La historia no podía terminar de otra manera. Se trata, en efecto, de lo que ocurre año tras año con el Encuentro Nacional de Mujeres: ciudades destruidas, propiedad pública y privada estropeada, y hombres y mujeres agredidos por estas militantes feministas que, cubiertas por la hegemonía de un discurso ideológico que las coloca en el inamovible lugar de víctimas, se autolegitiman para hacer de la violencia el núcleo de su praxis política por donde pasan.
Parecería, pues, que debemos pedir permiso para efectuar una crítica severa, como la que realmente hace falta, contra estos sectores políticos radicalizados. ¿Los dictámenes de la corrección política nos habilitan a hacer un juicio crítico para con ellos? Difícilmente, pero en el contexto actual es necesario subvertir los límites del correctivismo político, siempre bien dispuesto a señalar a quién se debe criticar y a quién no.
La postal de la ciudad de Rosario tras las marchas del Encuentro Nacional de Mujeres es francamente patética. Los destrozos más importantes se dieron en el Centro. Paredes de edificios públicos y privados completamente arruinadas por las violentas pintadas de estos grupos: "Abortá al macho", "Machete al machote", "Muerte al macho", "Muerte a la yuta", "Somos malas, podemos ser peores", "Soy feminazi", "Abortá la heterosexualidad", "La Virgen María quería abortar", "Jesús no existe, María abortó", son algunos ejemplos. A eso hay que agregar vidrios reventados por doquier, varias iglesias atacadas, incendios con bombas molotov y, a esta altura ya un clásico: excremento humano utilizado a los efectos de ensuciar la ciudad.
Pero no sólo fue un ataque contra edificios; numerosas personas fueron violentamente agredidas por grupos feministas. Una familia que salía de rezar de una iglesia de Pellegrini, por citar un caso, recibió duros golpes, por no hablar de los que recibieron aquellos que se animaron a orar en las escalinatas de la Catedral: a algunos incluso se les aplicó pintura en aerosol directo en sus ojos.
Las chicas "autoconvocadas" (católicas que concurren a los talleres del Encuentro para fijar su posición) fueron también duramente agredidas. ¿La razón? No defender el aborto. Un caso —entre tantos— es el de Memé Moscoso, quien ha comentado que en uno de los talleres las militantes feministas le dijeron: "Vos no sos mujer, vos sos enemiga de la mujer, hasta que nosotras no podamos abortar, vos no vas a poder hablar". Es decir, para el feminismo, ser o no mujer depende de la posición político-ideológica que se tenga; una lógica claramente totalitaria, que no sólo deslegitima, sino que incluso desnaturaliza a las mujeres que opinan distinto.
Por supuesto que la organización del evento se lava las manos. Dicen que son apenas algunas desviadas, pero jamás efectúan una crítica severa contra esas algunas y siempre acaban justificándolas. En el fondo, les agrada que estas cosas sucedan. La violencia retórica parte de las propias agrupaciones organizadoras y se multiplica en los mismísimos talleres que se imparten: luego, la violencia material es una consecuencia esperada, pero que trata de presentarse como inorgánica, algo difícil de creer.
Llegamos, pues, a una paradoja que ha de ser subrayada por la sociedad: las militantes feministas en cuestión, mientras se llenan la boca hablando contra la violencia de género, ellas mismas la practican cada vez que dejan traslucir en su discurso político un odio indisimulable para con el sexo masculino y cada vez que, por añadidura, atacan a hombres identificados falazmente como machistas por el hecho de rezar, o, peor: por el hecho de repudiar su violencia.
Y aquí hay otra contradicción flagrante a mencionar: estas mismas militantes feministas, que se dicen "pluralistas y democráticas", al tiempo que ejercen violencia de género, practican también violencia religiosa, manifiesta en cada consigna de odio contra la comunidad cristiana y en cada ataque no sólo a templos cristianos, sino también a personas cristianas, hombres y mujeres, a los que se les atribuye el calificativo de "patriarcales" (llamativamente, el islam, la religión más patriarcal de todos los tiempos, nunca tiene lugar ni en el discurso ni en la práctica feminista local).
La violencia feminista es el resultado de una ideología intrínsecamente violenta: aquella que postula un mundo de puro conflicto entre hombres y mujeres, una suerte de lucha de clases llevada al plano del género (lucha de géneros), dialéctica que ha sido fogoneada especialmente por los grupos intelectuales de izquierda desde que la clase obrera ya no le responde más, como dijera Alain Touraine, en el marco del nuevo mundo posindustrial.
@AgustinLaje
El autor es director del Centro de Estudios LIBRE.
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