
La manchas en la alfombra eran de color rojo oscuro. Ashton Kutcher las vio a través del vidrio de la ventana, las identificó como vino derramado y se fue. Llevaba dos horas de retraso para su cita. Asumió que Ashley Ellerin estaba enojada. En realidad, estaba muerta.
El cuerpo de la estudiante de diseño de moda de 22 años yacía a pocos metros de esa ventana, con 47 puñaladas en el cuerpo. Una de ellas, en el cuello, casi la había decapitado. Michael Thomas Gargiulo, el vecino que se había ofrecido a cambiarle una llanta pinchada meses antes, acababa de cometer el crimen más elaborado de su carrera como asesino serial. Y el actor más famoso de That ’70s Show se alejó por la calle de Hollywood sin saberlo. Era la noche del 21 de febrero de 2001.
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Ashley Ellerin, la chica del Fashion Institute
Ashley Ellerin nació el 16 de julio de 1978 en California. Su familia se mudó a Nueva Jersey durante su infancia, y ella regresó a Los Ángeles en el segundo año de la escuela secundaria.
Para 2001, vivía en un departamento del número 10 de un edificioen Hollywood y cursaba diseño en el Fashion Institute of Design and Merchandising (FIDM). Trabajaba en un club nocturno local y, según su amiga de infancia Carolyn Murnick era el tipo de persona que “parecía saber cómo divertirse”.
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“Tenía el pelo oscuro y brillante, una cara redonda, y no corrió a ganarse a las chicas populares ni hizo demasiado de la curiosidad que despertó al llegar nueva a la escuela en cuarto grado”, la describió su amiga. Sus amigos en Los Ángeles coincidían en que era una persona que veía lo mejor en la gente, que abría la puerta a quien conocía, que no desconfiaba. Esa última cualidad le costaría la vida.
A finales de 2000, Ashley conoció a Ashton Kutcher en el cumpleaños de un amigo. Kutcher, que en ese momento protagonizaba That ’70s Show y acababa de estrenar Colega, ¿dónde está mi coche?, salía con otra persona en ese momento y presentó a Ellerin a un amigo suyo. Ninguna de las dos relaciones prosperó.
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Meses después, Kutcher y Ellerin comenzaron a verse. El actor declaró en el juicio que para él la relación no había pasado de “simples conocidos”, aunque admitió que había considerado la posibilidad de algo más. Habían planeado ir juntos a una fiesta posterior a la entrega número 43 de los Grammy, celebrada esa noche en el Staples Center de Los Ángeles.
La cita estaba pactada. El plan era salir a las ocho de la noche.

La noche del 21 de febrero
Esa noche, a último momento, un amigo invitó a Kutcher a ver la ceremonia de los Grammy por televisión en su casa. La salida se postergó. A las 8:24 p.m., Ashley llamó al celular de su compañera de departamento, Jennifer Disisto, para avisarle a Kutcher que el teléfono fijo de la casa no funcionaba, que acababa de salir de la ducha, que se iba a secar el pelo y que le avisara cuando terminara de ver el programa. Fue la última comunicación documentada entre ambos.
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Kutcher la llamó nuevamente cerca de las 10:15 p.m. para avisarle que llegaría tarde. No contestó. La llamó cuatro veces más. Nada. “Asumí que era mala señal telefónica”, declaró en el estrado en 2019. “Hace 18 años el servicio celular no era lo que es hoy”. Aclaró, además, que no dejaba mensajes en cada intento para no “parecer ansioso”. A las 10:45 p.m. el actor llegó a la puerta del departamento.
“Llamé a la puerta y no hubo respuesta -testificó Kutcher-. Volví a llamar y, una vez más, no obtuve respuesta. En este punto asumí que se había ido molesta porque yo llegué tarde.”
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Intentó girar el picaporte. Estaba con llave. Se asomó por la ventana. Vio las manchas rojas en la alfombra y las asoció a una fiesta ruidosa que se había celebrado allí días antes. Se fue.

Mientras Kutcher conducía de regreso a su casa, el cuerpo de Ashley Ellerin estaba en el suelo del departamento número 10. Los forenses establecerían después que había sido atacada por la espalda cuando salía del baño, probablemente mientras terminaba de arreglarse para la cita. Las 47 puñaladas incluían 12 heridas fatales. La del cuello era la más profunda. Tenía heridas defensivas en las manos.
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El fiscal adjunto del Distrito de Los Ángeles, Dan Akemon, lo sintetizó durante las declaraciones iniciales del juicio. “Creemos que acababa de salir de la ducha y se estaba preparando para salir con el señor Kutcher cuando fue atacada por la espalda”.
La misma noche, alrededor de las 10 p.m., Disisto había llegado al edificio pero no pudo entrar. Había olvidado las llaves en el auto de su novio. Vio las luces encendidas del departamento, lo consideró normal y se fue a dormir a casa de su pareja.
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A la mañana siguiente, 22 de febrero, Disisto volvió. Abrió la puerta. Encontró el cuerpo.
“Pensé que la persona que había hecho eso podía estar allí todavía -declaró Disisto al programa 48 Hours-. Salí corriendo y llamé al 911 desde mi celular. Quedé profundamente traumatizada."
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La policía de Los Ángeles llegó al departamento y clasificó la muerte como homicidio de inmediato. La pregunta era quién.

El vecino que cambiaba llantas
Michael Thomas Gargiulo nació el 15 de febrero de 1976 en Glenview, Illinois, a pocos kilómetros de Chicago. Desde niño tuvo problemas de conducta que derivaron en educación especial. En la escuela le temían, tanto los menores como los mayores. Detrás de esa historia, sin embargo, construyó una imagen pública impecable de buen vecino, marido atento, padre de familia, técnico de calderas y aires acondicionados. Un hombre que ayudaba.
Gargiulo vivía cerca de sus víctimas, las estudiaba durante semanas, se hacía presente con pretextos útiles y esperaba el momento exacto. El fiscal Akemon lo describió en el juicio como un “asesino psicosexual en serie” cuyo pasatiempo era “planear la oportunidad perfecta para atacar a las mujeres”.
Su primera víctima documentada fue Tricia Pacaccio, de 18 años, vecina suya en Glenview. El 13 de agosto de 1993, Tricia salió con amigos. En la madrugada del 14, mientras sacaba las llaves de su cartera frente a la puerta de su casa, un hombre la sorprendió por detrás, le rodeó el cuello con un brazo y se lo apretó hasta fracturárselo. Cuando cayó al suelo, el agresor la apuñaló 12 veces. Su padre la encontró por la mañana. Las llaves estaban tiradas en el piso. En las uñas de Tricia había ADN del asesino, pero sin sospechosos con quién compararlo, la prueba no llevaba a ningún lado.
Cinco años después, en 1998, la madre de Tricia abrió la puerta de su casa y encontró a Michael Gargiulo preguntando por su marido. Lo hizo pasar. Gargiulo se sentó en la cocina y esperó durante una hora hasta que llegó el padre. Los Pacaccio habían estado sentados, sin saberlo, con el asesino de su hija.
Poco después, Gargiulo se mudó a Los Ángeles. Fue allí donde conoció a Ashley Ellerin. Según una de las teorías manejadas por los investigadores, el primer contacto ocurrió cuando Gargiulo la vio intentando arreglar una llanta pinchada frente al edificio. Se ofreció a ayudarla, le dio su tarjeta de técnico y ella lo llamó después para reparar la caldera del departamento.
Varios amigos de Ellerin habían visto la camioneta de Gargiulo estacionada frente al edificio la noche del crimen. Cuando la policía decidió interrogarlo después del homicidio, Gargiulo ya había desaparecido.
El patrón se repite: Maria Bruno y Michelle Murphy
El caso de Ashley Ellerin quedó sin resolver. Gargiulo continuó.
El 8 de enero de 2005, en El Monte, California, Maria Bruno, de 32 años, fue apuñalada 17 veces mientras dormía en su casa. Era su vecina. Los investigadores encontraron que sus senos habían sido mutilados. Gargiulo los cortó y extrajo los implantes. El nivel de violencia superaba cualquier parámetro funcional. Era una firma.
Tres años después, en 2008, Gargiulo atacó a Michelle Murphy en su departamento de Santa Mónica. Murphy logró resistir. Durante la pelea, Gargiulo se cortó con su propio cuchillo y dejó un rastro de sangre que llevó directamente hasta él. El ADN coincidió. Fue detenido el 6 de junio de 2008, quince años después de su primer crimen documentado.

Con su arresto, los investigadores pudieron conectar los puntos. El caso de Ashley Ellerin, archivado durante siete años, volvió al centro de la investigación. El de Tricia Pacaccio, enterrado en Illinois durante quince, también.
El juez de la Corte Superior de Los Ángeles, Larry P. Fidler, lo formuló con precisión al momento de dictar sentencia. “Dondequiera que el señor Gargiulo iba, la muerte y la destrucción lo seguían”.
El juicio: Kutcher en el estrado
El proceso judicial contra Gargiulo no comenzó hasta 2019, once años después de su arresto. Fue uno de los juicios por asesinato serial más largos en la historia reciente de California, con más de 250 testigos citados.
Ashton Kutcher fue llamado a declarar por la fiscalía. Para entonces era uno de los actores más reconocidos del mundo. Llegó al estrado visiblemente afectado.
Reconstruyó la cronología de esa noche con detalle. Las llamadas sin respuesta, la llegada tarde al departamento, la puerta cerrada, la ventana y las manchas rojas. “La cagué”, admitió Kutcher ante el tribunal.

Declaró que al día siguiente del crimen, cuando se enteró de lo ocurrido, fue a la policía por iniciativa propia. “Recuerdo que les dije que ‘mis huellas están en la puerta’. Me estaba volviendo loco”, testificó. Sus respuestas no fueron cuestionadas por la defensa. Se retiró del estrado en silencio.
El fiscal Akemon utilizó el testimonio de Kutcher para establecer la ventana temporal del crimen. La última llamada de Ashley a las 8:24 p.m. y la llegada de Kutcher a las 10:45 p.m. dejaban un margen de poco más de dos horas. “Una diminuta oportunidad para que alguien se metiera en la casa y la asesinara”, dijo Akemon.
Murphy, la única sobreviviente, fue el testigo central de la acusación. Su sangre, mezclada con la de Gargiulo, había sido la prueba que derrumbó once años de impunidad.
En agosto de 2019, el jurado declaró a Michael Thomas Gargiulo culpable del asesinato de Ashley Ellerin y del asesinato de Maria Bruno. También fue declarado culpable de intento de homicidio contra Michelle Murphy. En julio de 2021, el juez Fidler dictó la pena de muerte.
Gargiulo se declaró inocente hasta el final. Ante el tribunal, se quejó de que sus abogados le habían impedido subir al estrado. “Voy a ir al corredor de la muerte injustamente. Quería declarar, pero me hicieron callar”, dijo.
California dispuso una moratoria de ejecuciones en 2019. Ningún condenado ha sido ejecutado en ese estado desde 2006. Gargiulo permanece en el corredor de la muerte.
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