
"Así ocurrió hace no muchos años. Porque pedían a los que los explotaban mejor trato y más pan, se masacró a hombres, mujeres y niños por igual. Varias orejas de esos mártires fueron exhibidas en la Cámara de Diputados de la Nación. Policías cobardes e inconscientes, con armas largas, impune y criminalmente balearon las tolderías y despanzurraron a las madres embarazadas y degollaron a los niños. Todavía se pasean por nuestra ciudad algunos de esos asesinos de indios hambrientos e indefensos".
Esto se publicó el 6 de enero de 1937 en el diario El Territorio de Resistencia, Chaco. Se refería a una matanza de aborígenes que había sucedido 13 años antes, en la mañana del sábado 19 de julio de 1924, en cercanías de una población denominada Fortín Napalpí.
El episodio, la peor matanza de indios perpetrada en Argentina durante el siglo pasado, se conoce hoy como la masacre de Napalpí.
Muchas de las víctimas habían sido trabajadores de una reducción indígena no religiosa que con los mejores auspicios el Gobierno nacional había levantado en el año 1912 en los campos fiscales de la diminuta población de Napalpí.
Durante los primeros años fue un establecimiento modelo. Pero una sucesión de gobernantes corruptos, malos administradores y colonos blancos que veían a ese modelo socialista de trabajo como un peligro para sus intereses terminaron arrojándolo al abismo.
El apocalipsis de Napalpí
El 24 de septiembre de 1924, a instancias del bloque socialista, el ministro del Interior del presidente Marcelo T. de Alvear, Vicente S. Gallo, fue interpelado durante seis horas.
Tras exponer todas las circunstancias que rodearon al hecho, el diputado informante, Francisco S. Leirós, terminó diciendo: "El ataque terminó en una matanza, en la más horrenda masacre que recuerda la historia de las culturas indígenas en el presente siglo. Los atacantes solo cesaron de disparar cuando advirtieron que en los toldos no quedaba un indio que no estuviera muerto o herido. Los heridos fueron degollados, los esfínteres de algunos de ellos fueron colgados en palos. Entre hombres, mujeres y niños fueron muertos alrededor de doscientos aborígenes y algunos campesinos blancos que también se habían sumado al movimiento huelguista".
El legislador terminó diciendo: "Para completar el tétrico cuadro, la policía puso fuego a los toldos, los cadáveres fueron enterrados en fosas, hasta ocho cadáveres en cada una, y otros fueron quemados".
No menos triste fue el fin de los días del mocoví Pedro Maidana, uno de los líderes de la rebelión indígena: "Se lo mató en forma salvaje y, aunque cueste decirlo en esta Cámara, se le extirparon los testículos y una oreja para exhibirlos como trofeo de batalla", según se dijo en esa misma interpelación al ministro.
En el Chaco se recuerda hoy el 94° aniversario de esta masacre, cuyos autores jamás fueron castigados.
El autor escribió el libro "Napalpí, la herida abierta".
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