La mujer que pasó dos días bajo los escombros en Venezuela junto al cuerpo de su marido: “Traté de imaginar el cielo y la luz”

Nayarit Colmenares perdió su mano derecha. La mujer es ilustradora y está aprendiendo a dibujar con la izquierda. Vivía con su pareja en un departamento frente al mar en La Guaira. Este 24 de septiembre se cumplen tres meses de los terremotos que sacudieron a Venezuela

La mujer estuvo dos días bajo los escombros
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Henry salió de la cocina del departamento en el cuarto piso del edificio Palmar Este 1 y le dijo a su esposa que estaba temblando. Eran las 6:05 de la tarde del 24 de junio en Caraballeda, una localidad costera del estado La Guaira, en el norte de Venezuela. Nayarit Colmenares, de 39 años, arquitecta, diseñadora e ilustradora, se levantó y se colocó bajo la viga de una columna que estaba cerca del balcón. Henry caminó hacia ella y la abrazó.

Dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el norte del país con menos de un minuto de diferencia. El edificio se inclinó hacia un lado y Nayarit dejó de ver. “Fue como una ola. Yo era como una muñeca que giraba y no podía controlar mi cuerpo hasta que caí”, cuenta en diálogo con Infobae.

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Cayó sobre el brazo y la pierna derechos. Un calor intenso le abrasó ese lado del cuerpo. No podía moverse. En la oscuridad completa, sin saber dónde había quedado Henry, lo único que atinó a decir fue: “Te amo, Henry”. Se quedó quieta, esperando morir.

Nayarit y Henry se habían conocido en el colegio secundario a los 15 años. Se reencontraron años después, se hicieron novios y tres años más tarde se casaron. Llevaban 11 años de matrimonio. Tenían la misma edad. Desde el departamento, los dos trabajaban con vista al mar. Él en comercio electrónico, ella como diseñadora e ilustradora.

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Nayarit Colmenares vivía en un departamento en La Guaira, Venezuela, con vista al mar
Nayarit Colmenares vivía en un departamento en La Guaira, Venezuela, con vista al mar

El agua que nunca llegó y la pierna fría de Henry

Nayarit no perdió la conciencia en ningún momento. Escuchaba agua corriendo entre los escombros y estaba convencida de que se iba a ahogar. Pasaron los minutos y el agua no subió. Entonces pensó que se quedaría sin aire. Pero seguía respirando. Se repetía una regla de supervivencia para calcular cuánto le faltaba para morir. “Tres minutos sin aire, tres días sin agua, tres semanas sin comer”, pensaba.

A las 7 de la noche sonó una alarma en su teléfono. La había programado para un curso de inteligencia artificial que iba a hacer con Henry. Así supo que había pasado cerca de una hora desde el derrumbe. Después sonaron los dos teléfonos. Reconoció el tono del suyo y el de su esposo. Intentó encontrarlos tanteando con la mano izquierda, la única que podía mover, pero todo lo que tocaba le cortaba la piel. Nunca los alcanzó.

“Dios, si puedo agarrar uno de esos teléfonos, puedo avisar que estoy viva todavía”, pensó.

Si ella estaba viva, razonó, probablemente Henry también. Empezó a gritar su nombre. No le respondió nadie. Gritaba y gritaba. Los teléfonos seguían repicando y en algún punto sintió que la tierra se movía otra vez. Supuso que eran réplicas. Las réplicas desprendían polvillo de los escombros y Nayarit temía que todo se desmoronara encima de ella. Después los teléfonos dejaron de sonar y el silencio fue total.

No tuvo hambre en ningún momento. “Debe ser por la situación de peligro”, explicó después a Infobae. Tenía mucho calor y estaba cansada. No podía dormir ni descansar. Su cuerpo estaba en alerta permanente.

Nayarit y Henry se conocían desde los 15 años
Nayarit y Henry se conocían desde los 15 años

Empezó a rezar. Estaba aturdida y solo recordaba el Padre Nuestro y el Ave María. Las rezaba una y otra vez. Intentaba recordar otras, pero no le venían a la mente. En los intervalos de silencio, cuando no escuchaba nada, era cuando más rezaba y más se preguntaba qué iba a pasar con ella.

Comprobó que no se había golpeado la cabeza ni los ojos. Estaba lúcida. Empezó a gritar “¡Auxilio, auxilio!” pero no escuchaba respuesta y no veía nada. Pero seguían pasando las horas y ella continuaba allí, viva. “Traté de imaginarme la luz y el cielo, como buscando irme. Irme sin dolor”, relató.

En algún momento, tanteando el entorno con la mano izquierda, tocó algo suave. Pensó que era una almohada. Estaba cerca de la sala cuando el edificio cayó. Tocó un poco más abajo y sintió los pelitos de una pierna. La pierna estaba fría y dura. Al principio tuvo esperanzas de que estuviera vivo. Siguió el contorno y empezó a sentir sangre y partes del cuerpo rotas. “Ahí entendí que Henry estaba muerto”, relató.

Se quedó acostada sobre el cuerpo de Henry. Le dolía, pero no lloraba. Ni una lágrima. “¿Cómo es posible que tanto que yo lo amo y no derramé ni una lágrima por él?”, se preguntó en la oscuridad. Más adelante le explicaron que en una situación extrema de supervivencia el cuerpo inhibe las emociones.

Fueron pasando las horas. De vez en cuando sentía una brisa de aire fresco que entraba desde algún lugar. Para sus adentros se decía que si entra aire, “no estoy tan enterrada, no estoy tan lejos.”

Nayarit junto a Henry en un festejo de Navidad
Nayarit junto a Henry en un festejo de Navidad

Escuchó movimiento arriba, muy lejos, como si alguien lanzara escombros. Gritó “¡Auxilio!” con toda la fuerza que le quedaba. Nadie la escuchó. Agarraba trozos de escombros y los golpeaba contra otros, pero se desmoronaban y no hacían ruido suficiente. Entonces escuchó la voz de su hermano Erwin que la llamaba: “¡Naya!” La escuchó una sola vez, pero fue suficiente.

“Eso como que me activó y empecé otra vez a gritar: ‘¡Aquí estoy, aquí estoy!’”, contó. Cuando salió se enteró de que no era solo su hermano. Varios familiares estaban afuera buscándola. Le gritaba a cada uno. “Mamá, estoy viva. Papá, estoy viva”. Nadie la escuchaba.

Un tubo de hierro y una cerámica rota

Tanteando en la oscuridad, Nayarit encontró un tubo de hierro. Se le ocurrió golpearlo con los escombros, pero los trozos se desmoronaban al impacto. Hasta que dio con un pedazo de cerámica. La cerámica contra el hierro producía un sonido fuerte que la aturdía, pero que atravesaba las capas de concreto.

“Eso sí funcionó porque en algún momento, de tanto darle, escuché que alguien decía: ‘Sigue tocando, repica, repica’”, recordó.

Los rescatistas se acercaron y se alejaron tres veces. Cada vez que el silencio regresaba, Nayarit perdía la esperanza. “¿Qué pasó?”, se preguntaba. “Quizás están buscando ayuda”. Pero no regresaban. En esos intervalos se quedaba quieta, rezando, tocando el tubo de tanto en tanto por si alguien aparecía. Había momentos en los que no escuchaba absolutamente nada y sentía que no la iban a encontrar nunca.

El momento en el que Nayarit fue rescatada tras pasar dos días bajo los escombros
El momento en el que Nayarit fue rescatada tras pasar dos días bajo los escombros

Aquellos escombros estaban siendo removidos por un contingente de rescate enviado a Venezuela por El Salvador. El grupo trajo un aparato para detectar vida bajo las estructuras colapsadas y eso cambió la búsqueda, según contó Nayarit a Infobae.

Escuchó la voz de un muchacho que le dijo algo como: “Hey, sigue tocando, ¿hay alguien?” Empezó a golpear más fuerte. El grupo hizo algo diferente a los anteriores. Cuando se dieron cuenta de que ella podía tocar el tubo, diseñaron un sistema de comunicación por golpes. Le hacían preguntas y ella respondía. Un toque para sí, dos para no. Le preguntaron cuántas personas estaban con ella. Tocó una vez. Si tenía algún miembro fracturado. Un toque. En qué área de la casa estaba. Si el espacio era grande o pequeño. Con esa información iban escarbando, acercándose, alejándose, corrigiendo el rumbo.

Nayarit empezó a gritar con palabras para ver si la escuchaban. Uno de los rescatistas captó algo. “Chama, ¿tú estás gritando?” Ella gritó que sí. Casi no la escuchaba, pero eso le dio una pista de la dirección. Se fue acercando hasta que pudo distinguir lo que ella decía, aunque muy lejos. Le apuntaron con una linterna a través de los escombros. Al principio no la veía. Le preguntaban si podía ver la luz. No. No. Hasta que en un intento la distinguió y los rescatistas supieron hacia dónde cavar.

Las tareas habían empezado cerca de las 2 de la tarde del viernes 26 de junio, más de 48 horas después del derrumbe, informó la Secretaría de Prensa de la presidencia salvadoreña.

Empezaron a sacar escombros cerca del hueco donde ella estaba. Ya los podía escuchar mucho más. Cuando lograron abrir un espacio suficiente para escucharla con claridad, uno de los rescatistas le habló.

Nayarit le dijo "te amo" a Henry en el momento en el que colapsó el edificio en el que vivían en La Guaira
Nayarit le dijo "te amo" a Henry en el momento en el que colapsó el edificio en el que vivían en La Guaira

“Somos bomberos de El Salvador y venimos a rescatarte. Y no nos vamos a ir de aquí hasta que te saquemos”, le dijo. “Tenés que tener paciencia, debemos remover muchos escombros, pero de aquí no nos vamos hasta que te saquemos”.

El equipo médico le canalizó una vena y le suministró líquidos mientras seguían removiendo escombros. La rescatista que logró establecer contacto y extraerla fue Heidy Yaneth Aguilar Morales, licenciada en Enfermería de El Salvador.

Cuando la luz entró al espacio donde Nayarit había pasado dos días, descubrió que estaba en el baño de un departamento vecino. El piso estaba arriba. Todo estaba invertido. La percepción que se había armado a ciegas de su propia posición no tenía nada que ver con la realidad. Creía estar medio acostada con la pierna derecha enterrada y la izquierda libre, pero en realidad tenía una pierna levantada y estaba medio sentada, girada. Ahí vio también, completo, el cuerpo de su esposo.

Los rescatistas tuvieron que romper el lavamanos y el espejo del baño para abrir paso. Los más delgados entraban por el hueco de cabeza mientras otros empujaban desde arriba por los pies. Liberaron primero la pierna. Lo más difícil fue el brazo derecho, que había quedado debajo del cuerpo de Henry. Era más que todo la mano la que estaba aplastada. Usaron una palanca para levantar lo que lo retenía y cuerdas para sacarla, porque a Nayarit no le daban las fuerzas ni el ángulo para liberar su brazo.

Cuando salió acostada boca abajo en una camilla, vio que decenas de personas la rodeaban. Los bomberos le dieron la vuelta y ella miró el cielo. “El momento en el que salí, sentí la brisa y pude respirar un aire que no fuera polvo”, contó. Eran pasadas las 8 de la noche. La operación había durado más de seis horas.

Los primeros dibujos que hizo Nayarit con su mano izquierda
Los primeros dibujos que hizo Nayarit con su mano izquierda

La despedida de la mano derecha

Nayarit recibió los primeros auxilios en el Centro Médico de Pariata y fue trasladada a la clínica Santa Sofía en Caracas. Los médicos constataron que no tenía fracturas, pero sí heridas por aplastamiento en todo el lado derecho. Al principio estaban más preocupados por el pie que por la mano. Con el paso de los días, el tejido de la mano derecha adquirió un color gris. Las bacterias se multiplicaban pese al tratamiento con antibióticos.

“Me dijeron claramente, con todo el dolor del alma, que lo que se sugería era la amputación en estos casos, porque la infección podía ir al torrente sanguíneo e iba a ser mucho más difícil de controlar”, cuenta a Infobae.

Nayarit se dio cuenta de que su mano derecha estaba asociada con su identidad. Con ella dibujaba, pintaba, tejía a crochet, preparaba bombones y hacía manualidades. “Cualquier cosa creativa que me pasara por la mente, que me diera curiosidad, me salía muy bien con las manos”, dijo.

Cuando le comunicó a su familia que había aceptado la amputación, su hermano le respondió que “nos tienes a todos nosotros, no estás sola. Te apoyamos por siempre”. Los cirujanos reorganizaron durante la operación los músculos, nervios y venas del muñón para facilitar la adaptación a una futura prótesis.

“Haber perdido a mi esposo me duele más que haber perdido la mano derecha”, dice aún emocionada.

Nayarit nunca perdió el humor pese a lo que le tocó vivir
Nayarit nunca perdió el humor pese a lo que le tocó vivir

A tres meses del terremoto, Nayarit hace terapia psicológica. Al principio dormía mal. Ahora un poco mejor. Nunca soñó con el terremoto. Sí con Henry, como si estuviera vivo. También con su mano. La veía y la sentía real. Experimenta también el síndrome del miembro fantasma. Tiene palpitaciones y hormigueo, la sensación de que se le duerme la mano que ya no tiene.

Desde que comenzó la terapia con un fisiatra, ejercita la mano izquierda para replicar la precisión que tenía con la derecha. Dibuja con lápiz, traza con pincel. “Voy mejor de lo que pensaba”, le dijo a Infobae.

Su hermana abrió desde Francia una cuenta en GoFundMe para recolectar 100.000 euros y adquirir una prótesis mioeléctrica avanzada, una extremidad biónica que capta los impulsos eléctricos de los músculos y le permitiría volver a dibujar y pintar. También está por recibir ayuda de una fundación venezolana con sede en Colombia.

Lo que quedó en La Guaira

Sus suegros y otros familiares de su esposo trabajaron 19 días para recuperar el cuerpo de Henry de entre los escombros del edificio Palmar Este 1. De su hogar con vista al mar, Nayarit perdió toda su ropa, sus muebles, sus adornos, sus recuerdos. Solo pudo recuperar el teléfono de su esposo.

“Tengo mucho dolor y extraño a Henry, teníamos muchos planes juntos a futuro”, dijo a Infobae.

El balance oficial difundido el 25 de agosto, a dos meses de la emergencia, elevó la cifra de muertos a 6.509. Jorge Rodríguez, titular del Parlamento chavista, precisó que se retiraron 600.790 toneladas de escombros del estado de La Guaira, donde más de un centenar de edificaciones colapsaron o fueron demolidas. De las 60.785 viviendas inspeccionadas, 11.001 presentan daños de alto riesgo.

Mientras tanto, Nayarit Colmenares practica una nueva firma con la mano izquierda. De su vida anterior, sólo le queda el celular de Henry y el recuerdo de esos últimos minuto juntos cuando la tierra tembló.

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