¡Qué ironía! El próximo domingo 22 de octubre, además de las elecciones, se conmemora el Día de la Educación Pública. Qué ironía, tanta actividad y esfuerzo electoral, supuestamente todos con un gran afán por resolver problemas de larga data y mejorar las condiciones de vida de la población, y la educación pública tan relegada a un segundo plano en el debate, a pesar de sus problemas de calidad en los aprendizajes, los indicadores de repitencia, abandono y ausentismo, y el desinterés general de la población. Le recuerdo que, entre los años 2007 y 2015, la matrícula total país de la escuela primaria cayó 2,1%, mientras que el mismo segmento de la escuela de gestión estatal lo hizo un -7,4 por ciento.
Le concedo que las celebraciones de "el día de…" no significan gran cosa en la práctica, no modifican estructuralmente nada, y sólo son un momento apropiado para reflexionar más allá de la coyuntura. El problema con estos días conmemorativos es cuando se cruzan con un evento de la coyuntura, en esta oportunidad, las elecciones de medio término, que en poco realzan y dignifican esos valores o las ideas a las que estamos invitados a reflexionar.
Me tocó vivir una situación similar en una reunión, un 27 de octubre, con un grupo de funcionarios educativos. En oportunidad de presentar el proyecto que llevé a la consideración de los presentes, vinculado con la cultura lectora, les indiqué que ese día era de gran significación, pues coincidía con la fecha en la cual el doctor Leloir había sido galardonado con el Premio Nobel de Medicina, y que la lectura en Leloir había sido una gran aliada, pues a los 4 años ya había aprendido a leer. Ni bien finalicé mi presentación, uno de los asistentes saltó con energía sobre mi comentario, indicando que ese día también debíamos recordar a un presidente electo que había pedido la vida hacía pocos años. ¿Acaso la repentina muerte de un presidente nos impedirá reflexionar sobre Leloir, su trayectoria y sus logros, de la misma manera que estas elecciones nos impedirán reflexionar sobre la educación pública, sus problemas y sus desafíos?
No vaya a pensar que no encuentro valor alguno en un acto eleccionario en general, o en este en particular. El acto de elegir a nuestros gobernantes y legisladores es un logro significativo para nuestro país, y una pieza clave de nuestro sistema de gobierno. Nos costó muchas idas y vueltas afianzarlo como derecho, y sostengo con firmeza no solamente su legalidad sino su utilidad. Por supuesto que aún debe ser mejorado, depurado, agilizado y transparentado, pero creo en él tanto como la mayoría de los argentinos, que en forma pacífica y con esperanza se acercan en cada oportunidad a la urna a ejercer este derecho fundamental. Es cierto que las PASO con candidatos únicos por partido nos parecen un gastadero de plata innecesario, que con las listas sábanas un poco nos venden gato por liebre, que la corrupción nos enfurece, que con una sola reelección inmediata reduciríamos el incentivo del saliente a debilitar el candidato entrante, y tantas otras imperfecciones que el sistema posee. Pero todo ello no pone en discusión al acto eleccionario como epicentro del sistema de representación política de nuestro sistema, y como el derecho clave para evitar la perpetuidad en el cargo de nuestros servidores públicos. Sí, servidores públicos.
Todo este conocimiento, esta experimentación y esta sofisticación, no únicamente de los candidatos que votamos o evitamos, sino principalmente del reconocimiento del acto eleccionario en sí mismo, que elección tras elección vamos madurando como sociedad, deberíamos también desarrollarlo hacia el análisis, el aliento y el apoyo de la educación pública.
La escuela pública fue una de las instituciones y las convenciones estratégicamente más trascendentes de la historia de nuestro país. Si Argentina fue un país llamativo y vistoso en la primera parte del siglo XX, no lo fue solamente por sus granos, sus vacas y sus grandes extensiones territoriales, sino en parte porque poseía un sistema educativo escolar sofisticado, gratuito, obligatorio, inclusivo, adecuadamente gobernado, con pautas y normas claras de trabajo, respetado no solamente por los estudiantes sino principalmente por sus padres. La escuela pública era una gran habilitadora: de conocimientos, de oficios, de modales, de sociabilización, de ciudadanía. La educación púbica ofrecía algo que no se podía obtener de otra manera o por otros medios, y docentes, directivos, adultos y funcionarios públicos estaban todos comprometidos por igual en la tarea de cuidar su práctica y sostener su autoridad como tal.
Hoy en día, escuela y educación están crisis, y el domingo 22 deberíamos reflexionar sobre esa escuela que tuvimos y que tanto bien agregado le aportó al proyecto republicano, y sobre la nueva educación y la escuela que debemos diseñar e implementar para el nuevo mundo del conocimiento, la robótica y la inteligencia artificial, conceptos que están a la vuelta de la esquina.
Suelo leer y escuchar a muchos nostálgicos evocadores de Domingo F. Sarmiento, a quien desearían resucitar para que nos trace el nuevo rumbo. En este sentido, tengo malas noticias. No sólo esto no es fácticamente posible, sino que, aun si lo reviviésemos, no sabría cómo hacerlo, pues Sarmiento no inventó nada original, sino que replicó buenas prácticas que observó en el extranjero gracias a un largo y costoso viaje financiado por el gobierno de Chile. Exploró, observó, clasificó ideas y prácticas, y luego copió e importó todo lo que pudo, incluidas unas maestras de los Estados Unidos. Luego, llegó la educación popular, la ley 1420, los consejeros escolares, y mucho de lo que aún hoy utilizamos. Todo eso estuvo bárbaro, cumplió su mandato, pero hoy no alcanza. Los tiempos cambiaron, con la aparición de internet como punto de inflexión, y un nuevo sistema debe ser discutido, diseñado e implementado.
La crisis de nuestro sistema de educación pública no es original, pues el resto de los países de la región deambula por los mismos andariveles del desconcierto. En un trabajo publicado por Siteal (2013) se pudo verificar que el abandono escolar promedio de la región ronda el 45%, y se produce casi exclusivamente en la escuela secundaria, al igual que aquí. Si no pensamos originalmente, es probable que sigamos obteniendo los mismos malos resultados. En otro trabajo publicado por Gallup (2015) se pudo verificar que Latinoamérica es la región del mundo que menos innova en educación, y en donde peor se enseñan contenidos del siglo XX (matemáticas, por ejemplo) y habilidades del siglo XXI (creatividad, por ejemplo). A la vez que la región no posee ninguna universidad dentro de las 100 universidades más innovadoras del mundo, de acuerdo con un trabajo publicado por Reuter (2017); nuestras universidades deben incluir cursos y talleres de lectocomprensión en primer año, pues muchos de los egresados del sistema escolar no dominan siquiera esa habilidad al momento de ingreso a la experiencia de la educación superior.
Es cierto que aquellos que no han recibido educación no la reclaman. Pero también es cierto que aquellos que reciben educación de mala calidad la rechazan. Si no acordamos un nuevo sistema de educación pública, una nueva alianza de ideas, actores e instituciones, que trascienda por mucho la reforma de la escuela secundaria de una jurisdicción que posee sólo el 5% de los alumnos del país, es probable que sigamos empantanados en el mismo lugar.
El debate, el diseño y la implementación de un nuevo sistema de educación pública es, me animo a afirmar, la tarea más desafiante y estratégica que posee nuestra querida nación en este momento de la historia. ¿Estaremos a la altura del desafío? ¿Cómo nos juzgará la historia por lo hecho y por lo obviado?
Este domingo 22, no corramos el cuerpo, votemos con responsabilidad, pero también comprometámonos con la educación pública como nunca antes. Estamos llamados por la historia. Los niños y los jóvenes esperan mucho más de nosotros, los adultos.
El autor es consultor, experto en Innovación Educativa, autor del libro "Yo qué sé (#YQS), la educación argentina en la encrucijada".
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