La noche que hundieron al Rainbow Warrior, el barco insignia de Greenpeace que desafiaba los ensayos nucleares franceses

El atentado en Nueva Zelanda, perpetrado por agentes secretos de Francia, buscaba frenar el activismo en el Pacífico. El ataque costó la vida del fotógrafo Fernando Pereira y desató un escándalo diplomático mundial

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atentado al Rainbow Warrior
El Rainbow Warrior atracado en el puerto de Auckland, Nueva Zelanda, después del bombardeo producido por agentes del servicio secreto francés (Greenpeace.org)

Dos cargas explosivas ocultas en el casco bastaron para hundir el buque insignia de Greenpeace. El crimen escaló a un escándalo internacional cuando la investigación reveló que el ataque no había sido obra de delincuentes comunes, sino del propio Estado francés, que planificó el sabotaje en territorio aliado para impedir la resistencia civil contra sus pruebas nucleares.

Semanas antes, a comienzos de julio de 1985, el Rainbow Warrior acababa de completar una misión humanitaria: la evacuación de los habitantes de la isla de Rongelap, afectada durante décadas por la radiación de los ensayos nucleares estadounidenses. Tras esa operación, el barco atracó en el puerto de Auckland para reabastecerse y realizar tareas de mantenimiento. Su siguiente destino era el atolón de Mururoa, donde intentaría interponerse a los nuevos ensayos atómicos franceses.

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Pero los servicios secretos se adelantaron. La noche del 10 de julio de 1985, el puerto de Waitematā se convirtió en escenario del primer atentado terrorista de la historia de Nueva Zelanda. El antiguo pesquero reacondicionado —cuyo nombre evocaba una profecía indígena sobre los protectores de la Tierra— quedó condenado cuando dos explosiones rompieron la calma de la bahía.

La tragedia alcanzó su punto más dramático cuando el fotógrafo portugués Fernando Pereira regresó al interior de la embarcación tras la primera detonación para recuperar sus cámaras. La segunda carga explotó segundos después y lo dejó atrapado mientras el barco se hundía. El atentado desmintió las versiones oficiales del Palacio del Elíseo y convirtió una operación secreta de sabotaje en uno de los episodios más emblemáticos de la historia del activismo ambiental.

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Los investigadores observando el Rainbow Warrior, parcialmente hundido, durante las operaciones de rescate tras el bombardeo (Gil Hanly / Greenpeace)

Infiltración y sabotaje en las sombras de Auckland

La operación que la inteligencia francesa bautizó como Operación Satánica comenzó meses antes de las explosiones. La primera integrante del plan fue Christine Huguette Cabon, agente de la Dirección General de Seguridad Exterior (DGSE), quien se infiltró en las oficinas de Greenpeace en Auckland bajo la identidad falsa de “Frédérique Bonlieu”. Su misión era obtener información sobre los movimientos del Rainbow Warrior: rutas de navegación, horarios y detalles de la tripulación que preparaba una campaña contra los ensayos nucleares franceses en Mururoa.

Con esos datos, un equipo de buzos tácticos y agentes de apoyo ingresó clandestinamente en Nueva Zelanda utilizando pasaportes falsos. Algunos se presentaron como turistas; otros, como tripulantes del yate Ouvea, la embarcación utilizada como apoyo logístico de la operación. Los explosivos magnéticos fueron trasladados en balsas inflables hasta el muelle Marsden, donde estaba atracado el barco de Greenpeace.

El objetivo era claro: inutilizar la embarcación antes de que pudiera llegar al área de pruebas nucleares francesas. En esas aguas, el gobierno desarrollaba un controvertido programa de ensayos que consistía en detonar artefactos nucleares en galerías subterráneas excavadas bajo los atolones de Mururoa y Fangataufa. Las explosiones liberaban energía equivalente a decenas de veces la bomba de Hiroshima, fracturaban la roca volcánica y alimentaban el temor a filtraciones radiactivas en el océano Pacífico. Para los movimientos ecologistas, aquel territorio se había convertido en el principal símbolo de la oposición internacional a las pruebas nucleares francesas.

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El fotógrafo Fernando Pereira (derecha) junto a Bonemej Namwe, una mujer isleña de Rongelap, durante la misión humanitaria (David Robie/ Eyes of Fire)

Por eso, la noche del ataque, la tripulación aprovechó la escala en Auckland para reabastecer el barco y realizar tareas de mantenimiento. Horas antes, varios integrantes de Greenpeace habían celebrado el cumpleaños del activista Steve Sawyer. Cerca de la medianoche, mientras la mayoría dormía, los agentes franceses entraron en acción.

Los buzos colocaron dos cargas en el casco. La primera explosión, ocurrida a las 23:38, abrió una brecha en la estructura y obligó a la tripulación a evacuar. Cuando algunos miembros regresaron para evaluar los daños, entre ellos Fernando Pereira, una segunda detonación sacudió la embarcación. Faltaban quince minutos para la medianoche.

El fotógrafo portugués había vuelto para recuperar sus cámaras y su equipo profesional. La nueva explosión (ocurrida a las 23:45) abrió una vía de agua imposible de contener: el Rainbow Warrior comenzó a hundirse y desapareció bajo la superficie en apenas cuatro minutos. Pereira quedó atrapado en el interior y murió ahogado.

atentado al Rainbow Warrior
La tripulación del Rainbow Warrior trasladó a adultos mayores, niños y 100 toneladas de materiales de construcción hacia la isla de Mejato, desde Rongelap (Greenpeace.org)

Las mentiras de Francia y el derrumbe de la coartada

Después del hundimiento y la muerte de Fernando Pereira, la policía neozelandesa inició una investigación que pronto pondría en jaque al gobierno francés. Desde París, la respuesta inicial fue negar cualquier participación en el atentado. El gobierno de François Mitterrand calificó las acusaciones como absurdas y sostuvo que Francia jamás atacaría civiles en el puerto de un país aliado.

La versión oficial comenzó a desmoronarse por una combinación de errores operativos y testimonios inesperados. Durante la noche del ataque, el grupo civil de vigilancia costera Auckland Boat Watch había informado movimientos sospechosos: personas desembarcando de una balsa neumática y trasladándose hacia una camioneta Toyota HiAce.

Esa pista coincidió con las sospechas que despertó una pareja que se presentó como turistas suizos bajo los nombres de Sophie y Alain Turenge. Cuando devolvieron el vehículo alquilado, la policía descubrió irregularidades en su documentación y comprobó que sus pasaportes eran falsos.

Los supuestos turistas eran en realidad los agentes franceses Dominique Prieur y Alain Mafart. Su detención, junto con el rastreo del yate Ouvea, permitió reconstruir la operación encubierta y establecer el vínculo con la Dirección General de Seguridad Exterior (DGSE).

La presión internacional logró que ya no pudieran sostener que nada tuvieron que ver: el primer ministro francés Laurent Fabius terminó admitiendo en una conferencia de prensa y ante las cámaras de televisión de todo el país que agentes del servicio secreto francés habían ejecutado el sabotaje bajo órdenes del Estado.

atentado al Rainbow Warrior
El enorme agujero al costado del Rainbow Warrior tras el bombardeo de agentes del servicio secreto francés (Keith Scott / Truth / Greenpeace)

Presión diplomática y una condena incumplida

La revelación de la operación provocó una crisis política en Francia. El ministro de Defensa Charles Hernu presentó su renuncia y el director de la DGSE, el almirante Pierre Lacoste, fue destituido. Aunque París terminó reconociendo que el ataque había sido ejecutado por agentes estatales, el gobierno de François Mitterrand concentró sus esfuerzos en proteger a los responsables.

Christine Cabon, la agente que había infiltrado Greenpeace en Auckland, logró escapar de Nueva Zelanda antes de ser detenida. Mientras tanto, la atención se centró en los dos únicos miembros del comando capturados: el mayor Alain Mafart y la capitana Dominique Prieur, oficiales de la DGSE que habían ingresado al país bajo identidades falsas para participar en la operación.

En noviembre de 1985, los dos se declararon culpables de homicidio involuntario y daños intencionales ante la justicia neozelandesa. Fueron condenados a diez años de prisión por su participación en el hundimiento del Rainbow Warrior y la muerte de Fernando Pereira. Esa condena abrió un nuevo conflicto entre Wellington y París. Francia inició una ofensiva diplomática y económica para recuperar a sus agentes, utilizando su influencia dentro de la Comunidad Económica Europea y amenazando con afectar las exportaciones de Nueva Zelanda.

Rainbow Warrior 1985
El Rainbow Warrior al llegar a Honolulu (Hawái), en abril de 1985. Una de las postales de Fernando Pereira. La imagen fue publicada por Greenpeace en el informe "Del atentado del Rainbow Warrior a hoy", publicado en mayo de 2025

La crisis llegó hasta Naciones Unidas. La mediación del secretario general Javier Pérez de Cuéllar permitió llegar a un acuerdo: Francia indemnizaría a Nueva Zelanda; y Mafart y Prieur serían trasladados a la base militar francesa de Hao, en la Polinesia Francesa, donde permanecerían bajo vigilancia durante tres años sin poder abandonar la isla.

En paralelo, un tribunal arbitral internacional determinó que Francia debía compensar a Greenpeace por el hundimiento deliberado del barco. Esa indemnización permitiría financiar la construcción de un nuevo Rainbow Warrior.

El acuerdo diplomático, sin embargo, no resistió el paso del tiempo. En 1987, Francia retiró a Mafart de Hao alegando problemas de salud y, al año siguiente, Prieur fue trasladada por quedar embarazada. Nueva Zelanda consideró que esas salidas violaban los compromisos asumidos, porque ninguno de los agentes regresó a la base para completar el período acordado.

Lejos de recibir sanciones, los dos oficiales fueron reincorporados a Francia y recibieron reconocimientos oficiales. Años después, un arbitraje internacional concluyó que el gobierno francés había incumplido parte de sus obligaciones con Nueva Zelanda, aunque para entonces el plazo original de permanencia en Hao ya había terminado.

atentado al Rainbow Warrior
El Rainbow Warrior III escoltado por delfines mientras navega en el estrecho de Cook en Nueva Zelanda (Nigel Marple / Greenpeace)

El renacimiento del Guerrero del Arco Iris

El hundimiento del Rainbow Warrior no debilitó a Greenpeace. Por el contrario, multiplicó el respaldo internacional hacia la organización. Las donaciones aumentaron, miles de personas se sumaron a sus campañas y una frase quedó asociada para siempre al episodio: “No se puede hundir un arco iris”.

Tras ser reflotado para la investigación, los técnicos determinaron que los daños eran irreparables. En 1987, el barco fue trasladado y hundido nuevamente cerca de las islas Cavalli, al norte de Nueva Zelanda, donde permanece como arrecife artificial y sitio de buceo. Con las indemnizaciones obtenidas tras los arbitrajes internacionales, Greenpeace reconstruyó su flota: en 1989 presentó el Rainbow Warrior II, que continuó las campañas contra la caza de ballenas y los ensayos nucleares; y en 2011 incorporó el Rainbow Warrior III, diseñado para nuevas operaciones ambientales.

El atentado tampoco logró detener las protestas contra las pruebas nucleares francesas. Por el contrario, convirtió al barco emblema de la ONG en un símbolo internacional de la defensa ambiental. Francia puso fin a sus ensayos nucleares en el Pacífico en 1996, mientras el nombre del viejo pesquero continuó navegando en sus sucesores. Lo que había comenzado como una operación secreta para silenciar una protesta terminó siendo uno de los mayores fracasos políticos de la inteligencia francesa y una victoria simbólica para el movimiento ecologista.

Video oficial de "Guerrero Del Arco Iris", de Rata Blanca: la banda de metal más importante de Argentina rindió tributo al barco de Greenpeace Rainbow Warrior, en 1991

La historia del Rainbow Warrior también trascendió los puertos y las campañas ambientales para convertirse en un símbolo dentro de la cultura popular. En 1989, cuatro años después del atentado, artistas y bandas como U2, R.E.M., Bryan Ferry, The Pretenders y Peter Gabriel participaron en el álbum benéfico Greenpeace Rainbow Warriors, cuyos fondos fueron destinados a apoyar las campañas de la organización. El libreto del disco recuperaba el sentido original de la causa: “Una profecía nativa americana dice que los pueblos del mundo se unirán como Guerreros del Arcoíris para salvar al planeta de la destrucción. Ha llegado su momento”.

En el rock en español, uno de los homenajes más recordados llegó desde Argentina. En 1991, la banda más importante de heavy metal, Rata Blanca, lanzó su tercer álbum de estudio, titulado Guerrero del arco iris. La canción homónima, compuesta por el guitarrista y líder de la banda, Walter Giardino, e interpretada por Adrián Barilari, convirtió el ataque al barco en una denuncia contra el abuso del poder y la destrucción ambiental. Sus versos quedaron asociados a la historia del buque: “Peleemos contra los tontos que harán nuestro final. La vida la da esta tierra, no hay otro lugar”. El video oficial muestra imágenes elocuentes de las campañas protagonizadas por la organización ambientalista, el buque hundido y los irreparables daños al planeta.

Otras expresiones de la escena musical independiente también adoptaron el nombre del buque como bandera. La agrupación británica Bleak House compuso el tema Rainbow Warrior dentro de la corriente del heavy metal europeo, mientras que el dúo de indie-folk estadounidense CocoRosie reinterpretó el concepto místico de la profecía en su canción Rainbowarriors. A través del pop masivo y el metal latinoamericano, la historia del navío trascendió el atentado que buscó silenciarlo.

atentado al Rainbow Warrior
Dos buzos de Greenpeace visitaron los restos del Rainbow Warrior, en la bahía de Matauri, Nueva Zelanda. El cartel dice: "No seremos silenciados" (Josh Chapman / Greenpeace)

Décadas después, el casco del Rainbow Warrior sigue hundido en Auckland, pero su nombre continúa navegando en campañas ambientales, libros, canciones y nuevas generaciones de activistas. La operación destinada a quebrar un barco y la causa que lo llevaba a los oceanos terminó demostrando que una agresión militar pudo destruir su metal y madera, pero no el símbolo construido alrededor de aquella causa.

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