
El escándalo de los cuadernos dejó al descubierto no solo un esquema de corrupción en la obra pública que nuestro país arrastra desde hace muchas décadas, sino además la necesidad imperiosa de redescubrir la ética empresaria.
Muchos consideran a la ética (la filosofía de los actos humanos y su valoración) como algo sin importancia. Cosa de convento, de profesores barbados que piensan cuestiones inútiles mientras nosotros, los ingenieros, abogados y economistas, nos ocupamos del mundo real. La ilustración y el positivismo nos hicieron creer que lo único importante es el conocimiento técnico.
Ortega y Gasset pensaba lo contrario: el mundo real, lo que la gente hace, es determinado por lo que la gente piensa, y lo que la gente piensa está determinado por las estructuras filosóficas y éticas que la gente tiene. Por tanto, es la filosofía la que determina a los actos. Esto ocurre incluso aunque la gente no sea consciente de cuáles son sus propias estructuras filosóficas o siquiera de que las tiene. Por ejemplo, si alguien calcula: "Haré este acto, discutible, porque siento que está bien, y punto", no necesariamente sabe que puede ser catalogado como "emocionalista moral", ni que su estructura de pensamiento sigue las ideas que instalaron Bertrand Russell y David Hume. Una persona que piensa que un animal es equiparable en dignidad a un hombre es, inadvertidamente en la mayoría de los casos, un poco hijo del ecologismo (que no es lo mismo que la ecología) y un poco hijo del panteísmo.
Ciertas corrientes filosóficas dirían que la ética es una pared, un tronco en el camino: el hombre tiene sus deseos y la ética se los impide. Un decálogo de prohibiciones. Nietzsche afirmaba: "Existe un feroz dragón llamado tú debes, pero contra él arroja el superhombre las palabras yo quiero".
Aristóteles y Kant pensaban lo contrario. Para el primero, la persona busca un cierto estado de plenitud como objetivo de su vida. Por ello, las acciones que se dirigen a ese objetivo son buenas; las que no, son malas. Para Kant, la ética es el convencimiento interno de lo que naturalmente conviene. La ética, entonces, no es una pared que nos limita, sino lo contrario, son las construcciones que se hacen al costado de un camino de montaña: nos ayudan a llegar salvos al destino y a no caer al desfiladero.
Si los empresarios vinculan el actuar bien con una barrera, la ética empresaria se debilita. ¿Por qué? Porque si piensan que la ética es un limitante al que deben respetar por ser inevitable (el dragón nietzchiano del tú debes), el compromiso de esos directores con la ética será el mínimo posible. Quizás no le arrojarán el yo quiero, pero negociarán, buscarán una cultura de check list, de cumplimiento ("cumplo y miento") con las capacitaciones de los "pesados" del área de Ética y Compliance. Y esta estructura mental va a tener un resultado real en lo que harán las empresas: seguirá habiendo problemas. Menos, es cierto, que en un escenario de ausencia total de ética formal, pero seguirán ocurriendo.
Por el contrario, si los empresarios piensan que la ética es un modo de crecimiento, de consecución de los fines corporativos, se pasará de una cultura formalista a una cultura sustancial. Una empresa formada por individuos que piensen —recordemos que las ideas forman la conducta— que la ética no es obstáculo sino una ayuda para llegar al destino será más responsable y contribuirá al desarrollo integral de la sociedad.
Es posible, claro, que esta concepción implique algún sacrificio, pero a mediano y largo plazo la ética es también negocio, tal como explica la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE): en empresas con altos niveles éticos, los empleados tienen menos rotación, los inversores invierten más porque hay mecanismos que certifican estos estándares, la compañía goza de mayor prestigio frente a sus clientes, sin olvidar el aspecto punitivo: las multas por infracciones a Compliance son cada vez más altas. Un ex fiscal general de los Estados Unidos dijo: "Si piensas que cumplir con compliance es caro, prueba con no cumplir".
Sería bueno desterrar dos mitos. El primero, que la ética no es relevante. Sí lo es, pues determina lo que hacemos. El segundo, que la ética es una barrera. La ética es ayuda para llegar a destino.
Más allá de la coyuntura política y económica argentina, que clama por mejores estándares de comportamiento, también es urgente el aspecto ético en esta era de la inteligencia artificial, big data y fake news. Ernesto Sabato decía que el crecimiento técnico del hombre, si no va acompañado por un equivalente crecimiento ético, es un peligro para la subsistencia de la humanidad. Y decía también que para contribuir a la salvación de la humanidad, hay un camino: no resignarse.
El autor es abogado. Profesor invitado de la Facultad de Derecho de la Universidad Austral. Fue subsecretario de Finanzas de la Nación.
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