
Los escraches entre adolescentes en las escuelas secundarias empezaron mucho antes de la denuncia de Thelma Fardin, del debate sobre el aborto, e incluso del Me Too. Las primeras denuncias aparecieron a principios de 2017 y luego se fueron multiplicando. Las chicas empezaron a revisar sus relaciones y a denunciar comportamientos de sus compañeros.
Muy angustiadas y sin respuesta institucional frente a situaciones que consideran abusivas, las adolescentes se expresan a través de cientos de denuncias en redes sociales, listas pegadas en los baños, y acciones en las que se excluye a los denunciados de actividades escolares y de esparcimiento. El escrache y el aislamiento se convirtieron en la manera de tramitar estos conflictos y generaron gravísimos problemas de convivencia en algunas escuelas.
Los chicos reclaman a gritos educación sexual y no es un capricho, necesitan espacios donde reflexionar sobre este período de iniciación sexual. Como adultos es muy difícil encontrar el foco ante una situación tan complicada, pero aquí van algunas reflexiones.
En primer lugar, es necesario distinguir el abuso que proviene de un adulto de una situación abusiva entre pares. No es lo mismo una relación de poder con un padre, un profesor, un entrenador o un jefe que una relación entre compañeros de colegio. No podemos aplicar los mismos parámetros entre adolescentes que cuando hay adultos en juego.
En segundo lugar, no todo es abuso. No es lo mismo un chico que le insistió a una compañera más de la cuenta para salir que el que le dijo una grosería, le tocó la cola o la obligó a mantener una relación sexual sin consentimiento. Hay que distinguir conductas molestas, acoso y abuso. Hay conductas que están mal pero no entran en esas categorías. Acoso es hostigar o perturbar a una persona a través de conductas con connotación sexual. El abuso sexual (tipificado en el Código Penal) es un paso más y tiene distintos grados, por lo general implica contacto físico sin consentimiento, desde el tocamiento hasta la violación. Es importante medir la gravedad de cada situación particular y no meter todas estas conductas en la misma bolsa.
En tercer lugar, que existan denuncias falsas no significa que no haya que creer a las víctimas. El acoso y el abuso existen y llevan siglos silenciados. Si miramos a nuestro alrededor o a nuestra propia historia, vamos a reconocer situaciones más o menos graves que no deberían haber sucedido. La violación es la más extrema, y de allí para abajo: un profesor toquetón, un pasajero que nos apoyó en el subte, un exhibicionista en la calle, una pareja violenta. Estas situaciones se dan a diario y es saludable que las nuevas generaciones dejen de naturalizarlas y exijan otros parámetros.
¿Pero de qué manera se canaliza este reclamo? Mi posición es que el escrache entre adolescentes nunca puede ser el mecanismo adecuado. No enseña, no repara, no transforma, no construye. Por el contrario, es un castigo de alcances insospechados. Las listas negras están muy lejos de los valores que muchos queremos transmitir a nuestros hijos.
Esta tensión debería canalizarse no con escraches sino a través de la ESI, de la contención institucional, de profesionales que estén a la altura del desafío, de las propias familias, de espacios para reflexionar con ellos sobre los modelos con los que crecimos y sobre lo que hay que cambiar. Chicas que se sientan habilitadas a decir que no y varones que aprendan a respetar los límites. Que crezcan sabiendo que no es no.
Mi deseo para este año es encontrar una justicia para los adultos que sepa escuchar las voces silenciadas durante siglos, y que podamos acompañar a los jóvenes para que construyan relaciones más justas y saludables. El escrache entre adolescentes es una grave señal de desamparo.
La autora es periodista y abogada.
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