Festejó su cumpleaños 61 ante 800 invitados y al día siguiente se internó en un convento: la millonaria que se convirtió en monja

Ann Russell Miller era una mujer de la alta sociedad estadounidense: tenía diez hijos, había cosechado infinidad de amigos, se codeaba con famosos y políticos, le gustaba bucear y vivía rodeada de lujos. El día de su cumpleaños número 61 se despidió de lo que había sido hasta entonces para convertirse en la hermana Mary Joseph. Sus últimos 32 años de vida los pasó en silencio, sin contacto físico y encerrada en un monasterio

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Ann Russell Miller
A los 61, la filántropa de diez hijos convirtió su cumpleaños en despedida. Una promesa con su marido y cinco años de preparación empujaron la decisión. Al día siguiente, un vuelo a Chicago cambió su nombre y su vida

La idea era despedirse del ruido, de la ajetreada vida en sociedad, de esa enorme familia de diez hijos y varios nietos que había construido con su marido, de sus viajes exóticos, de sus acciones como filántropa, de sus inmensas propiedades y pañuelos Hermes, de los tacos altos y del lujo al que estaba acostumbrada desde muy chica. Por eso, para sus 61 años, Ann Russell Miller, organizó la última gran fiesta y lo comunicó a sus atónitos invitados. Al día siguiente entraría al convento y se convertiría en una monja de clausura. Se bajaba del mundo.

Quizá lo que estaba buscando Ann para la última parte de su vida era, simplemente, acercarse más a su infancia, a esa sensación de vacío en que la te hunde la ausencia. A ese dolor de haberse convertido, a muy corta edad, en hija única. La decisión de ese cambio radical podría haberse incubado en aquellos instantes de angustia, pero la realidad es que la fuga hacia el estado de contemplación callada vendría muchas décadas después.

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Antes de dejar de hablar, de perder el contacto con el afuera y de casarse con Dios, Ann lo había hecho todo: amar mucho, disfrutar de lo mejor, fumar hasta perderse en el humo y beber de sobra.

La soledad de la muerte en la infancia

Mary Ann Russell Miller nació el 30 de octubre de 1928 en San Francisco, Estados Unidos, dentro de una familia inmensamente rica e influyente y con una hermana mayor llamada Donna.

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Su padre, Donald, llegó a ser presidente de la compañía ferroviaria Southern Pacific Railroad y su madre, Louise Herring, era una mujer de la alta sociedad, emparentada con los dueños del Banco Wells Fargo.

Tanto Donna como Ann eran educadas bajo normas estrictas y dentro de la fe católica aunque tenían acceso a una vida de privilegios. Viajes refinados, sirvientes las 24 horas, acceso a las elites intelectuales de la época y enormes jardines donde jugar. Así fue al comienzo de sus vidas, hasta que la tragedia tocó su puerta.

Donna era chica cuando enfermó de leucemia. Murió poco tiempo después. Eso quebró en mil pedazos la felicidad de la familia Russell y afectó de manera profunda la infancia de Ann.

Quedó sola, como hija única, en una mansión. Creció en colegios de élite, rodeada de monjas. Con solo nueve años, comenzó a sentir la vocación de tomar los hábitos. Quería convertirse en una de esas mujeres silenciosas enfundadas en túnicas largas.

Ann Russell Miller
La muerte de su hermana Donna por leucemia marcó la infancia de Ann Russell Miller y alimentó desde los nueve años su vocación religiosa

La idea siguió tomando forma durante su adolescencia. Y comunicó la decisión a sus padres: cuando terminara el secundario, entraría en un convento. Donald y Louise no tomaron bien la noticia, su hija era la única heredera de un imperio económico. ¿Cómo que sería monja? ¿No manejaría la fortuna? ¿No tendrían nietos? La noticia era desalentadora. Intentarían disuadirla. Para esto la introdujeron en el mundo de la alta sociedad de San Francisco. La matricularon en instituciones selectas como la Spence School de Nueva York para terminar la secundaria. Luego, la enviaron al Mills College de Oakland, una universidad liberal para mujeres, enfocada en el liderazgo femenino, las humanidades y la creatividad. El plan era que, antes de cualquier decisión apresurada, Ann viviera todo lo que el mundo exterior tenía para darle.

Fue en esos círculos sociales que, en 1947, conoció a Richard “Dick” Miller. Buenmozo, irresistible, el joven pertenecía a una de las dinastías más influyentes de la ciudad. Era un rico heredero, igual que ella, tres años mayor. Su fortuna provenía de los servicios públicos de gas y electricidad, donde su padre era director ejecutivo de la mayor empresa de California y su madre heredera, además, de la empresa cafetera Folgers Coffee.

Las hormonas del amor actuaron y Ann se enamoró perdidamente de Richard.

Un año después, el 15 de junio de 1948, se casaron. Ann tenía 19 años.

Para alivio del resto, la vocación religiosa había quedado en el olvido. Aunque, décadas después, nos daremos cuenta de que solo había sido postergada.

Ann Russell Miller
Ann Russell Miller postergó su deseo de ser monja cuando se casó en 1948 con Richard Miller, heredero de otra familia poderosa de California

Una mansión de cuatro pisos con ascensor

Poco después de su fastuosa boda, la vida de Ann cambió radicalmente. Su marido debía trasladarse a los campamentos de las construcciones hidroeléctricas que estaban en marcha, ubicados al norte del estado de California. Era mucho tiempo que estaría lejos y ella optó por acompañarlo. Cambió las mansiones de paredes de mármol, las escalinatas grandilocuentes, el personal de servicio y el agua caliente, por rústicas cabañas en medio del bosque y las montañas. Sin empleadas domésticas ni choferes, sin calefacción ni modernidades.

Ann era una aventurera, enseguida se entusiasmó con esa vida sencilla donde cocinaba ella misma en aparatos a leña y lavaba la ropa a mano. En estas condiciones, bastante precarias para lo que había sido su existencia, empezaron a nacer los primeros hijos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Donna, Douglas, Richard, Janet y Marian. Mientras, Richard fue escalando puestos en la compañía.

Recién cuando Ann tenía 27 años, y habían nacido la mitad de los hijos que tendría, el matrimonio decidió volver a la ciudad de San Francisco. Había que escolarizar a los chicos y retornar a una vida normal.

Eligieron comprar una inmensa casona en el exclusivo y opulento barrio de Pacific Heights, en el centro de la ciudad, sobre la calle Divisadero. El nuevo hogar de los Miller de rústico no tenía nada: la fachada era de estilo georgiano, estaba enteramente cubierta de hiedra, y tenía una imponente entrada con altas rejas de hierro. Sumaba un total de 840 metros cuadrados cubiertos, rodeados de jardines, distribuidos en cuatro plantas. Poseía nueve habitaciones, diez baños y un ascensor.

Ann y Richard recibían visitas famosas con frecuencia. De hecho, en el comedor, entraban hasta 40 personas sentadas. Nancy Reagan, Loretta Young, la comediante Phyllis Diller, la heredera del imperio bodeguero Marie Gallo y la cantante Loretta Lynn solían visitar a Ann.

La debilidad de Ann eran los zapatos. Se mandó a diseñar un enorme mueble de madera de cedro exclusivamente para guardar su colección de tacos, la mayoría signé Givenchy y Versace.

Ann Russell Miller
Ann Russell Miller crió a diez hijos entre campamentos del norte de California y una mansión de Pacific Heights con nueve habitaciones, diez baños y ascensor

90 meses de embarazos

En esta casa Ann y Richard tuvieron otros cinco hijos: Leslie, Donald, David, Mark y Elena. Era un hogar ruidoso que ella manejaba con disciplina militar con la ayuda de un numeroso personal de servicio. Las seis reglas que impuso eran estrictas y las hacía respetar a rajatabla:

1-Puntualidad obligatoria. Nadie podía llegar tarde a ninguna comida. No había excusas posibles.

2-Silencio: estaban prohibidos los gritos y las peleas.

3-Estricto orden: cada uno debía mantener su habitación prolija y recoger sus pertenencias.

4-Cero televisión: el acceso a la tevé estaba absolutamente restringido.

5-Asistencia a misa: era innegociable los días domingos.

6-Respeto a la autoridad: las órdenes de papá y mamá se cumplían sin chistar.

Los castigos eran también de cumplimiento inmediato.

-Aislamiento del infractor en su propia habitación donde reflexionaría en silencio.

-Pérdida de los privilegios: se suspendían salidas con amigos o actividades recreativas de fin de semana.

-Tareas extra: labores de limpieza dentro de la casa.

Ann Russell Miller
La vida familiar de Ann Russell Miller combinó disciplina católica, reglas estrictas, viajes de lujo y la presencia constante de sacerdotes en vacaciones y vuelos

Las vacaciones familiares resultaban todo un desafío de logística. Viajaban juntos en una enorme camioneta o, mayormente, en tren. En el vagón debían respetar, sin quejas, el asiento que se les había sido asignado. Se trasladaban a enormes casas sobre Lake Tahoe o a grandes hoteles.

Esos días de vacaciones implicaban que todo estuviera estratégicamente cronometrado. Viajaban con montañas de equipaje, numerosas cajas de provisiones y varios empleados. Los hermanos mayores eran responsables de los menores e, incluso, debían vestirlos si hacía falta. En la comitiva familiar iba, además, un sacerdote. Ann quería tener misa todos los días.

Eran una auténtica multitud en movimiento, pero eso no impidió que Ann tuviera varios invitados en el viaje y organizara aventuras exóticas y extremas. Alquilaba helicópteros (donde también tenía un asiento reservado el sacerdote) para acceder a sitios imposibles; organizaba buceo en cráteres hundidos e inactivos en Hawaii o expediciones arqueológicas; hacía safaris en el Serengueti, en África Oriental y rafting en los ríos de Idaho. También deportes desafiantes como el esquí alpino en Austria. Eran verdaderas caravanas de lujo y diversión bajo la adrenalina que Ann solía imprimir a todo lo que emprendía.

Además era derrochadora y generosa. No escatimaba en gastos y compraba toda su ropa en las mejores marcas y, sus alhajas y agendas, nada menos, que en Tiffany‘s. No dudaba en subirse al avión si tenía una invitación a una función de gala de una ópera en Europa. En ningún caso lo hacía sin sacerdote. Era su obsesión: siempre había uno sentado en primera clase con ellos yendo a donde fueran.

La familia tenía para moverse una flota de autos. Entre ellos había Cadillacs negros con interiores de cuero y, también, camionetas familiares de grandes proporciones como las Station Wagon con tres filas de asientos.

Ann Russell Miller
Delante de sus hijos decían que en la vejez Ann se haría monja carmelita y Richard monje trapense si les permitían visitas conyugales

Viva la vida, pero me voy

Con lo dicho no hay dudas de que Ann era una mujer sociable. Tenía un millón de amigos, fumaba, bebía, hablaba hasta por los codos y jugaba a las cartas hasta cualquier hora. También era una excelente deportista que esquiaba y nadaba en aguas abiertas. Al volante constituía un verdadero peligro porque era una conductora temeraria. Al punto que mucha gente se bajaba aterrada de su auto. Una de las niñeras de sus hijos renunció por el miedo que le provocaba su jefa manejando.

Fue también miembro de 22 juntas directivas diferentes y una de las fundadoras de ARCS, Achievement Rewards for College Scientists, una fundación sin fines de lucro que otorga becas a estudiantes de posgrado en ciencia, ingeniería y medicina. No solo eso: recaudaba dinero para personas sin hogar, para estudiantes sin dinero y para la iglesia.

La frivolidad convivía en su psiquis sin mayores conflictos, por lo menos aparentemente. Su costado religioso y filantrópico podía sentarse con su otro lado, el que comía caviar y tomaba champagne empinada en unos altísimos tacos.

Cuando Richard enfermó de cáncer, a comienzos de los años 80, debió comenzar con un largo tratamiento. Ann decidió que tenían que ir a pedir por su curación al santuario de Lourdes, Francia. Armó el viaje y lo llevó en silla de ruedas. Los rezos y su devoción no alcanzaron para salvar a su marido.

En septiembre de 1984, Richard murió. Tenía solamente 58 años.

La pareja, que había estado casada durante 36 años, había hecho un pacto: el que quedara solo primero dedicaría su vida a Dios. Lo cierto es que siempre habían bromeado sobre el tema. Delante de sus hijos decían que en la vejez Ann se haría monja carmelita y Richard monje trapense si les permitían visitas conyugales.

No resultó del todo un chiste.

Desaparecido Richard, Ann comenzó un camino meditado, que duró un lustro, para llegar a unirse a una de las órdenes religiosas más estrictas del mundo.

En ese tiempo, Ann tuvo una nueva propuesta de matrimonio. Su amigo de la infancia, Corky Bowles, le pidió casamiento mientras navegaban en su yacht privado por el Mediterráneo. Ann sonrió, pero le dijo que no. Ya tenía decidido casarse con Dios.

Su moral estricta en cuestiones religiosas le había traído algunas tensiones con sus hijos. Ella desaprobaba a uno de ellos que, luego de un divorcio, había vuelto a casarse. Y a otro, por convivir con su pareja sin haber celebrado un matrimonio religioso.

Ann Russell Miller
Ann Russell Miller fue filántropa, integró 22 juntas directivas y fundó ARCS para otorgar becas a estudiantes de posgrado en ciencia, ingeniería y medicina

Despedida con 800 invitados

Un largo artículo de Mark R. Miller, hijo de Ann, escrito para el medio The Guardian en 2021 luego de la muerte de su madre relata con precisión la impactante fiesta de despedida que ella organizó al cumplir los 61 años en el día previo a su entrada al convento. La cita fue en el Hotel Hilton de San Francisco engalanado para la ocasión. Estas fueron algunas de las palabras publicadas:

“Era como una colmena. Una masa bulliciosa de 800 invitados reunidos alrededor de la reina, las reservas de miel habían sido reemplazadas con canapés de camarones y caviar. Esto ocurrió 32 años atrás, cuando mi madre, Ann Russell Miller, combinó su cumpleaños número 61 con una gran fiesta de despedida para su nuevo viaje (...). Sobre ella flotaba un globo de helio atado a su muñeca que llevaba escrita la siguiente frase: “Acá estoy”. Andaba de un lado para otro, vestida elegantísima, con un brillante traje negro. Su maquillaje era perfecto, su pelo estaba peinado por expertos y sus zapatos habían sido elegidos, con cuidado, entre cientos de pares exquisitos. Pero ese sería su último outfit formal. No volvería jamás a maquillarse. Al día siguiente, su pelo sería cortado hasta el cráneo y quedaría para siempre escondido debajo de un velo, adecuando su estilo a su nueva vida como una monja de clausura.

Mientras la orquesta tocaba los acordes familiares del Feliz Cumpleaños, ella podía escuchar sin dudas los ecos de sus cumpleaños pasados. La canción que se tocó en Oregon y en California, durante su juventud. La que fue cantada por sus compañeros del Spence School en East 91st Street en New York. Y la de su cumpleaños 21, que lo pasó recién casada y con cinco meses de embarazo. Pasaría en esa condición de gravidez más de 90 meses de su vida. Para su cumpleaños 41 ya había completado una colección de cinco hijas y cinco hijos. A mi padre, quien murió cuando mi madre tenía 55, le gustaba decir que él quería doce hijos, pero que mi madre solo deseaba diez, así que se comprometieron en ese número.

Mi madre hablaba sin pausa en el teléfono y en persona. Tenía la irritante capacidad de dormir voluntariamente una siesta y despertarse de una manera que hacía que todos dudaran si realmente había estado dormida. Con carisma y excentricidades de sobra, se deslizó por la vida con la facilidad de los fabulosamente ricos (...)”.

La columna es extensa y continúa, pero este fragmento alcanza para describir a Ann tal cual era.

Lo cierto es que el 30 de octubre de 1989 la celebración de Ann comenzó con una misa en su honor en la Catedral de Santa María de la Asunción. Luego, con los invitados, se trasladaron al hotel Hilton donde tendría lugar la gran fiesta con comida y baile. Ann eligió ponerse un vestido de alta costura negro, con lentejuelas plateadas y refulgentes, unos buenos tacos y un cinturón con una hebilla plateada con la figura de un enorme cisne. Quizá el cisne fuera el símbolo de su profunda transformación. También llevaba pulseras, aros, anillos y, en la cabeza, una corona con flores. Antes de la comida, invitó a todos al deck para ver la magnífica puesta del sol. Después, siguieron comiendo, bailando y brindando. Ann se estaba despidiendo de la vida tal cual la conocía.

Esa noche dijo una frase emblemática: había dedicado 30 años a sí misma, 30 años a sus hijos y, ahora, se proponía dedicar 30 años a Dios. Como su propia madre vivía todavía y su abuela había muerto a los 95, calculó que llegaría a cumplir con aquel mandato interno de tres décadas.

A la mañana siguiente, voló a Chicago. Del aeropuerto internacional O’Hare fue directo al convento de las Hermanas de Nuestra Señora del Monte Carmelo en Des Plaines, Illinois, donde se convertiría en la hermana Mary Joseph. La novia de Dios.

Ann Russell Miller
La mujer cuando era Ann Russell Miller. Se convirtió en la hermana Mary Joseph y dejó su fortuna en sus diez hijos y en asociaciones benéficas

¿Un acto egoísta?

Lo cierto es que la renuncia de Ann no sucedió de un día para otro. Entre la muerte de Richard y su ingreso a la congregación, pasaron cinco años. Los diez hijos supieron de antemano la intención de su madre. En 1987, se reunió con ellos por separado. Un día con los varones; otro con las mujeres. Les preguntó qué pensaban hacer ellos cuando cumplieran los 60. Los jóvenes tenían entre 20 y 33 años y contestaron cada uno lo que se les ocurrió en el momento. Ella aprovechó, entonces, para decirles en la cara lo que ella deseaba: convertirse en monja de clausura y hacer votos de castidad, obediencia y pobreza.

Estaba decidido y se los estaba comunicando. Algunos reaccionaron sintiéndose abandonados; otros pensaron que su madre era estrafalaria y que ya se le pasaría el capricho.

Mientras Ann iba confesando a sus grandes amigos: “Puedo hacer más por vos rezando que cualquier otra cosa” o repetía “lo he hecho todo, ahora debería prepararme para Dios”.

Pasaba el tiempo y ella seguía dando pasos firmes, sin recular, hacia el objetivo anunciado. Viajó a Europa, Sudamérica y Lejano Oriente para despedirse de sus amigos y comenzó a desprenderse de bienes y objetos. Se deshizo de todas sus propiedades, las repartió entre sus hijos, allegados e instituciones. Hizo lo mismo con sus artículos personales. Regaló a sus íntimos amigos una colección de decenas de sombrillas de bambú, que se habían confeccionado con carísimos pañuelos Hermes. Repartió sus prendas de seda y de lino, su enorme colección de zapatos, sus carteras, sus alhajas y hasta sus fotos. Se quedó con lo puesto.

Ann Russell Miller
Ann Russell Miller se convirtió en la hermana Mary Joseph, vivió 32 años en clausura con silencio y contacto limitado, y murió en 2021 a los 92 años

Cuando entró al convento para no salir jamás, el más chico de sus hijos tenía 22 años y estaba terminando la carrera de derecho. Los amigos de Ann no estaban de acuerdo con su drástica decisión. Les parecía una elección egoísta y abandónica. Una de sus íntimas, Patricia Fay Woods, explicó: “Yo no podría dejar a mis hijos para irme a rezar o lo que fuera que considerara lindo para mí. Siempre estaría preocupada por ellos. A mí me encantaba cómo era Ann, pero no estoy segura de que esté bien dejar a tu familia y a tu madre anciana para entrar a un convento por más que sea tu gran deseo”.

Nunca más pisó un shopping ni se bañó en el mar ni se subió a un avión. No fue más a la ópera, no se miró al espejo para colocarse un poco de base ni recurrió al secador para un brushing. No charló más sentada en la cama con sus hijas, no estuvo en los cumpleaños que siguieron ni hizo más regalos. Los deseos, las preocupaciones, los miedos y las risas quedaron del otro lado de esas paredes cerradas a cal y canto.

Su hija mayor, Donna, admitió que la decisión de su madre la conflictuó bastante: “Al principio, pensé que estaba siendo egoísta al irse al monasterio. ¡Terminé siendo la cuidadora de mi abuela de noventa años y estando a cargo de que mis hermanos menores se mantuvieran por el buen camino! Luego, me di cuenta de que mamá había hecho un verdadero sacrificio. Mientras yo iba a graduaciones, planeaba el casamiento de mi hermana y participaba en eventos familiares, ella debió quedarse en el monasterio. No tenía permitido ir. Era tan triste… ella se perdió muchas ocasiones especiales familiares”.

Ann Russell Miller
"Andaba vestida elegantísima, con un brillante traje negro. Su maquillaje era perfecto, su pelo estaba peinado por expertos y sus zapatos habían sido elegidos, con cuidado, entre cientos de pares exquisitos. Pero ese sería su último outfit formal. No volvería jamás a maquillarse", detalló uno de sus hijos

El silencio elegido y cero contacto físico

Ann no escuchó a nadie. Le alcanzó con la voz que escuchaba de Dios. Seis meses después de entrar al monasterio, tomó sus votos y recibió su hábito para empezar a ser oficialmente la hermana Mary Joseph en la congregación de las carmelitas descalzas. Clausura. Silencio. Obediencia. Castidad. Austeridad. Una orden contemplativa que mantiene mínimo contacto con el mundo exterior y eso incluye, también, a las familias. Una vez dentro ya no pueden salir, salvo para extremas urgencias médicas. Destinan su tiempo a la oración personal y comunitaria, a escuchar misa, a las lecturas espirituales, a los estudios de la Biblia y la meditación. También realizan algunos trabajos manuales como encuadernación, confección de ornamentos litúrgicos y todas las tareas domésticas.

Muchos de sus conocidos y familiares apostaban a que no aguantaría ni un año, pero ella sorteó con éxito los cinco años del noviciado. A ella, que le gustaba tanto hablar y la aventura, calló y se quedó quieta.

Se habían equivocado. Eso era lo que Ann realmente quería de su vida. Les gustara o no al resto.

Normalmente las carmelitas no aceptan mujeres viudas, temen que hijos y nietos las distraigan de la vida sencilla y de recogimiento. En Ann vieron tal determinación que la aceptaron.

En esos primeros años del noviciado Ann se perdió importantes eventos familiares como el casamiento de dos de sus hijos y los nacimientos de cinco nietos. Tampoco pudo estar en 1997 cuando ocurrió la muerte de su madre Louise, a los 99 años.

Aún así mantuvo firme en la decisión de seguir recluida.

Como las otras 17 hermanas del convento vivía en silencio. Podían hablar entre ellas solo en las dos horas previamente pautadas cada día. También participaba del coro aunque no cantaba bien y hacía rosarios de pétalos de rosas y trabajaba en el jardín. Por las noches, entraba a su celda con barrotes de metal, para dormir sobre una tabla de madera cubierta por un delgado colchón. Durante el día usaba siempre el hábito marrón, el largo velo negro (en ocasiones también blanco) que le cubría la cabeza y las sandalias establecidas.

Las hermanas tenían permitidas llamadas ocasionales y una visita por mes. En esa ocasión, quien iba a verla tenía que conversar con ella del otro lado del doble enrejado metálico. Las charlas eran supervisadas por la Madre Catherine y no podía haber abrazos ni besos. Ningún contacto físico está autorizado. Aunque una de sus hijas reveló que “podíamos introducir nuestros dedos por las rejas para intentar tocarla, con permiso claro”.

Sí infringía algunas reglas con la tolerancia de la Madre Superiora: llegar tarde muchas veces a algunas actividades y jugar con los perros en el jardín arrojándoles un palo.

Ann Russell Miller
La nocha antes de ingresar al convento dijo que había dedicado 30 años a sí misma, 30 años a sus hijos y, ahora, se proponía dedicar 30 años a Dios

Lo que eligió perderse

Los hijos de Ann y Richard habían quedado fuera de la nueva vida de su madre. Donna, Douglas, Richard, Janet, Marian, Leslie, Donald, Davis, Mark y Elena ya no eran niños, pero la extrañaron.

Se casaron, se mudaron de estados, se separaron, tuvieron hijos, sus hijos se pusieron de novios y nacieron bisnietos… Ann no estuvo. De los 28 nietos que llegaron al mundo muchos ni siquiera la conocieron. De los 16 bisnietos no alzó jamás en sus brazos a ninguno. También hubo más muertes. Por ejemplo la de su hijo mayor Douglas, que murió en 2002, 19 años antes que la misma Ann. Su hijo Mark, el autor de la nota publicada en The Guardian, durante los casi 32 años que su madre vivió recluida, la vio solamente dos veces. Cuando le avisaron que estaba por morir se despidió pidiendo que le pusieran el auricular en el oído: “No dije nada. Solo canté I Was Born Under a Wand’rin Star del musical Paint Your Wagon. Luego, sencillamente, corté la llamada”. Duro para cualquier hijo esa despedida. Y semejante ausencia. Donna fue autorizada para verla brevemente. Se sentó al lado de su cama, le tomó la mano y le dijo: “Okey mamá, es tiempo de que te vayas. No necesitás seguir por acá. Es tiempo de que veas a tus padres, a papá y a Douglas”.

El 5 de junio de 2021, a los 92 años, Ann murió por complicaciones derivadas de un derrame cerebral.

En su funeral el cajón fue de madera sencilla y se realizó en un pequeño jardín escondido detrás de las altas paredes del convento. Solo asistió su familia.

¿Por qué Ann Russell Miller hizo lo que hizo? ¿Por qué eligió dejarlo todo? No hay una respuesta indiscutible. ¿Vocación? ¿Huida? Ya no importa demasiado.

En todo caso, es una buenísima historia.

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