
En el Día de la Antártida Argentina, se conmemoran 116 años de presencia permanente e ininterrumpida de la Argentina en el continente antártico. La preservación de la Antártida y de su medioambiente, como territorio dedicado a la ciencia, es un tema prioritario de la política exterior argentina.
La presencia de nuestro país en la Antártida data del 22 de febrero de 1904. ¿Qué pasaba en el mundo en 1904? Rusia y Japón estaban en guerra por la influencia en la región de Manchuria y la Península coreana; Theodore Roosevelt gobernaba los Estados Unidos; el Reino Unido invadía el Tíbet mientras a la vez firmaba el “Entente Cordiale” con Francia; se inauguraban el Gran Ferrocarril Transiberiano y el primer subterráneo en Nueva York; Pavlov recibía el Premio Nobel de Psicología y Medicina; y Rolls-Royce producía su primer automóvil.
En la Argentina, fue el año del traspaso de mando entre el Presidente Julio Argentino Roca y Manuel Quintana; Alfredo Palacios se convertía en el primer diputado socialista de América; la Argentina recibía ese año 160.000 inmigrantes y contaba ya con 20.000 kilómetros de tendido ferroviario; se fundaba el Automóvil Club Argentino; Gregorio de Laferrere estrenaba su Jettatore y el Belgrano Athletic Club fue campeón de la Primera División de fútbol.
Pero ya en aquel año la Argentina miraba también decidida y con firme vocación de permanencia el territorio antártico. Y fue así como estableció el Observatorio Meteorológico en las Islas Orcadas del Sur, que luego se transformaría en la Base Orcadas. Este hito inauguró una era de expediciones antárticas que fundarían las bases de la política argentina en ese continente.
Ya en 1902, el alférez José María Sobral se había unido a la expedición sueca de Otto Nordenskjöld, cuando la Argentina efectuó su exitoso rescate con la Corbeta Uruguay al mando del teniente Julián Irízar, ante el hundimiento del buque Antarctic. Con el paso de los años, se sucedieron múltiples expediciones, entre las cuales cabe mencionar la incursión aérea de la Armada al Polo Sur, con Pedro Margalot; la expedición por tierra al Polo Sur, con Gustavo Giró Tapper y su comandante, el general Jorge Leal, y el primer vuelo transpolar, con Mario Luis Olezza y Gustavo Argentino Marambio.
Expediciones que llevarían paulatinamente a la Argentina a ocupar su territorio reivindicado, convirtiéndolo no sólo en el país con mayor tiempo de permanencia en la Antártida, sino también con mayor número de bases antárticas: un total de trece bases, seis permanentes y siete temporarias.
Esa visión llevó también a la fundación del Instituto Antártico Argentino en 1951, primer establecimiento en el mundo dedicado exclusivamente a la ciencia antártica y que marcó el inicio de la actividad científica pionera de nuestro país en el continente blanco. Un organismo que trabaja permanentemente en conjunto con universidades y organismos científico-tecnológicos nacionales y extranjeros mediante la articulación logística llevada a cabo entre la Dirección Nacional del Antártico y el Ministerio de Defensa, representado por el Comando Conjunto Antártico. La ciencia ha sido siempre una guía central de nuestra actividad en la Antártida.
En ese marco, un año después del Año Geofísico Internacional de 1957/8, que reunió a científicos de todo el mundo en la Antártida, la Argentina y otros once países signatarios del Tratado Antártico se comprometieron a utilizar la Antártida exclusivamente con fines pacíficos. Reconocieron el valor de la cooperación internacional en investigación científica como contribución fundamental al conocimiento. Los reclamos de soberanía de siete países, incluidos la Argentina, quedaron resguardados mediante dicho tratado.
A raíz de la firma del Tratado Antártico en 1959, la investigación científica se constituyó en uno de los elementos fundamentales del Sistema del Tratado Antártico y uno de los vehículos que ha permitido a nuestro país convertirse en un actor central del Sistema que resguarda un continente dedicado a la paz y a la ciencia por medio de la cooperación internacional. Esta actividad científica resultó ser esencial en la consecución de otro objetivo fundamental: el de la protección del medio ambiente como uno de sus pilares fundamentales, tal y como se desprende de la letra del Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente de 1991.
Pero el Tratado Antártico, que fue tan cuestionado en su momento, es hoy un aval concreto de la reivindicación soberana de nuestro país en la Antártida, por medio de su artículo IV. De ahí el firme compromiso argentino con el Sistema del Tratado Antártico, a más de 60 años de su firma, que se evidencia en su intensa actividad y también en el hecho de que Buenos Aires haya sido elegida como la sede de la Secretaría del Tratado Antártico, que funciona desde 2004.
La política antártica en sus múltiples dimensiones constituye una verdadera política de Estado, tanto en su faceta interna como exterior, que es conducida desde la Cancillería argentina y está basada en dos pilares fundamentales: el afianzamiento de los derechos soberanos de nuestro país en la Antártida y el fortalecimiento del Sistema del Tratado Antártico. Es una política que ha permanecido inalterada desde los comienzos de nuestra actividad en el continente, y con el tiempo ha permitido articular de manera coordinada la ciencia, la logística y la diplomacia como sus tres ejes fundamentales.
Habiendo comenzado a principios del siglo XIX, nuestra actividad se tornó permanente a partir de este importante hito en 1904, que se consolidó con la pujanza vanguardista de nuestros expedicionarios durante el siglo XX. El claro interés por lo antártico también fue luego resguardado gracias a la lúcida visión de nuestra diplomacia, que supo interpretar los tiempos de la Guerra Fría y alcanzar el texto de un Tratado que brindó las garantías adecuadas.
Continuando con esa visión y a partir de la reciente creación de la Secretaría de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur en la Cancillería, la política antártica argentina continúa jerarquizándose. En ese marco y con ese rumbo, la Argentina está abocada a seguir honrando su tradición antártica, afianzando su firme presencia en la Antártida y consolidando su rol como actor fundamental del Sistema del Tratado Antártico.
El autor es secretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto
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