
La materia prima de la política son las palabras. Y hay que reivindicarlas. Sin ellas, la política no tiene sentido ni contextos. Pero en tiempos de sobreexposición verbal permanente, la gestión del tiempo de las palabras, su modulación y su oportunidad (o su control) devienen una clave estratégica que no se puede ignorar o subestimar. Las palabras nos liberan, sí, como hemos visto a lo largo de la historia en discursos memorables, pero también nos pueden llegar a ahogar con su nimia densidad. Por ello, el silencio ha sido siempre objeto de grandes valoraciones que son de actualidad permanente. Desde la filosofía de Confucio («El silencio es un amigo que jamás traiciona»), pasando por una cita atribuida a Shakespeare («Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras»), hasta las enseñanzas del abate Joseph Antoine Toussaint Dinouart, un eclesiástico que escribió, en 1771, un delicioso ensayo con un título muy pertinente: El arte de callar. Un libro recomendable. Un clásico perdurable.
El silencio en política puede ir acompañado de otras prácticas tan convenientes como necesarias en contextos ruidosos de palabras vacías: la prudencia, la reflexión y la escucha son prácticas asociadas al silencio que pueden ayudar a mejorar la política, mejorando —paradójicamente— su comunicación. Quien aprende a escuchar puede reflexionar y hablar lo justo y medido. El silencio que no reflexiona no sirve. El que sabe callar, habla mejor.
Pero, además, el silencio tiene algunos valores especialmente útiles y eficaces para la comunicación política contemporánea. Veamos algunos de ellos.

1. La resistencia. El silencio fruto de una decisión libre y pensada tiene un enorme caudal de resiliencia. Cuando las palabras no bastan, no llegan, o no se escuchan, su ausencia voluntaria incorpora un gesto desafiante hacia lo establecido, hacia el poder. El silencio puede ser atronador y denunciar de manera más efectiva que muchas palabras. Callar también es resistir con un coraje especial.
2. La fortaleza. El silencio es fuerte por resistente y por inexpugnable. El silencio es un enemigo difícil de combatir. Es como perseguir sombras, como dar manotazos al aire. Las sombras están ahí, pero son inalcanzables por inasequibles. Golpear una sombra es agotarse, desfondarse en el vacío del rival ausente y esquivo. La comunicación política silente es fuerte porque no ofrece ángulos para el contragolpe, y la pugna. El silente se enfrenta, así, a las palabras de sus adversarios con una fuerza que tiene —casi— naturaleza moral y ética. De ahí su eficacia.
3. La conexión. El silencio puede conectar con muchos discursos, voces y emociones. Es también un coro múltiple de motivaciones y sentimientos. El político silente conecta con las voces de sus electores a partir de una comunión posible que abraza todas las palabras sin pronunciar ninguna. En un momento en el que los políticos parece que hablan sin escuchar, no se les entiende, o se les acusa de mentiras, medias verdades o palabras vacías… el político silente puede resultar un portavoz de los demás, sin ejercer la interpretación de las palabras de todos. Esta capacidad de conexión es extraordinaria y muy vinculante: callo porque te escucho y porque tus palabras son las mías. Es el mensaje inclusivo implícito del silencio. Es su fuerza representativa.
4. La iniciativa. El silencio de las palabras permite llevar la iniciativa, paradójicamente. Crea expectación y desgasta al adversario por esquivo y gaseoso. El año pasado nos dejó, a los 91 años, el pensador Zygmunt Bauman, el padre de la «modernidad líquida», una de las características de nuestras sociedades contemporáneas. Retrató con agudeza el desconcierto del ciudadano de hoy ante un mundo que no ofrece seguridades a las que asirse. El silencio se mueve bien en lo líquido y es, además, una seguridad que no traiciona, como decía Confucio. Sus múltiples interpretaciones generan, también, conversación pública y marcan la agenda sin recurrir al framing (la técnica de comunicación política que permite etiquetar conceptos complejos con palabras clave), ni a los medios de comunicación o a la publicidad. El silencio puede derrotar a un discurso vacío (o puede vaciarlo de solvencia al dejar en evidencia que esas palabras no tienen sentido). En estos casos, la iniciativa del silencio da sentido político al reivindicar lo esencial sin pronunciarlo.
No es fácil enfrentarse a una sombra. No es fácil vencer al desafío del silencio orgulloso en su sencillez. No es fácil doblegar la enorme resiliencia del silencio compartido. Los sin voz se pueden sentir representados por los que, en su nombre, alzan la suya para representarles; pero también por los que, en su nombre, callan, para identificarse con aquellos que nunca son escuchados.
Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación @antonigr
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