos los tipos de violencia aleatoria que soportan las mujeres, independientemente de los tiempos, la educación, la edad o la clase social, la del acoso callejero es la más naturalizada, invisibilizada y socialmente “tolerada”. Es una práctica tan sutil como agresiva que suele callarse y dejarse pasar, pero que provoca graves consecuencias en quienes la padecen. Desde intimidación, hostilidad y humillación, hasta dignidad y autoestima dañadas, pasando por miedo a salir a la calle o cambios en los recorridos y en la forma de vestir.
En algunos países, las ofensas y amenazas verbales que sufren las niñas y adolescentes yendo al colegio son tan comunes y tan graves que en muchos casos terminan abandonando los estudios. Si sus padres no pueden garantizarles un camino seguro, eligen dejarlas en casa, profundizando un flagelo enorme y vergonzoso: la disminución de la tasa de escolaridad femenina.
El tema está sobre la mesa de trabajo de la mayoría de los gobiernos. Pero mientras, por ejemplo, algunos consideran la práctica sutil pero impositiva del piropo como un delito y aplican penas de cárcel a quienes hacen comentarios sexistas o proposiciones sexuales en la vía pública, otros se limitan a considerar a este tipo de asaltos como libertad de expresión.
En nuestra ciudad, el problema lleva los niveles de capacidad estadística al límite: el 100% de las porteñas dice haber sentido acoso en el espacio público en algún momento de su vida. El 70%, además, manifiesta haber recibido comentarios de un desconocido sobre su apariencia y el 74%, haber tenido que cambiar de vereda por temor a lo que pudiera decirle un hombre o grupo de hombres.
En 2015, nuestra Legislatura sancionó la ley N° 5.306 que establece hoy, 2 de octubre, como el Día contra el Acoso Callejero. Y en 2016 incorporó al Código Contravencional la figura del acoso sexual en espacios públicos y privados de acceso público. Desde entonces, la ley entiende como contravención sancionable con multa, trabajo comunitario o arresto cualquier conducta o expresión verbal o no verbal de connotación sexual, basada en género, identidad u orientación sexual, que afecte la dignidad y los derechos fundamentales como la libertad, la integridad y el libre tránsito. Esto es algo que todas las mujeres tienen que saber.
Mientras la ciudad recobra su ritmo redoblando la apuesta por el uso del espacio público como lugar igualitario y seguro de encuentro y disfrute, lanzamos una campaña que desde los camiones recolectores del sistema de higiene urbana visibiliza el acoso callejero y da a conocer las líneas de contención a quienes atraviesan estas situaciones. Ratificamos de este modo la soberanía de circulación y movimiento libres de violencia y hostigamiento.
El espacio público es uno de los territorios en disputa más importantes a recuperar por las mujeres. Se impone más que nunca trabajar activamente en la unificación de la agenda de nuestros derechos con la agenda urbana, en una causa que debe ser de todos.
La autora es ministra de Espacio Público e Higiene Urbana de la Ciudad de Buenos Aires.
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