
"Cualquiera menos Cristina". Lo dijimos hace unos pocos meses que hoy parecen años. La sola idea de conversar con algún sector del peronismo, para ciertos dogmáticos cercanos al Gobierno parecía un crimen de lesa democracia. Cuando asomó la candidatura de algún referente del peronismo federal, dijimos que era necesario ampliar la base del gobierno por fuera de las estrechas bases del PRO, del núcleo duro del macrismo que muchos identifican con Marcos Peña y Jaime Durán Barba, que fueron quienes, antes de 2015, le cerraron las puertas de Cambiemos a Sergio Massa. Hace no mucho tiempo, recordamos que el macrismo surgió de una alianza con el peronismo porteño del que, en los albores, formaban parte Horacio Rodríguez Larreta, Cristian Ritondo y Diego Santilli. No es nueva esta unión de Mauricio Macri con el peronismo democrático.
La política no se construye con dogmas, con posiciones cerradas ni con monólogos. La política, parece una obviedad decirlo, es diálogo. El límite de ese diálogo es la frontera de la democracia. Y esa es la única discusión que hoy existe en la Argentina. Democracia o autoritarismo chavista. El peronismo no es ajeno a esta discusión; es más, es la gran discusión del peronismo que viene: si quiere ser democrático, republicano, institucionalista o quiere quedar en el fondo de la historia de la humanidad.
La inclusión de Miguel Ángel Pichetto en la fórmula presidencial es buena para el Gobierno, pero, sobre todo, es buena para el peronismo. Desde la época de Cafiero, el peronismo se debe una renovación. Desde la recuperación de la democracia, el justicialismo no ha podido pasar las fronteras del siglo XX.
Es la gran oportunidad del peronismo de entrar en el nuevo siglo con las banderas de la justicia social, la soberanía política y la independencia económica, pero siempre dentro de las sólidas murallas de la república. La corrupción, el autoritarismo y el verticalismo mesiánico deben quedar para siempre del otro lado de la fortaleza. La democracia los espera con los brazos abiertos.
He escrito en mi reciente novela La matriarca, el barón y la sierva que no es posible construir un país sobre las ruinas de ese mismo país: "Rumbo al exilio en el infierno de su paraíso londinense, el gobernador se negó a mirar por última vez las costas de ese país que apenas contaba con la esperanza de la hija por venir, de la hija de dos sangres enemigas, en cuyo nombre, sin embargo, habría de cifrarse la última esperanza. La última".
Estamos, en efecto, ante la última esperanza de construir un país o declarar para siempre su extinción.
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