Hay discusiones que empiezan en la política y terminan modificando la vida cotidiana. En el último episodio de su podcast, disponible en Infobae y Spotify, Ricardo Lorenzetti se detiene en uno de esos fenómenos: la polarización. El punto de partida no está en los gobiernos ni en los partidos políticos, sino en situaciones cada vez más habituales. Personas que dejan de escuchar a un músico por sus posiciones ideológicas, amigos que evitan hablar de política para no pelearse o reuniones donde las diferencias aparecen antes incluso de que comience la conversación. “Ya se sabe que la otra persona está del otro lado, en el otro polo, y nunca vamos a llegar a un acuerdo”, dice.
Para Lorenzetti, el problema no son las diferencias ni los desacuerdos. De hecho, recuerda que “la democracia nace del intercambio de opiniones, requiere del debate” y que “el debate es el alimento de la democracia”. La dificultad aparece cuando la discusión deja de girar alrededor de argumentos y se transforma en una identidad cerrada. “Ya se sabe que la otra persona está del otro lado, en el otro polo, y nunca vamos a llegar a un acuerdo”, señala al describir conversaciones donde el desacuerdo aparece incluso antes de que empiece el intercambio. En ese contexto, observa que “estamos dispuestos a imponer nuestra idea al otro, pero no a escucharlo”, una actitud que termina erosionando la posibilidad misma del diálogo.
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Una parte importante del episodio está dedicada a distinguir entre el conflicto democrático y la polarización. El conflicto forma parte de cualquier sociedad abierta y resulta indispensable para el funcionamiento institucional. La polarización problemática aparece cuando el otro deja de ser alguien que piensa distinto y pasa a convertirse en un enemigo. “Cuando hay distintas posiciones y debaten argumentos, eso es muy bueno”, sostiene. El problema surge cuando desaparece la deliberación y la lógica política se organiza alrededor de antagonismos permanentes. Según explica, en muchas sociedades “se crean enemigos y de esa manera se logra dividir a las sociedades por mitades”. Ese mecanismo puede resultar eficaz para ganar elecciones, pero genera enormes dificultades cuando llega el momento de gobernar.
A partir de allí, el episodio se pregunta cómo reconstruir espacios de conversación en sociedades cada vez más fragmentadas. Para responder, Lorenzetti recurre a distintas referencias filosóficas y sociológicas. Entre ellas aparece Platón, recuperado a través del libro Why Plato Matters Now, de Angie Hobbs. La referencia le sirve para recordar una idea que atraviesa todo el capítulo: el diálogo no como una herramienta para derrotar al otro, sino como una búsqueda compartida. “Dialogamos para averiguar juntos la verdad”, resume, retomando una tradición que entiende la conversación como un ejercicio de exploración y no como una competencia entre posiciones irreconciliables.
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En la misma línea incorpora los aportes del sociólogo Richard Sennett y su idea de cooperación compleja. En sociedades atravesadas por la diversidad, sostiene, las personas necesitan colaborar con individuos que piensan distinto y provienen de entornos diferentes. Por eso cuestiona una lógica centrada exclusivamente en la confrontación. La alternativa, explica, pasa por desarrollar formas de conversación basadas en la escucha, las preguntas y la construcción gradual de acuerdos. “Se trata de escuchar al otro, de conversar para averiguar juntos la verdad y no para vencerlo”, afirma.
Buena parte del capítulo gira en torno a cómo diseñar instituciones que incentiven el encuentro entre posiciones diferentes. Lorenzetti retoma la noción de “consenso entrecruzado” desarrollada por John Rawls y sostiene que el problema no es la existencia de desacuerdos, sino la ausencia de espacios donde esos desacuerdos puedan interactuar. “El consenso es el resultado final del encuentro de opiniones divergentes que interactúan”, explica. Desde esa perspectiva, la estabilidad democrática depende menos de eliminar diferencias que de crear condiciones para que esas diferencias puedan convivir y producir decisiones compartidas.
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El análisis no queda en el plano teórico. Lorenzetti dedica varios pasajes a mostrar cómo las propias instituciones pueden profundizar o reducir la polarización. “Las instituciones pueden promover el roce entre visiones diferentes o pueden promover la polarización”, sostiene. A partir de experiencias vinculadas a audiencias públicas de la Corte Suprema, describe mecanismos que favorecen el entrecruzamiento de posiciones opuestas y que, con el paso del tiempo, reducen los niveles de confrontación. La clave, señala, consiste en evitar que cada grupo permanezca encerrado en sus propias certezas y generar espacios donde las diferencias puedan expresarse sin convertirse automáticamente en enfrentamientos.
La tecnología aparece como otro de los factores que aceleran estas dinámicas. Lorenzetti describe un ecosistema donde las personas buscan permanentemente confirmación de sus propias creencias y donde los algoritmos potencian esa tendencia. “Todo es una campana dentro de la cual nos movemos y que suena con una música que ya escuchamos, que nos tranquiliza y que nos gusta”, señala. Escuchar “la otra campana”, agrega, “nos perturba, nos intranquiliza”, razón por la cual las plataformas terminan reforzando recorridos cada vez más homogéneos y extremos. El resultado es un proceso de retroalimentación que dificulta el contacto con perspectivas diferentes y fortalece la fragmentación social.
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Frente a ese escenario, el episodio vuelve una y otra vez sobre la necesidad de crear lugares de encuentro. Lorenzetti menciona experiencias de diálogo interreligioso, ejemplos tomados de la India y distintos desarrollos de la teoría de los juegos para mostrar que la interacción repetida entre personas con posiciones distintas tiende a reducir la intensidad de los conflictos. La convivencia democrática, plantea, no depende de que todos piensen igual, sino de la capacidad de sostener conversaciones duraderas entre quienes piensan diferente.
Hacia el final, recupera una reflexión de Borges sobre el descubrimiento del diálogo en la antigua Grecia para insistir sobre una idea que atraviesa todo el episodio. La democracia funciona mejor cuando las instituciones favorecen la conversación y el encuentro. “El consenso no es el resultado de la decisión de uno, sino de la conversación de varios”, concluye. En tiempos donde la polarización parece extenderse a todos los ámbitos de la vida social, el desafío pasa menos por eliminar las diferencias que por reconstruir las condiciones que permiten convivir con ellas.
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Todos los lunes a las 9, un nuevo episodio de El podcast de Ricardo Lorenzetti en Infobae y Spotify.
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