
Después de sobrevivir a emboscadas, atentados con explosivos, tiroteos a plena luz del día y una guerra feroz contra otras organizaciones criminales, Mickey Cohen, el hombre que durante buena parte de las décadas de 1940 y 1950 controló el mundo del juego clandestino y las apuestas ilegales en Los Ángeles, murió el 29 de julio de 1976, a los 62 años, como consecuencia de un cáncer de estómago.
Con él desaparecía uno de los últimos grandes gánsteres de una época en la que la mafia convivía con las estrellas de Hollywood, compraba policías, desafiaba a jueces y resolvía sus disputas a fuerza de ametralladoras. Su nombre había quedado asociado para siempre a otro personaje legendario del crimen organizado: Benjamin “Bugsy” Siegel, uno de los impulsores del desarrollo de Las Vegas y de los mafiosos más famosos de Estados Unidos.
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Cohen fue su protegido, su hombre de confianza en California y, tras su asesinato en 1947, heredó buena parte del poder que Siegel había construido en la Costa Oeste. Pero para entonces, Mickey ya llevaba muchos años vinculado al delito.
De vendedor ambulante a boxeador callejero
Había nacido como Meyer Harris Cohen el 4 de septiembre de 1913, en Brooklyn, Nueva York, hijo de inmigrantes judíos provenientes del antiguo Imperio ruso. Su padre murió cuando él era muy pequeño y la familia atravesó serias dificultades económicas.
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Poco después, su madre decidió mudarse con sus hijos a Los Ángeles en busca de mejores oportunidades. La esperanza de empezar de nuevo duró poco. El barrio donde crecieron estaba lejos del glamour que años más tarde identificaría a Hollywood. Era un ambiente duro, marcado por la pobreza, la violencia y la delincuencia juvenil.
Mickey abandonó la escuela siendo apenas un niño. Vendía diarios, frutas y cualquier producto que le permitiera ganar algunas monedas. Sin embargo, la calle terminó convirtiéndose en su verdadera escuela. Pronto comenzó a frecuentar pequeños grupos dedicados a robos, apuestas ilegales y otros delitos menores. Tenía un temperamento explosivo, una enorme facilidad para pelear y muy poco respeto por la autoridad. Esas características llamaron la atención de quienes organizaban combates clandestinos de boxeo.
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Todavía adolescente empezó a participar en peleas amateurs y luego llegó a disputar combates como profesional en la categoría de peso pluma utilizando distintos nombres. Nunca alcanzó grandes resultados deportivos, pero el boxeo le dejó dos enseñanzas fundamentales: aprendió a soportar el castigo físico y a moverse con naturalidad en ambientes donde la violencia era parte de la vida cotidiana. Aquellas habilidades serían mucho más valiosas para un gánster que para un deportista.
El salto al crimen organizado
Durante la década de 1930, Cohen abandonó definitivamente cualquier intento de desarrollar una carrera como boxeador. Su verdadera vocación estaba en otro lado. Comenzó trabajando para pequeñas bandas dedicadas a la extorsión y al cobro de deudas. Después pasó a desempeñarse como guardaespaldas y pistolero al servicio de organizaciones criminales vinculadas al poderoso sindicato nacional del crimen.
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Su reputación creció rápidamente. Era bajo de estatura, apenas superaba el metro sesenta y cinco, pero compensaba esa desventaja con una personalidad intimidante y una disposición casi temeraria para recurrir a la violencia. Quienes lo conocieron aseguraban que jamás salía de su casa sin un arma y que desconfiaba absolutamente de todo el mundo.
Con el tiempo empezó a trabajar para algunos de los mafiosos más influyentes de la época, entre ellos Moe Dalitz, Frank Costello y otros integrantes de la estructura criminal que controlaba buena parte del juego ilegal en distintas ciudades estadounidenses. Ese recorrido lo puso en contacto con el hombre que cambiaría definitivamente su destino.
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La sombra de Bugsy Siegel
Benjamin Siegel era uno de los mafiosos más carismáticos de Estados Unidos. Elegante, refinado y extremadamente violento cuando lo consideraba necesario, había recibido la misión de consolidar los intereses de la mafia en California. Necesitaba alguien de absoluta confianza para proteger los negocios, cobrar deudas, intimidar rivales y resolver conflictos. Mickey Cohen parecía el candidato ideal.

La relación entre ambos fue mucho más que un vínculo entre jefe y subordinado. Siegel veía en Cohen a un hombre leal, dispuesto a cumplir cualquier orden sin hacer preguntas. Cohen, por su parte, admiraba profundamente a Bugsy y aprendió de él que el verdadero poder no consistía solamente en ejercer la violencia, sino también en construir relaciones con empresarios, políticos, policías y figuras del espectáculo.
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Mientras Los Ángeles crecía como capital mundial del cine, la mafia aprovechaba el auge económico para expandir sus negocios. Las apuestas clandestinas, la usura, la extorsión, las casas de juego ilegales y el control de ciertos sindicatos generaban millones de dólares. Pero aquel imperio tenía demasiados enemigos. Y muy pronto una lluvia de balas cambiaría para siempre el mapa del crimen organizado en California.
La noche del 20 de junio de 1947 marcó un antes y un después en la historia del crimen organizado de la Costa Oeste. Benjamin “Bugsy” Siegel se encontraba leyendo el diario en la casa de su pareja, Virginia Hill, en Beverly Hills, cuando una ráfaga de disparos atravesó la ventana del living. Varios proyectiles impactaron de lleno en su cuerpo y otro le destrozó un ojo. Murió prácticamente en el acto.
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La ejecución nunca fue esclarecida de manera oficial, aunque desde entonces la mayoría de los historiadores coincide en que se trató de una decisión tomada por los propios jefes de la mafia, cansados de los sobrecostos y demoras en la construcción del lujoso hotel-casino Flamingo de Las Vegas. Para Mickey Cohen, la muerte de su mentor representó mucho más que la pérdida de un amigo. También significó la oportunidad de ocupar el lugar vacante.
El nuevo dueño del hampa angelina
En los meses siguientes, Cohen consolidó su propia organización criminal y pasó a controlar buena parte de las apuestas clandestinas, las casas de juego ilegales y diversas actividades extorsivas en Los Ángeles. Pero ese crecimiento no fue aceptado por todos. La poderosa familia mafiosa encabezada por Jack Dragna, representante de la Cosa Nostra en California, pretendía quedarse con el territorio que había pertenecido a Siegel. Cohen se negó. La respuesta fue una guerra abierta.
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Durante varios años, Los Ángeles dejó de ser únicamente la ciudad de las grandes estrellas de cine para convertirse también en escenario de atentados con explosivos, persecuciones, asesinatos por encargo y tiroteos protagonizados por bandas rivales. Mickey Cohen se transformó en el principal objetivo. Intentaron asesinarlo en numerosas oportunidades.

En una ocasión, hombres armados descargaron decenas de disparos contra su residencia. En otra, un automóvil cargado con explosivos fue detonado frente a su casa. También sobrevivió a emboscadas mientras conducía por las calles de la ciudad y a ataques perpetrados con ametralladoras. Su respuesta fue siempre la misma. Reforzó su seguridad, contrató guardaespaldas fuertemente armados, blindó algunos de sus vehículos y convirtió cada uno de sus desplazamientos en un verdadero operativo militar.
Con el tiempo comenzó a cultivar una imagen pública insólita para un jefe mafioso. Lejos de ocultarse, concedía entrevistas, posaba para los fotógrafos y frecuentaba restaurantes y clubes nocturnos donde coincidía con actores, deportistas y figuras del espectáculo. Su extravagancia fascinaba a la prensa. A diferencia de los viejos jefes de la mafia neoyorquina, que preferían el anonimato, Cohen parecía disfrutar de la notoriedad. Esa exposición, sin embargo, también atrajo la atención de las autoridades.
El enemigo que no llevaba un revólver
La Policía de Los Ángeles intentó durante años vincularlo con asesinatos, extorsiones y otros delitos violentos. No lo consiguió. Los testigos desaparecían, cambiaban sus declaraciones o simplemente se negaban a hablar. Las pruebas nunca alcanzaban para obtener una condena. Pero había otro organismo dispuesto a perseguirlo. El Servicio de Impuestos Internos, el mismo que décadas antes había logrado encarcelar a Al Capone, comenzó a revisar minuciosamente las finanzas de Cohen.
Los investigadores descubrieron importantes maniobras de evasión fiscal relacionadas con sus ingresos provenientes del juego clandestino. En 1951 fue condenado por fraude impositivo y enviado a una prisión federal. Aquella sentencia representó el primer golpe serio contra su imperio. Tras recuperar la libertad, intentó reorganizar sus negocios, pero el escenario había cambiado. La vigilancia de las autoridades era permanente y sus rivales habían ocupado parte del espacio que antes dominaba.
A fines de la década de 1950 volvió a ser procesado por nuevos delitos fiscales. Esta vez recibió otra condena de prisión. Fue trasladado primero a la penitenciaría federal de Alcatraz y luego al penal de Atlanta, donde sufrió una brutal agresión por parte de otro interno que lo atacó con un caño de metal. Las heridas fueron tan graves que necesitó varias intervenciones quirúrgicas y pasó un largo período recuperándose. Aunque logró sobrevivir, nunca volvió a ejercer el poder que había tenido durante los años de esplendor del crimen organizado en Los Ángeles.
Los últimos años
Cuando recuperó la libertad en 1972, Mickey Cohen era apenas la sombra del hombre que había desafiado a mafiosos, policías y jueces. La ciudad también era otra. Las grandes familias criminales habían perdido buena parte de la influencia que ejercieron durante las décadas anteriores y el viejo universo de casinos clandestinos, apuestas ilegales y clubes nocturnos controlados por la mafia comenzaba a desaparecer.
Cohen pasó sus últimos años alejado de la actividad criminal. Su deterioro físico era evidente. Los médicos le diagnosticaron un cáncer de estómago que avanzó rápidamente. Murió el 29 de julio de 1976, en Los Ángeles, a los 62 años. El hombre que había escapado de incontables atentados, sobrevivido a guerras entre mafias y resistido años de cárcel terminó derrotado por una enfermedad.

Cinco décadas después de su muerte, Mickey Cohen continúa ocupando un lugar singular en la historia del crimen organizado estadounidense. Fue un delincuente violento, responsable de construir un imperio sustentado en el juego ilegal, la intimidación y la corrupción. Sin embargo, también se convirtió en un personaje casi legendario, alimentado por los relatos de periodistas, biógrafos, directores de cine y escritores que encontraron en su vida todos los ingredientes de una película de Hollywood.
Su figura inspiró personajes de novelas, documentales y producciones cinematográficas, entre ellas Gangster Squad, que recreó la guerra entre la policía de Los Ángeles y la organización criminal que encabezaba. Pero detrás del mito permanecen los hechos. Mickey Cohen ayudó a moldear una época en la que el crimen organizado convivía con la industria del espectáculo, infiltraba sindicatos, compraba voluntades y resolvía disputas con una violencia que parecía no tener límites.
La muerte de Bugsy Siegel lo convirtió en el heredero de un imperio construido a fuerza de amenazas y sangre. Durante años gobernó buena parte del bajo mundo angelino convencido de que siempre lograría escapar de sus enemigos. Y, en cierto modo, así ocurrió.
Las balas que tantas veces buscaron alcanzarlo nunca consiguieron hacerlo. Ni los atentados con explosivos, ni las emboscadas, ni las guerras mafiosas pudieron terminar con su vida. Fue una enfermedad silenciosa la que puso punto final a la historia del hombre que durante dos décadas hizo creer a Los Ángeles que el verdadero poder no siempre se ejercía desde los despachos oficiales, sino también desde las sombras donde se movían los grandes capos de la cruel mafia estadounidense.
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