No hay espacio para la salvación individual

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El mundo tiene prisa, y se acerca a su fin”. Esto dijo el obispo de York en 1014, hace algo más de mil años. Era un reconocido intelectual, líder espiritual y político de la Inglaterra de aquel tiempo. El mundo no se terminó y tenemos mucho mundo por delante, pero la velocidad y profundidad de los cambios se han acelerado. Son cambios globales y tiempos de incertidumbre.

Para los pesimistas: la vigilancia totalitaria nos abrumará. Las nuevas tecnologías, la robótica, la inteligencia artificial constituyen un gran riesgo de deshumanización.

Para los optimistas: esto pasará pronto, regresará el progresismo. Las nuevas tecnologías, la robótica, la inteligencia artificial nos depararán un gran futuro.

Para los esperanzados, que reconocemos las graves y angustiantes dificultades pero creemos en la posibilidad de enfrentarlas, la dramática situación que estamos viviendo puede ser también una oportunidad decisiva para alejarnos del abismo y construir un mundo mejor.

Ninguna distopía se cumple, como tampoco se cumple ninguna utopía. La lucha contra el virus recién comienza, será dura, larga y dolorosa pero si logramos consolidar la cooperación podremos ganarla. Si algo deja en evidencia la crisis es que la humanidad globalizada es definitivamente interdependiente. No hay espacio para la salvación individual, ni de las personas ni de los países. No lo había antes del virus, como lo demuestra por ejemplo la magnitud del cambio climático que amenaza la supervivencia de la especie, pero el Covid 19 ha terminado con cualquier duda al respecto.

¿De dónde partimos nosotros? Más allá de la pandemia, Argentina afronta desde hace tiempo una muy compleja situación económica y social que, inevitablemente, se agravará en estas circunstancias. Vivimos sumergidos en crisis estructurales por décadas y si algo nos caracteriza como sociedad es una notable falta de respeto por la ley y una fuerte -y comprensible- desconfianza en los poderes del Estado. La política con frecuencia nos abruma por sus enfrentamientos, agresiones y descalificaciones que llevan a demonizar a quien piensa distinto y a atribuirle a los “otros” todos los males -muchas veces con gran hipocresía y doble estándar-, justificando en los “propios” esas conductas.

Necesitamos, desde hace tiempo, acuerdos amplios para perfilar un nuevo Estado en el cual las instituciones funcionen y las normas se cumplan, con políticas consensuadas y sustentables que posibiliten estabilidad económica y progreso social.

La pandemia del Covid 19 forzó a casi todos los países a tomar medidas drásticas para evitar no sólo un dramático número de víctimas sino el colapso de sus sistemas de salud y las imprevisibles consecuencias derivadas de ello.

Nuestro país reaccionó con rapidez y puso en marcha el aislamiento social obligatorio, única herramienta por ahora conocida para enfrentarlo. La dirigencia política y social está actuando en eso a la altura de las circunstancias. El gobierno nacional obra con decisión y sentido común, siguiendo los consejos de los mejores especialistas convocados con criterio amplio. Las provincias y los municipios acompañan. La ciudadanía se sumó al esfuerzo. Por supuesto, hubo, hay y habrá excepciones, muestras de las peores miserias y bajezas humanas, pero la inmensa mayoría ha mostrado la otra cara, la de la solidaridad y sentido de pertenencia al conjunto social.

Lo que estamos viviendo es durísimo. Tememos por las vidas que se escapan y también por la pérdida de muchos puestos de trabajo y de empresas, sobre todo pequeñas y medianas, situación que indefectiblemente afecta la vida de quienes menos tienen. Nos hacemos a diario preguntas que no hubiéramos imaginado hace pocas semanas y tratamos de encontrar respuestas. ¿Vida o Economía? En medio de tales dilemas sostenemos que hay una certeza: sólo podemos encarar la salida a esta inédita emergencia si lo hacemos juntos.

No se trata de una ingenua expresión de deseos, es una conclusión que nos impone la realidad: no tenemos posibilidades serias de afrontar lo que viene sin un consenso amplio, sostenido y creativo entre el gobierno, los partidos políticos, los trabajadores, los empresarios, las organizaciones sociales y la sociedad civil. Conversar y acordar ya, sin demora, políticas de Estado y políticas de Sociedad, con visión nacional y global.

Esta situación sin precedentes, primera gran crisis de la globalización, quizá ponga en evidencia que no solo estamos accediendo a una nueva era -la exponencial en este caso- sino cambiando de Edad en el desarrollo de la humanidad. Desde la prehistoria hemos transcurrido las Edades Antigua, Media, Moderna y Contemporánea. Si asociamos cada una de estas etapas a las del propio ser humano: infancia, adolescencia, juventud, adultez, podríamos estar ingresando en la etapa de los adultos mayores, donde es indispensable usar el conocimiento adquirido a lo largo de la historia para cuidarnos y cuidar la vida en el planeta, seriamente amenazada por nosotros mismos. De esa sabiduría podemos extraer que los caminos de la esperanza no se recitan, se construyen con esfuerzo cotidiano, sincero y solidario.

Vivimos bajo amenaza y no sólo la del virus y de los estragos que causa y causará. Eludir el abismo depende de nosotros, tenemos que hacerlo juntos.