Existe una preocupación generalizada en la sociedad argentina respecto de si existe o no una fractura. Para algunos, ello estaría representado por la denominada grieta, que separaría en dos partes, con dos visiones diferentes a los actores sociales, daño posiblemente infringido por el exacerbado populismo del Gobierno cristi-kirchnerista y la visión laclauniana de amigo-enemigo.
Sin embargo y sin desconocer la posible realidad de ese mal, me preocupa mucho más la visión de una sociedad atomizada y fragmentada, en la que se ha perdido un valor esencial y tradicional, que es la solidaridad, mal que viene de más lejos que el último Gobierno.
Un episodio reciente lo pone en dramática evidencia: el paro de transporte del día lunes de la semana pasada. No me cabe ninguna duda de que el mal llamado impuesto a las ganancias exigía una revisión, como tampoco de que los obreros y los empleados del transporte venían sufriendo quitas tal vez más injustas que en otras actividades.
Pero también es una realidad indiscutida que, al ser objeto de esas deducciones, sus salarios son lo suficientemente elevados para ser alcanzados. Téngase en cuenta, además, que los sueldos promedio de la Argentina son muy bajos y, por ende, lejos de las garras de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP). Por ello, disponer un paro que tuvo su principal impacto en aquellos trabajadores menos favorecidos, en condiciones normales debería considerarse una infamia y una canallada.
Porque esos trabajadores, debido al paro, perdieron sus premios por presentismo, y ese daño en términos proporcionales debe ser mayor que la quita mensual que por el impuesto resignan los que promovieron el paro.
Pero en el contexto actual de la Argentina se trató de un acto natural: una vez rotos los vínculos solidarios, no sorprende que cada cual atienda su juego y se desentienda del daño que puede hacerle a otros. Y también al país, ya que por el caos del lunes pasado también sufrió pérdidas materiales pero, peor todavía, el deterioro de imagen internacional, ya que es difícil de entender y mucho más de explicar que se lleve a cabo semejante salvajada en el medio de una negociación.
El problema grave es que, en tanto y en cuanto no recuperemos el valor de la solidaridad, del esfuerzo compartido, seguirá la filosofía de: ¡Todo es igual, nada es mejor!
El autor es economista, ex secretario de Energía.
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