Fue una revolución dentro del universo de la moda en un momento en que el mundo estaba cambiando para siempre. La Segunda Guerra acababa de terminar y en la Europa devastada se empezaba a mirar el futuro con optimismo aún con el fantasma de una Guerra Fría en ciernes cuando el 5 de julio de 1946, en el complejo de natación Molitor de París la stripper Micheline Bernardini desfiló con el traje de baño de dos piezas más audaz de la historia, el bikini, creado por el ingeniero automotriz devenido en diseñador de moda Louis Réard. El nombre de la prenda también era signo de los tiempos: hacía apenas cuatro días que Estados Unidos había realizado su primera prueba nuclear en el perdido atolón Bikini, un pequeño territorio de apenas 6 kilómetros cuadrados del archipiélago de las islas Marshall, en el Océano Pacífico.
Tan pequeño como ese atolón perdido que acababa de hacerse famoso, el bikini de Réard tenía un territorio de 76 centímetros distribuidos en cuatro triángulos de tela que dejaban expuesto el ombligo, desafiando las normas de decencia de la época. Consciente de eso, su creador la definió al presentarla como una prenda “más explosiva que la bomba de Bikini”. Tan explosiva era que Réard tuvo dificultades para conseguir una modelo que quisiera desfilar con ella. Todas las famosas de la época rechazaron su propuesta y el diseñador debió convencer a Bernardini, una bailarina stripper de 19 años que se ganaba sus francos exhibiendo su cuerpo en el Casino de París, para que la vistiera en público. El desfile provocó una mezcla de indignación y escándalo: la joven Micheline caminó sonriente y a la vez desafiante enfundada en las pequeñas dos piezas cuyo estampado reproducía las páginas de un diario y que le dejaban la ingle, los glúteos y el ombligo al aire. Por si fuera poco, mientras desfilaba sacudía una cajita de fósforos, como invitando a encender la mecha de la bomba. “En bikini, ella es una bomba”, fue el slogan de la presentación.
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Al principio pareció que el traje de baño creado por Réard quedaría en la historia de la moda como una simple provocación, buena para atraer y generar escándalo en un desfile, pero no para ser usada. De hecho, demoró casi una década en imponerse y vencer los rechazos en cadena que produjo su presentación. El Vaticano lo criticó por “pecaminoso” y países como la España franquista, Italia y Bélgica prohibieron su uso. Recién en 1956, cuando Brigitte Bardot vistió uno para su papel en Y Dios creó a la mujer, la película escrita y dirigida por Roger Vadim, fue que el bikini comenzó a ser aceptado.
Entre la copia y la innovación
Louis Réard no era un hombre surgido del mundo de la moda. Nacido en Lille, Francia, el 10 de octubre de 1896, se formó como ingeniero automotriz, pero los avatares de la Segunda Guerra Mundial y de su propia vida lo llevaron a regentear el negocio de lencería femenina que su madre tenía cerca del Folies Bergère, en París. Allí fue donde aplicó la creatividad que hasta entonces había utilizado para el diseño de autos para revolucionar la moda.
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Los trajes de baño de las mujeres venían cambiando a lo largo del Siglo XX. En las primeras décadas, la prenda más habitual era una suerte de minivestido de corte ancho, que escondía las formas del cuerpo. Confeccionados con lino o algodón, tenían la desventaja de duplicar su peso al empaparse de agua. Durante los años ’30 y ’40, comenzaron a utilizarse nuevos materiales, como el nylon y el látex, que eran más cómodos, a la vez que los diseños incorporaban algunas audacias, como descubrir los hombros, parte de la espalda y, a veces, del abdomen.
El primer diseñador moderno que se atrevió a proponer un traje de baño de dos piezas fue otro francés, Jacques Heim, propietario de una tienda de artículos de playa en la Riviera francesa, en Cannes. Los lanzó en mayo de 1946 y eran unos “bañadores” minimalistas a los que bautizó con el nombre de Átomo, en un juego publicitaria con la partícula más pequeña del mundo de la Física, que estaba en boca de todos luego de las bombas atómicas que habían puesto fin a la guerra. Lo promocionó como “el traje de baño más pequeño del mundo”. El Átomo de Heim dejaba al descubierto el abdomen, pero no el ombligo, un atrevimiento imposible para la época.
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Al ver el modelo de Heim, Réard decidió ir un paso más allá y diseñar “el traje de baño más pequeño que el más pequeño del mundo”, uno que permitiera a las mujeres dejar sus ombligos al descubierto. Hoy parece una cuestión menor, pero el tema del ombligo era un verdadero tabú en el ámbito de la moda y también en el del cine. Tanto es así que en Estados Unidos existía el Código Hays, que prohibía su exhibición en las películas de Hollywood. Por esa razón, cuando Réard se propuso realizar el desfile de lanzamiento de su bikini en el Molitor de París, ninguna modelo profesional aceptó hacerlo y debió buscar a la desnudista Micheline Bernardini.

El cine y la música
Las controversias que produjo el atrevido diseño de Réard hicieron que en los años siguientes su uso no consiguiera popularizarse. En 1951, algunas de las participantes lo utilizaron en el primer concurso de Miss Mundo, organizado en Londres, por Eric Morley, pero cuando la ganadora, Kiki Hakansson de Suecia, fue coronada vistiendo un bikini, varios países amenazaron con retirar a sus delegados.
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Hubo que esperar algunos años más para que algunas actrices famosas como Brigitte Bardot, Ava Gardner, Marilyn Monroe, Rita Hayworth y Elizabeth Taylor comenzaran a usarlo y, más importante aún, a dejarse fotografiar en bikini en producciones para revistas femeninas o de espectáculos. Según The Guardian, las fotos de Bardot tomando sol usando uno de ellos convirtieron a Saint Tropez en la capital mundial del bikini. La actriz francesa fue también la primera en utilizar el traje de baño en la película de 1952 Manina, la chica del bikini, aunque la verdadera revolución la provocó cuatro años más tarde con Y Dios creó a la mujer.
Otra de las grandes promotoras del uso del bikini fue Ursula Andress, con su papel en El Satánico Dr. No, la película de la saga de James Bond, donde se la ve salir del mar con un bikini blanco con un cinturón del que cuelga un cuchillo. Rachel Welch también hizo su aporte en Hace un millón de años, donde interpretó a una mujer de las cavernas enfundada en sensual un bikini de piel. Otro espaldarazo le dio Bo Derek al usarlo en la película 10, donde se la muestra como la mujer perfecta, y también lo hizo Carrie Fisher en 1983 como la princesa Leia en Star Wars Episodio VI: El regreso del Jedi, donde utiliza un espectacular bikini dorado.
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La música también hizo su contribución para popularizar el traje de baño creado por Réard con una canción que hoy es icónica y tiene versiones en todos los idiomas, Itsy Bitsy Teenie Weenie Yellow Polkadot Bikini, compuesta por Paul Vance y Lee Pockriss en la década de los ’60. La letra cuenta la timidez de una muchacha con bikini que camina envuelta en una manta desde el vestuario a la playa, se mete en el agua sin sacársela y una vez adentro no quiere salir para que nadie la vea, aunque el frío “la hace poner azul”. En la Argentina se hizo famosa en 1984 como Bikini a lunares amarillo, diminuto, justo justo, la versión de Viuda e hijas de Roque Enroll, la banda femenina liderada por Mavi Díaz y María Gabriela Epumer.
Para entonces, el bikini ya se había instalado en el guardarropa de las mujeres en todo el mundo, de todas edades, estaturas y estilos. En los primeros quince años del siglo XXI, la moda de los bikinis fue una combinación del estilo de los años ’50, ’60, ’70 y ’80 y en la actualidad cada año surgen nuevos diseños. Se ha convertido en una prenda universal, con un alcance que Réard nunca llegó a imaginar, porque siempre lo consideró un traje de baño para mujeres “jóvenes y delgadas”.
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