“No es momento para la desilusión, no es momento para ahondar el desprestigio de las instituciones. Es un momento para fortalecer las instituciones, para hablar cómo las mejoramos, para ver cómo mejoramos la democracia”, dice Ricardo Lorenzetti al inicio del episodio 31 de su podcast. El tema, dice, “no es abstracto, no es algo que interese solo a la teoría o a los políticos, sino que interesa muy especialmente a cada uno de nosotros, porque no es lo mismo vivir con democracia o sin democracia”.
Lorenzetti dice que hay una degradación generalizada en las instituciones democráticas de Occidente: “Lo hemos visto hasta en peleas físicas en parlamentos, en España, en Estados Unidos, en Francia, en Inglaterra, en Nueva Zelanda y obviamente en Argentina”. El dato que elige para ilustrar el deterioro es elocuente: hace décadas, los jueces citaban los debates parlamentarios en sus sentencias como fuente de interpretación jurídica. Hoy, dice, “sería casi imposible citar los insultos, los agravios que se escuchan en los parlamentos”. Y señala una hipótesis más inquietante aún: que esa degradación visible es la superficie de un vaciamiento más profundo. “Hay muchos autores que dicen que esta degradación es porque en realidad es una especie de teatro donde se hace que se gobierna, pero no se gobierna. Las decisiones están en otro lado.”
Para dar sustento teórico a esa intuición, cita un artículo publicado en noviembre de 2025 por Stacy Goddard y Abraham Newman en Cambridge University Press, titulado “Más allá del futuro: el neomonarquismo, la administración Trump, el sistema internacional emergente”. La tesis central es que lo que está emergiendo es “una competencia entre élites, hiperélites, similar a la era de los monarcas absolutos”, donde “las acciones geopolíticas son movimientos dentro de una red de poder personalista” y se prioriza “la acumulación de riqueza y el estatus personal sobre las definiciones convencionales de interés nacional”.
Lorenzetti ubica ese argumento en una genealogía más larga. Recuerda el debate entre el sociólogo Charles Wright Mills, autor de La élite del poder, quien sostenía que las decisiones reales las tomaban grupos concentrados, y Robert Dahl, el teórico de Yale que defendía una “poliarquía” de grupos en competencia. “En los últimos años, hasta el mismo Robert Dahl también fue cada vez más pesimista”, dice, y recuerda que en 2003 publicó en Yale University Press un libro que preguntaba cuánto de democracia hay realmente en la Constitución americana. El paralelo histórico llega hasta Roma: “El emperador Augusto generó la Pax Romana, había paz, no había conflictos. Pero los críticos decían: en realidad el Senado romano era una apariencia, el que tomaba todas las decisiones era Augusto.”

Más allá del diagnóstico sobre las élites, Lorenzetti identifica otro síntoma: la desconexión entre la agenda de los líderes fuertes y los grandes problemas del siglo. “No hablan de la complejidad que hoy presenta la inteligencia artificial. No hablan de la crisis ambiental. No hablan del envejecimiento poblacional. No hablan de la pérdida masiva de trabajo que va a provocar la tecnología.” Para graficar esa parálisis, recurre a la película No mires arriba, con Leonardo DiCaprio, donde un científico advierte sobre un meteorito que se aproxima y ningún gobernante le presta atención. A ese fenómeno lo llama “orfandad social”: líderes que “se ocupan de lo suyo y no de lo propio, del bien común”.
Frente a ese cuadro, Lorenzetti dice que el problema alcanza también a la ciudadanía: “Gran parte de esto sucede también porque todos nosotros delegamos en poderes concentrados, en personalismos. Nos equivocamos muchas veces en el pasado al buscar un salvador.” Y advierte sobre el mecanismo típico: “Se otorga un permiso para hacer lo que desee. Y en los primeros dos o tres años este permiso no encuentra limitación alguna. Y ya sabemos que esto siempre termina mal.” La propuesta que articula como alternativa es la del liderazgo que “reconecta”: “El verbo que tenemos que utilizar a nivel de líderes y a nivel de instituciones es reconectar con la sociedad.” Eso implica, dice, que la ciudadanía tome un rol activo: “¿Vamos a seguir cometiendo los mismos errores de buscar un líder salvador, de darle un permiso ilimitado? ¿O vamos a ser ciudadanos activos que establecen límites, que defienden la democracia, que sostienen que debe haber división de poderes?” También dice que hay una tendencia preocupante en la sociedad civil, donde “los artistas, los intelectuales, las universidades, progresivamente se van inclinando hacia el silencio”, y que eso es “exactamente lo contrario de lo que hay que hacer”. El llamado final es directo: “Defendamos la democracia participativa y republicana.”
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