
Hace muchos años, grabando con Bernardo Neustadt, debió interrumpir cinco veces por errores técnicos, y en todas reinició sin repetir ni un concepto. Finalizado el programa, lo interrogué sobre esa costumbre y me respondió sin dudar: “Cada vez que se encienda la cámara tenga su mente en blanco, la gente se lo va a agradecer”. Con Neustadt se podía opinar distinto, pero era un maestro en comunicar. Y anoche de eso hubo muy poco, casi nada. Todo estaba exageradamente estudiado, aconsejado, impuesto por los miedos y las urgencias, los expertos, sus consejos y el lugar que nos había tocado en el reparto de votos y opciones, por ganar o por tan solo cumplir con el papel asignado. El opositor más fuerte en el rol de gobernante, el gobernante asumido como opositor agresivo y sin duda, tan asombrado como desesperado. Había dos con esperanza, y cuatro de acompañantes.
Sin duda Alberto Fernández marcaba la tranquilidad de un profesional de la política, particularidades de un país sin partidos, con miles de militantes y una desesperante escasez de dirigentes, de estadistas. La izquierda, como siempre, tan dura para el discurso como limitando su propuesta al eterno lugar de minoría. Raro: la izquierda es opción de poder en países hermanos, pero la nuestra se limita a movilizar en las calles y ser solo testimonial en las urnas. Roberto Lavagna, como es sabido, con un pasado exitoso que no logra convertir en propuesta. José Luis Espert, sin poder transgredir su visión de economista, y duro, poco elástico para ocupar el lugar de opción electoral. Lo de Juan José Gómez Centurión asentado en un error del Gobierno, la nueva grieta que inauguraron con el aborto.
Visto desde afuera, nada alteró el ranking de las PASO. El ganador explicando sus planes de gobierno e intentando instalarse como la renovación, y un nuevo jefe para una política menos agresiva y más de centro. Podemos decir que lo logró, su solvencia lo sacaba del lugar dependiente en el que el Gobierno intentó instalarlo. Fue el más suelto, el menos obligado al libreto, el que más podía perder si se equivocaba y, también, el que difícilmente corriera riesgos en ese teatro de las propuestas guionadas. Se lo notaba más seguro que al Presidente: sin duda tenía más certezas de poder serlo.
El debate corría mayor riesgo de aburrir que de alterar el resultado electoral. Terminó ocupando el lugar de una formalidad impuesta por ley, confirmando al ganador de las PASO y al perdedor asombrado frente a su propio fracaso. No hubo sorpresas, al menos más allá de las sutilezas. Fue menos aburrido que el de la Ciudad: los candidatos poseían mayor envergadura, prometían más. Pero nadie se enojó ni salió del libreto, nadie rompió las normas impuestas, esa serie infernal de limitaciones que impide que el debate se convierta en debate. Hubo pocos riesgos, no se tropezó con ninguno.
Sirvió y mucho para mostrar que los proyectos existen, también para desnudar la impotencia de acercarnos a un acuerdo. Difícil definir el ganador, no lo hubo, en consecuencia tampoco un perdedor. Sí algún ausente sin aviso: quienes no supieron sacarle el jugo al regalo de una audiencia infinita, al menos para la mediocre política que supimos transitar.
Valió la pena. No cambio demasiado. Eso sí: desnudó diferencias y grandes temas que hace tiempo nos cuesta enfrentar.
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