La “loca del hacha” y un misterio de 130 años sin resolver: dos cuerpos bañados en sangre y un juicio que paralizó a Estados Unidos

Lizzie Borden gritó desesperada: su padre y su madrastra estaban muertos. Una semana después, ante la mirada incrédula de su pueblo, estaba presa por el asesinato de los dos

La actriz Ella Beatty (izq.) interpreta a Lizzie Borden en la última adaptación de la historia del crimen en Fall River. La joven (der.) tenía 32 cuando se produjeron los asesinatos de su padre y su madrastra.
La actriz Ella Beatty (izq.) interpreta a Lizzie Borden en la última adaptación de la historia del crimen en Fall River. La joven (der.) tenía 32 cuando se produjeron los asesinatos de su padre y su madrastra.
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“¡Maggie! ¡Vení, vení rápido!”, gritó Lizzie Borden. Y siguió gritando: “¡Papá está muerto, alguien entró y lo mató!”. Faltaba algo menos de una hora para el mediodía del 4 de agosto de 1892. Era verano en Fall River, Massachusetts. La residencia victoriana de la familia Borden se había convertido en un baño de sangre.

La primera en encontrar el desastre fue Bridget “Maggie” Sullivan, la sirvienta irlandesa que trabajaba en la casa de los Borden, en el número 92 de Second Street. Pero los gritos de Lizzie eran demasiado fuertes, así que detrás de Maggie empezaron a llegar los vecinos más cercanos.

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El cadáver de Andrew Borden, un inversor de 70 años que había cultivado una buena fortuna, yacía en el sofá del salón principal de la casa. Tenía la cabeza destrozada y la cara despedazada. Había recibido once hachazos. Cuando Maggie y los vecinos fueron detrás de los gritos de Lizzie, todavía brotaba sangre del cuerpo del dueño de casa.

La Policía llegó casi inmediatamente. Los oficiales recorrieron la mansión y encontraron un desastre aún mayor. En el segundo piso, en la habitación de huéspedes, había otro cadáver: era el cuerpo de Abby Borden, la esposa de Andrew y la madrastra de Lizzie y de Emma, su hermana. Llevaba al menos media hora muerta y, por la escena del crimen en la que fue encontrada, la habían asesinado mientras hacía la cama. Tenía el cráneo completamente destruido: había recibido 19 golpes de hacha que la mataron en el acto.

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Un pueblo desconcertado

Esa masacre no se parecía en nada a la vida cotidiana en Fall River, ni mucho menos a la serenidad que parecía haber en la casa de los Borden apenas unos minutos antes del hallazgo. Andrew descansaba en el salón después de una mañana de trámites en el banco y en la oficina de correo. Maggie reposaba un rato en su habitación después de arduas horas dedicadas a limpiar los ventanales. Emma Borden, la hermana mayor de Lizzie, estaba de vacaciones fuera de la ciudad.

Lugares embrujados
La casa en la que se produjo la masacre de los Borden es hoy un hotel al que llegan todo el tiempo estudiosos del crimen ocurrido en 1892. (Google Maps)

La Policía se desconcertó enseguida. No había ninguna puerta forzada, ni faltaba dinero, ni tampoco joyas. Ninguno de los dos muertos presentaba signos de haber luchado o de haber padecido violencia sexual. Andrew y Abby habían sido asesinados a plena luz del día, a metros de una de las calles más concurridas de Fall River. Ninguno de los peatones que fueron interrogados había escuchado gritos. Nadie vio a alguien sospechoso emprendiendo una fuga.

Todo era un misterio en Fall River, donde la industria textil era la base de una prosperidad que no alcanzaba a todos por igual. La localidad, como tantos otras zonas de Estados Unidos, estaba atravesada por tensiones étnicas, religiosas y de clase. Las familias protestantes de origen anglosajón concentraban el poder tanto económico como moral, mientras que los obreros de las fábricas eran inmigrantes irlandeses y franco-canadienses.

Andrew Borden formaba parte de la burguesía de la pequeña ciudad. Se había enriquecido comerciando muebles y fabricando ataúdes. Después, sumó a sus actividades la inversión inmobiliaria y llegó a dirigir el Union Saving Banks. En Fall River lo consideraban un tacaño, y la evidencia más clara de eso, decían sus vecinos, es que en vez de mudarse a la zona más exclusiva de la ciudad, vivían en una casa que no tenía agua corriente y en una cuadra sombría.

Todos enfrentados

La convivencia entre los Borden era difícil. Ni Emma, de 41 años, ni Lizzie, de 32, llamaban “mamá” a Abby, algo con lo que su padre insistía permanentemente. La verdadera madre de las chicas había muerto cuando Lizzie era muy chica, y el resentimiento entre las hermanas y la madrastra se cocinó a fuego lento durante décadas.

Todo empeoró cuando Borden empezó a ceder propiedades y dinero a la familia de su segunda esposa, mientras se negaba a otorgar bienes o efectivo a sus hijas. Para no cruzarse, los integrantes de la familia cenaban en horarios distintos y cada uno cerraba su dormitorio con llave.

Una joven impoluta

Lizzie Borden era, puertas afuera, era una dama victoriana impoluta. Era soltera y una participante activa de la Iglesia Congregacional Central, donde enseñaba en la escuela dominical además de sumarse a todas las actividades de beneficencia. Nada de eso era compatible, para la sociedad de la época, con una mujer asesina dispuesta a ejecutar a su propia familia.

Elizabeth Montgomery fue la primera actriz en interpretar a Lizzie Borden. La película se estrenó en televisión en 1975.
Elizabeth Montgomery fue la primera actriz en interpretar a Lizzie Borden. La película se estrenó en televisión en 1975.

Tanto las autoridades de Fall River como la cúpula policial y la élite protestante buscaban un culpable fuera de la casa. Aunque la persona más cercana al lugar de los hechos era Lizzie y aunque no había ningún signo de violencia externo, todos se negaban a pensar que esa mujer de buena cuna y costumbres devotas estuviera detrás de una carnicería como la que se había dado en la casa de los Borden. Al menos en un primer momento.

La Policía no dudó en apuntar su investigación hacia los sectores más marginales entre los inmigrantes y hasta detuvo a un trabajador irlandés que tuvo que ser liberado rápidamente por no haber ninguna señal de su participación en el crimen.

Pero aunque las autoridades no parecían querer mirar a Lizzie, las pericias empezaron a cercarla y a ubicarla como principal sospechosa. Un juez de instrucción la interrogó y la hija menor de la casa se contradijo y dio respuestas erráticas. No podía esclarecer qué había hecho durante la mañana de los crímenes. Primero dijo que había estado leyendo en la cocina, después su versión fue que estaba planchando manteles, y por último contó que había ido al granero de la casa y que luego encontró los cuerpos.

Su equipo de abogados argumentó después que todas las incoherencias durante sus declaraciones se habían producido por el estado de shock que le produjo tener que presentarse ante la Justicia y, también, por las elevadas dosis de morfina que le había recetado su médico para sentirse más tranquila.

Eli Bence, el boticario a cargo de la farmacia de la ciudad, declaró que el día anterior a la masacre Lizzie había pedido cianuro de hidrógeno, un veneno fulminante, en su mostrador. Aseguró que necesitaba esa sustancia para limpiar una prenda de piel, pero Bence se negó a vendérsela con firmeza. Todo se volvió más escabroso cuando distintos vecinos recordaron que, dos días antes de las muertes, la familia había atravesado malestares gástricos severos. Abby Borden, la madrastra de Lizzie, había consultado a su médico y le había confesado su miedo a ser envenenada.

Alice Russell, una amiga íntima de los Borden, se instaló en la casa familiar unas horas después del crimen para acompañar a Lizzie mientras esperaban la vuelta de Emma, la hermana mayor. Unos días después de las muertes, Russell presenció cómo Lizzie destruía a tijeretazos y violentamente un vestido azul y lo tiraba al fuego. Russell le preguntó qué estaba haciendo, y Lizzie simplemente contestó que destruía la prenda porque se había manchado con pintura. La amiga de la familia le contó sobre esa escena a otros amigos, y las dudas sobre el comportamiento de Lizzie Borden empezaron a crecer.

Lizzie Borden pasó sus últimas dos décadas condenada al ostracismo.
Lizzie Borden pasó sus últimas dos décadas condenada al ostracismo.

La Policía decidió volver a requisar la casa de los Borden y encontró, en el sótano, la cabeza de un hacha cubierta de polvo y ceniza, con el mango de madera partido. Pero las pericias científicas de aquella época eran mucho más limitadas que ahora, y no se pudo demostrar si había sangre rastros de sangre en la herramienta o en la ropa que le secuestraron a Lizzie, donde no había ninguna mancha hemática que el ojo humano pudiera detectar. Ese empezó a volverse el gran enigma del caso.

Cárcel, juicio y absolución

Una semana después de la masacre, Lizzie Borden fue oficialmente arrestada. Casi un año después, en junio de 1893, se abrió el juicio contra la hija menor de Andrew Borden. El retrato de Lizzie se imprimió en las tapas de los diarios locales y también de revistas internacionales. Con la fortuna que acababa de heredar, la acusada contrató a un prestigioso equipo de abogados encabezado por George D. Robinson, ex gobernador de Massachusetts.

Esos abogados organizaron una estrategia que iba desde una puesta en escena luctuosa hasta contactos permanentes con la prensa para ensalzar la figura de Lizzie. A cada audiencia, la acusada llegaba vestida con luto victoriano y un pequeño ramo de flores. Se veía frágil y recatada, lo que alimentó la idea de que era físicamente imposible que cometiera una masacre como la que había ocurrido en la casa Borden.

El jurado, dadas las leyes de la época, estaba compuesto exclusivamente por varones, lo que provocó la indignación del movimiento sufragista. Las mujeres de ese movimiento denunciaban el carácter patriarcal del juicio, dirimido por agricultores y comerciantes de fe protestante.

Los abogados de Lizzie consiguieron que los jueces declararan inadmisible el testimonio del farmacéutico por una cuestión de forma, y también que anularan las declaraciones contradictorias de la hija menor de Borden, argumentando que en ese momento no contaba con asesoramiento letrado. Sin el testimonio del veneno y sin presencia de sangre ni huellas dactilares, la acusación contra Lizzie se basaba en deducciones y nada más.

Monstruo: La historia de Lizzie Borden
La serie "Monster" tomó la historia de Lizzie Borden para adaptarla a la ficción. (Netflix)

El 20 de junio de 1983, tras apenas una hora y media de deliberación, el jurado declaró inocente de todos los cargos a la joven. Hubo aplausos y una ovación en la sala en la que se produjo la absolución. Pero la mirada social sobre Lizzie, que al principio había sido de apoyo, ahora no tenía retorno: todos mantenían la sospecha en su contra y Fall River empezó a hacer circular el apodo con el que la nombrarían para siempre, “la loca del hacha”.

Mala fama

Emma y Lizzie Borden vendieron la casa que se había convertido en un baño de sangre y compraron una mansión victoriana en la zona más alta de la ciudad. Esa zona a la que su padre se rehusaba a mudarse. Con la intención de dejar de ser Lizzie, la hija menor empezó a identificarse como Lizbeth A. Borden.

Pero no había “reseteo” posible. Sus conciudadanos le daban la espalda, la congregación de su iglesia empezó a rechazar su participación y los vecinos la aislaban. Los chicos de Fall River se reunían en la cuadra de su nueva casa y le gritaban “loca del hacha” o le tiraban piedras.

Peleada para siempre con su hermana, de quien se distanció un tiempo después de la mudanza a la nueva casa, Lizbeth pasó sus últimos veinte años recluida allí. Se dedicaba a cuidar a sus perros y a colaborar de forma anónima con refugios de animales. Murió a los 66 años, en 1927, por una grave neumonía. Emma, su hermana, murió apenas nueve días después. Fueron enterradas juntas, en el panteón familiar, a apenas unos metros de las tumbas de su padre y de su madrastra.

El asesinato de Andrew y Abby sigue siendo un misterio a 134 años de la masacre. Tras la absolución de Lizzie, no se juzgó a ningún otro sospechoso. El juicio primero y el misterio después desvelaron a los Estados Unidos. Lo ocurrido en Fall River se sigue estudiando en escuelas de Criminología por los enigmas no resueltos.

Además, una rima infantil se diseminó rápidamente en las escuelas de todo el país: “Lizzie Borden took an axe, and gave her mother forty whacks. When she saw what she had done, she gave her father forty-one” (“Lizzie Borden tomó un hacha, y le dio a su madre cuarenta golpes. Cuando vio lo que había hecho, le dio a su padre cuarenta y uno”). El verso, que adjudica el crimen a Lizzie sin dudarlo y que modifica la naturaleza de algunos de los hechos, confirmó la figura de la hija menor como un sinónimo del terror doméstico.

La historia de Lizzie Borden se convirtió no sólo en un verso popular, sino también en distintas películas protagonizadas por Elizabeth Montgomery, Christina Ricci, Chloë Sevigny y Kristen Stewart, entre otras. Ella Beatty fue la última actriz en encarnar a Lizzie: la interpreta en Monster: la historia de Lizzie Borden, que se estrenó hace algunas semanas en Netflix.

La escena del crimen es hoy un hotel. Cada año, recibe la visita de estudiosos de la masacre que quieren alojarse en las mismas habitaciones donde los Borden se encerraban para no verse entre ellos y donde Andrew y Abby murieron a hachazos.

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