Inseguridad, economía, educación, manipulación ideológica, todas son problemáticas que atraviesan la cotidianeidad de la vida familiar y que le imponen un estilo que no siempre logra cohesión entre sus miembros. ¿Cómo logra entonces una familia "ser lo que es" en medio de tan abrumadora existencia?
Ser lo que es implica que en la familia cada uno ocupe el lugar que le corresponde, es decir, que los padres sean padres y los hijos sean hijos, que a cada uno se lo respete, se lo integre y se lo ame por ser tal como es y, al mismo tiempo, donde puedan potenciar sus virtudes y corregir sus defectos. Ser familia es vivir el diario acontecer con disponibilidad para ayudarse uno con otro en las dificultades. Es, además, lugar de perdón, lugar al que se vuelve buscando el abrazo contenedor tras un fracaso y lugar donde se goza de los logros alcanzados. Familia es escuela de virtudes —la primera—, aquella que forja los valores que trascienden luego a la sociedad. Familia es, sobre todo, ese espacio donde se debería ser acogido con felicidad y agradecimiento el don de cada vida nueva, única e irrepetible en este mundo.
Las células componentes de la sociedad son núcleos convivenciales de muy diversa constitución y funcionalidad de aquellos que originalmente llamábamos "familias tipo". En este punto, como miembros de esta nueva sociedad nos preguntamos: ¿Qué estilo le estamos dando?
A juzgar por lo que vemos a diario, parecería que la familia perdió el ideal que otrora la identificaba. Progenitores ausentes en su papel de padres; hijos que rechazan o desafían la autoridad parental, otros que prefieren huir del hogar asumiendo una libertad viciada; violencia y agresiones de todo tipo; hogares destrozados por la intolerancia, el abandono, el hedonismo, la infidelidad y tantos egoísmos que se anteponen a la construcción del "nosotros" familiar que los identifique y diferencie de las demás familias.
Si esta es la visión, ¿se puede pensar que caminamos hacia un futuro donde las familias sigan siendo el motor del desarrollo social?
Los temores, las disputas, las malas influencias, las necesidades materiales siempre estuvieron presentes de algún modo u otro en la dinámica familiar, y lo seguirán estando. No hay familia perfecta, ni tampoco hombre perfecto. Lo bueno es que todos somos perfectibles, también las familias, y en eso debemos trabajar. Es esa familia nuestra, la de cada uno, la que debemos apuntalar, sostener y cuidar para hacerla crecer fuerte y sana por ser nuestra primera comunidad de vida y amor.
El papa Francisco nos recomienda aplicar siempre tres palabras claves para el funcionamiento armónico de la vida familiar. "Permiso", que es el respeto por la individualidad única e irrepetible del otro, de sus espacios, de sus cosas, de sus tiempos. "Perdón": pedirlo y darlo con sinceridad enseña a superar los errores cometidos y ayuda a seguir creciendo juntos, sanando las heridas que erosionan los afectos. Y "gracias": reconocer que todos somos parte de ese ser en relación y que sin los que nos rodean no alcanzaríamos nuestra propia realización personal.
Que en estos momentos difíciles que nos toca vivir las familias argentinas podamos fijar la mirada en aquellos modelos de vida que nos inspiren valores de unidad, solidaridad, amor y esfuerzo para alcanzar el bien común anhelado.
La autora es orientadora familiar y profesora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.
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