
Somos criaturas atrapadas en el tiempo. El tiempo moldea, pone a prueba, refina, endurece y embellece la vida. Los tiempos pueden saber amargos, tensos y hasta intragables o entregarnos instantes de extraordinaria dulzura. El tiempo nos pone a prueba en nuestros sueños o en la erosión de nuestros compromisos. Pero, a la vez, revela lo heroico en nosotros. Nos llama a la fe, a la constancia, nos liga a la esperanza, y nos abraza en un refugio que encontramos en la familia y la comunidad.
En esta semana sagrada, las familias cristianas celebran el mensaje del renacer de las Pascuas, y las familias judías, las del comienzo del camino hacia la libertad en Pesaj. Sin dudas, una semana que nos interpela acerca de cómo invertir el tesoro del tiempo. Mesas a compartir que hablan del compromiso a que este tiempo sea de renacimiento, para andar el camino de una libertad creadora hacia la tierra de nuestras promesas.
En la noche familiar de Pesaj, se pone sobre la mesa la memoria histórica de un pueblo. Y en ese momento el relato del Éxodo de Egipto se traduce en el desafío de buscar los faraones propios. Egipto pasa de ser un lugar geográfico a una dimensión existencial. A lo largo de las canciones, los símbolos, los rituales y los relatos, cada uno busca verse saliendo de sus propios Egiptos del ser.
Hacia el final del ritual, aparece una extraña ceremonia. Justo antes de la comida festiva, se recita sobre las hierbas amargas que simbolizan aquel tiempo de amargura, la bendición del Maror —lo 'amargo'. ¿Bendecir lo amargo? ¿Se puede encontrar bendición en la amargura? La respuesta la saboreamos. Esas hierbas amargas (Maror) deben comerse junto con el Jaroset, una pasta dulzona con base en manzanas, miel, vino dulce, nueces e higos (depende por supuesto de la receta tradicional de cada abuela o "bobe").
Al degustar el Maror —la hierba amarga— y el Jaroset —la dulce pasta amarronada— ambas juntas, probamos el sabor de la vida. Descubrimos que el sabor de la vida es agridulce. La dulzura del Jaroset le quita el fuerte sabor amargo del Maror y lo hace más comestible. La amargura del Maror le quita el empalagoso sabor del Jaroset, haciéndolo más agradable al paladar. Lo agridulce es el sabor de una vida vivida de manera completa y apasionada en el paso del tiempo. Lo agridulce es un sabor a adquirir.
Cuando la vida no fue tocada por la dimensión del dolor, es difícil apreciarlo. Cuando no se tuvo la experiencia de atravesar el valle de las sombras, todos los momentos pueden parecer iguales. No se alcanza a saborear el especial dulzor de los tiempos que son en verdad especiales. Entonces, se desperdician momentos, se malgastan momentos, se desprecian momentos. La vida se supone siempre feliz, una interminable serie de mañanas prometedores. Sin embargo, cuando de pronto se descubre que no es así, se cae en una profunda desilusión, se abandonan los sueños y se pierde la fe.
Aquellos que saben cómo vivir en el tiempo han aprendido a degustar el sabor agridulce de la vida. Han aprendido a recorrer y trascender lo difícil de la mortalidad con la bella dulzura de los momentos especiales, momentos de amor, de solidaridad, de insight, de saberse completos. Abrazan los momentos, los recolectan y los cuidan. Y cuando la oscuridad llega, vuelven a esos momentos para renovarse, para construir una nueva esperanza, para recobrar la fuerza. Descubren que incluso en la muerte hay vida, al demostrar que esos momentos no mueren. En momentos de tiempo, encuentran finalmente la eternidad.
Que este Pesaj, y estas Pascuas, nos sensibilicen frente a lo efímero del tiempo. Nos entreguen sabiduría para aprovechar la verdadera riqueza que nos rodea en lo cotidiano. Nos hagan mirarnos como hermanos en mesas de rituales diferentes y mensajes compartidos frente a ese rasgo humano que nos iguala: el sabernos finitos, pero inmortales. En la capacidad de resiliencia y renacimiento ante el dolor o el Egipto que nos atraviese. Desde el poder interior que nos permita desatarnos de aquello que nos esclaviza y no nos deja desplegar nuestro máximo potencial. Y desde la capacidad de sabernos uno, ser uno con quienes compartimos la vida, la casa, el barrio, la sociedad, a la hora de dar el primer gran paso hacia nuestros destinos.
Que esta semana sagrada nos llame a mirarnos a los ojos en nuestras mesas, y celebrar esos momentos especiales, momentos de tiempo, que nos hacen eternos.
El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masortí.
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