
Las ciudades están vivas y, como todo lo que tiene vida, cambian. En su caso, esta transformación debe responder a las necesidades de quienes las habitan, que, de hecho, cada vez son más. Según datos del Banco Mundial un 55% de las personas en el mundo vive en ciudades y se estima que este número aumentará a un 70% hacia el 2050. En países latinoamericanos como Argentina, Brasil o Uruguay este porcentaje ya supera el 90 por ciento. Entonces, ¿cómo hacemos para conocer las oportunidades de mejora? ¿Cómo hacemos para tomar decisiones ante cambios que no esperamos? Tal como nosotros utilizamos los sentidos para percibir el entorno, las ciudades inteligentes lo hacen a través de sensores.
Por más que creamos que los sensores son invisibles a nuestra vista, si caminamos por las ciudades encontraremos, al menos, unos muy visibles: las cámaras de seguridad. Pero, por supuesto, no todos son identificables mientras recorremos las calles. Un sensor es cualquier dispositivo que nos permita obtener información del mundo físico (como el tráfico, el ruido, la cantidad de monóxido de carbono, etcétera) y pasarla en tiempo real al mundo digital. Estos sensores pueden conectarse entre sí y a internet, hecho que se conoce como internet de las cosas (IoT por las siglas en inglés de Internet of Things), una tecnología que, se estima, generará una inversión mundial de 1,2 billones de dólares para el 2021, según datos de la International Data Corporation.
Los sensores pueden clasificarse según su nivel de inteligencia. El primer nivel está asociado con la identidad; un segundo nivel, con la ubicación; un tercero se encuentra vinculado con el estado del entorno; y un cuarto nivel, los dispositivos tienen "criterio" y pueden realizar acciones de acuerdo con este entorno. Así, dependiendo del nivel, los sensores tienen capacidades, por ejemplo, de comunicación, direccionamiento, actuación, identificación, etcétera.
Una vez que los sensores toman la información, ¿qué sucede? Los datos del mundo físico son captados por los sensores que, a través de distintos medios de enlace, llegan a la nube y así a las plataformas que van a gestionarlos y procesarlos. El destino final son los tableros de visualización para los usuarios.
Si bien la Ciudad de Buenos Aires actualmente cuenta con 600 km de fibra óptica del Gobierno, es necesario complementar con otras tecnologías para cubrir la totalidad de su superficie, y así también colocar sensores en aquellas zonas en donde la fibra no llega. Aquí aparecen tecnologías como LoRa y la red LTE, que nos permiten ampliar la cobertura a lugares que están más alejados.
Además, un tema muy importante es la seguridad de la información. Al hablar de seguridad informática y de recopilación de datos, blockchain también empieza a tomar protagonismo en la escena de los sensores. Blockchain of things, como se conoce a la combinación entre internet de las cosas y blockchain, nos permite proveer seguridad en el manejo de la información de los sensores. Un ejemplo de esta combinación es IOTA, el primer libro mayor descentralizado de código abierto diseñado para soportar la comunicación entre dispositivos en internet de las cosas. Esta tecnología permitirá que las máquinas y los dispositivos inteligentes conectados a internet puedan hacer micro transacciones sin costo, garantizando la integridad de datos. Se trata de una cuestión importante si consideramos que en la próxima década se pondrán en línea 75 mil millones de dispositivos inteligentes.
Para observar las posibilidades que nos brinda la IoT en las ciudades, Buenos Aires ya se destaca entre los países de la región con ejemplos de implementación como el anillo digital, para controlar los vehículos que entran y salen de la Ciudad; el sistema de sensores de la red de hidrometeorología que genera una alerta temprana en caso de inundaciones; y el sistema predictivo que se está aplicando en colectivos y subterráneos para mejorar la movilidad en la Ciudad brindando información en tiempo real a los usuarios. Se está trabajando también en proyectos de sensorización en edificios públicos para mejorar la experiencia y el confort de empleados, pacientes o alumnos, según sea el caso.
Es cierto que las ciudades están vivas como lo estamos nosotros, pero algo fundamental nos diferencia: los seres humanos somos inteligentes por naturaleza, las ciudades inteligentes necesitan ser construidas. Si sabemos qué ven, qué escuchan, qué sienten, podremos saber, por ejemplo, cuántas personas se mueven en ellas, cuáles son los niveles de contaminación sonora y olfativa de las calles, y así tomar las decisiones que nos ayuden a hacer de las ciudades un lugar mejor para vivir.
El autor es especialista en tecnología y gestión de ciudades inteligentes. Fue secretario de Ciencia, Tecnología e Innovación del Ministerio de Educación e Innovación de la Ciudad de Buenos Aires.
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