
“¡Esperen un minuto, esperen un minuto, todavía no han oído nada!”, decía desde la pantalla el actor blanco con el rostro pintado de negro ante cientos de espectadores asombrados por el fenómeno de su voz. Y era cierto que no habían oído nada, porque todavía faltaba escucharlo cantar, y ese hombre blanco de cara embadurnada era Al Jolson, uno de los cantantes más exitosos de la época. Cuando muchos años después la revista Time publicó el listado de los “80 días que cambiaron al mundo”, el 6 de octubre de 1927 estaba allí por el estreno de El cantante de Jazz, considerada la primera película sonora de la historia, la que marcó la transición entre el cine mudo y un Hollywood donde el sonido comenzó a ser tan importante como la imagen. En 1996, fue considerada “cultural, histórica y estéticamente significativa” por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos y seleccionada para su preservación en el National Film Registry.
Sin embargo, no fue ni la primera película sonora ni la primera con diálogos completos, aunque sí el primer largometraje estrenado comercialmente con secuencias de diálogo hablado sincronizado. Luego de su estreno, la misma revista Time que años más tarde la incluiría en su famosa lista de fechas memorables, no la trató demasiado bien en su crítica, en la que solo rescató como importante que fuera la primera película de Al Jolson y que era destacable que su voz se hubiera conservado. “El Vitaphone le permite hablar y cantar a través de los laberintos sentimentales de la adaptación cinematográfica”, escribió el crítico, refiriéndose a la grabación de sonido sobre un disco que se utilizaba en el filme.
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Porque The Jazz Singer —su título original en inglés—, dirigida por Alan Crosland, un hombre que venía del mundo del teatro, tenía un guion sencillo, casi precario, construido para que brillara su estrella. Porque en realidad, la película tenía apenas dos minutos de diálogo con sonido, en gran parte improvisado, mientras que el resto se presentaba a través de intertítulos, rótulos de texto escrito intercalados en los fotogramas. La película termina siendo así un mix entre las novedosas técnicas del cine sonoro y los viejos recursos del cine mudo. Lo que importaba era que Jolson cantara y se escuchara la grabación de su voz sincronizada.

Una historia sencilla
The Jazz Singer se basa en la obra musical para teatro del mismo nombre, escrita por el dramaturgo estadounidense Samson Raphaelson, a partir de su propio relato The Day of Atonement. El protagonista, Jakie Rabinowitz, proviene de una familia judía ultraortodoxa y su padre, que es rabino, pretende que siga las costumbres de sus ancestros y continúe la tradición familiar convirtiéndose también en hazán, es decir el rabino que guía los cantos en la sinagoga. Para lograr su objetivo y que Jakie cumpla con los requisitos de un rabino cantor se encarga de darle entrenamiento vocal para que aproveche su talento natural y entone su voz de manera adecuada para la función que deberá cumplir.
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Sin embargo, la pasión de Jakie es el jazz, y sueña con un público enamorado de su voz. Después de que un amigo de la familia le cuenta al hazán que ha visto a su hijo cantando en un café, el furioso padre castiga a su heredero, lo cual provoca que el joven huya del hogar familiar, dejando atrás también a su afligida madre, Sara. Años más tarde, Jakie regresa en busca de reconciliación: ahora es un célebre cantante de jazz llamado Jack Robin. Cuando se reencuentran, su padre, que está muy enfermo, sigue firme en su posición de que su hijo se convierta en hazán. Entonces Jack se ve obligado a decidir entre su carrera como cantante pintado de negro y su identidad judía.
El recurso de la blackface, es decir del cantante blanco con el rostro pintado de negro, aprovecha un fenómeno de la época. Durante el siglo XIX y parte del XX, la audiencia blanca iba al teatro para entretenerse y disfrutar del jazz y de otros géneros musicales de origen negro. Sin embargo, esta misma audiencia blanca no creía que los intérpretes afrodescendientes fuesen adecuados para presentarse en el teatro frente a un público blanco. La perspectiva de ver a un negro interpretando una canción en el teatro todavía no era aceptable, por lo que muchos intérpretes de jazz blancos utilizaban maquillaje para cubrir su cara de negro y cantar estos géneros musicales ante un público blanco sin ofenderlo en sus prejuicios.
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El historiador de cine Eric Lott definió así el fenómeno: “Para el juglar blanco, adoptar las formas culturales de la ‘negritud’ implicaba participar en un complejo asunto de imitación masculina... Usar o incluso disfrutar del blackface era, literalmente, durante un tiempo, volverse negro, heredar la frialdad, la virilidad, la humildad, el abandono o la alegría de corazón que eran los componentes principales de las ideologías blancas sobre la masculinidad negra”. Luego de la interpretación de Al Jolson en The Jazz Singer, el intérprete blanco con la cara pintada de negro y los labios pintados en blanco o sin pintar, interpretando música de raíces negras para público blanco, se volvió un icono.

La estrella adecuada
Otro gran acierto de la película fue el protagónico de Al Jolson, quizás el cantante blanco de jazz más famoso de esos tiempos. Como su personaje de Jakie, es judío y cambió su nombre para introducirse en el mundo del espectáculo. Hijo de un rabino cantor de origen lituano, Asa Yoelson nació en mayo de 1886 y comenzó su carrera como cantante y comediante en cafés y teatros.
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En la década de 1920, ya convertido en Al Jolson, era una de las estrellas más famosas y mejor pagadas de Estados Unidos. Según el crítico William Ruhlmannn “se lo conocía por el enfoque descaradamente sentimental y melodramático de sus actuaciones, además de popularizar muchas de las canciones que cantaba”. Para el historiador musical Larry Stempel, “Nadie había escuchado nada parecido antes en Broadway”, mientras que otro crítico, Stephen Banfield, escribió que su estilo fue “posiblemente el factor más importante en la definición del musical moderno”.
Sin embargo, Jolson no fue la primera elección de los estudios Warner para el protagónico de The Jazz Singer. Antes le hicieron la propuesta a George Jessel, ya que había encarnado a Jakie en la obra de Broadway, pero el cantante y actor rechazó el papel porque no quería cantar en una película. Entonces Sam Warner decidió darle el papel a Jolson y con esa elección logró un éxito mayor del que esperaba. “Al final de la película, los hermanos Warner habían mostrado al público algo que nunca habían visto, conmoviéndolos de una manera inesperada. La tumultuosa ovación al final de la función demostró que Jolson no solo era el hombre adecuado para el papel de Jakie Rabinowitz, alias Jack Robin; era el hombre adecuado para toda la transición de la fantasía muda al realismo sonoro. El público, transformado en lo que un crítico llamó ‘una turba agitada y enzarzada’, se puso de pie, aplaudió y vitoreó ‘¡Jolson, Jolson, Jolson!’”, cuenta el historiador del cine Scott Eymann.
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En los 89 minutos de duración de la película, Jolson interpreta seis temas, cinco de jazz muy populares y una pieza litúrgica judía tradicional: Toot, Toot, Tootsie (Goo’ Bye!), Dirty Hands, Dirty Face, Blue Skies, Mother of Mine, I Still Have You, My Mammy, y el rezo tradicional del Día del Perdón Kol Nidre. Al público le pareció estar asistiendo a una actuación en vivo: “Cuando Jolson pronunció ‘¡Un momento!’, provocó gritos de alegría y aplausos del público, que quedó estupefacto al ver y oír hablar a alguien en una película por primera vez, hasta el punto de que al principio no captó el doble sentido. Tras cada canción de Jolson, el público aplaudía”, relató después Doris Warner, hija de uno de los dueños de la compañía cinematográfica, luego de asistir al estreno en el Warner Theater de Nueva York.

Un cambio radical
Durante su primer año en la taquilla The Jazz Singer recaudó en Estados Unidos más de cinco millones de dólares, una cifra nunca alcanzada hasta entonces. Ese éxito comercial demostró que el público quería escuchar diálogos y canciones en la gran pantalla, e impulsó a los grandes estudios a adoptar rápidamente la tecnología del sonido Vitaphone. También modificó las técnicas de actuación, el montaje y la puesta en escena para adaptarlos a la presencia de la voz, a la vez que favoreció la multiplicación de comedias musicales y películas sonoras inmersivas.
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Marcó, por último, el principio del fin del cine mudo y obligó a que paulatinamente las salas de todo el mundo se adaptaran a la nueva tecnología del cine sonoro sincronizado. En ese sentido, la Argentina fue pionera de esa transición en Sudamérica. The Jazz Singer llegó a Buenos Aires a mediados de 1929, sin que existan registros fehacientes sobre la fecha ni la sala de su estreno.
Cuatro años después el cine argentino produjo su primera película sonora, con el sistema Movietone de sonido óptico, un proceso de grabación de sonido cinematográfico en el que este se graba directamente sobre la película fotográfica usualmente en el mismo carrete en el que está la imagen, en uno de sus márgenes o entre las perforaciones. Dirigida por Luis Moglia Barth y protagonizada por Tita Merello, Azucena Maizani, Libertad Lamarque y Luis Sandrini, entre otras estrellas de la época, ¡Tango! fue proyectada por primera vez el 27 de abril de 1933 en la sala Real Cine de Buenos Aires. El cine sonoro había llegado para quedarse.
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