
El cuerpo de Eduardo Tirella apareció aplastado bajo el eje trasero del Dodge Polara. Murió en el acto. Tenía 42 años, acababa de ganar una estrella de bronce en la Batalla de las Ardenas y había trabajado una década al servicio de la mujer más rica de América. Noventa y seis horas después, la policía de Newport cerró el caso. Accidente. Nadie fue a juicio. Nadie fue a prisión.
Doris Duke nació el 22 de noviembre de 1912 con un título que ella nunca pidió. Fue conocida como “la niña más rica del mundo”. Era la única hija de James Buchanan Duke, el magnate que había construido la American Tobacco Company hasta controlar el 90% del mercado de cigarrillos de Estados Unidos. Cuando James murió en 1925, dejó a su hija, de 12 años, una fortuna de 100 millones de dólares.
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Antes de morir, James supuestamente le advirtió a Doris. “Nunca nadie te amarán excepto por tu dinero. Ten mucho cuidado”. Esa advertencia se convirtió en el eje de su vida entera.
Duke creció convencida de que cualquier persona a su alrededor tenía un precio. No era paranoia sin fundamento. Su primer marido, James Cromwell, le preguntó la noche de bodas cuánto recibiría como ingreso anual de su fondo fiduciario. Su segundo marido, el diplomático dominicano y playboy Porfirio Rubirosa, generó tanta preocupación en Washington que el propio gobierno de Estados Unidos redactó el acuerdo prenupcial, temeroso de que una potencia extranjera pudiera obtener influencia sobre el país si Duke moría antes que él. Ambos matrimonios terminaron en divorcio. Duke juró que no volvería a casarse.
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La fortuna que triplicó y los enemigos que acumuló
Lo que los diarios de la época no podían ignorar era que Duke no era una heredera pasiva. Triplicó la fortuna de su padre en la industria tabacalera. Construyó una mansión en Honolulu a la que llamó Shangri La, junto al Diamond Head, en Oahu, donde mantuvo anclado su yate de 17 metros. Se convirtió en una de las primeras mujeres blancas en hacer surf competitivo en Hawái. Aprendió a bailar danza del vientre. Coleccionó arte islámico con la misma intensidad con la que coleccionaba enemigos.
Desde los 13 años, cuando demandó a su propia madre por el control de su herencia, Duke estuvo involucrada en más de 40 litigios. Su exadministrador de negocios Patrick Mahn lo resumió en una entrevista en 1993. “Los pleitos eran su juego favorito”. Contrataba exagentes del FBI para intimidar a amigos y amantes descontentos que pudieran hablar con periodistas. Amenazaba a exempleados. Su ahijado Pony Duke, coautor de la biografía Too Rich, lo dijo de otra manera. “Doris no daba segundas oportunidades. Coleccionaba personas y luego las descartaba”.
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Eduardo Tirella lo sabía. Y aun así, voló a Newport.
El 7 de octubre de 1966: lo que pasó en Rough Point
Eduardo Tirella no era un empleado cualquiera. Veterano de guerra condecorado, diseñador de interiores, actor ocasional y confidente de Doris. Había trabajado durante una década como curador artístico y diseñador de las cinco mansiones de Duke en Nueva Jersey, Bel Air, Honolulú y Newport. Había aconsejado la compra de obras de arte por decenas de millones de dólares y transformado los invernaderos abandonados de la finca de New Jersey en un jardín botánico. Duke había reservado habitaciones en cada una de sus residencias para mantenerlo cerca.
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Pero Tirella tenía planes propios. Acababa de terminar el diseño de producción de la película Don’t Make Waves, con Tony Curtis y Claudia Cardinale, y quería instalarse definitivamente en California. Sus amigos y su pareja, el escultor Edmund Kara, le advirtieron que Duke podría reaccionar mal a la noticia. Tenía fama de temperamento violento. En una ocasión había atacado a un exmarido con un cuchillo de cocina por celos. Tirella voló de todas formas a Newport el 6 de octubre de 1966 para comunicárselo en persona.

Al día siguiente, 7 de octubre, alrededor de las cinco de la tarde, los dos tuvieron una discusión que escuchó el personal de la mansión Rough Point. Después subieron juntos al Dodge Polara. Tirella conducía. Se dirigían a Bellevue Avenue, la avenida de las grandes fortunas de Newport.
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Al llegar a las inmensas puertas de hierro de la finca, Tirella bajó del coche para retirar la cadena que las mantenía cerradas. En ese momento, Duke se deslizó al asiento del conductor, soltó el freno de mano, metió la primera y pisó el acelerador a fondo.
El vehículo de dos toneladas embistió las puertas, las arrancó de cuajo, cruzó las dos vías de Bellevue Avenue, derribó una valla al otro lado de la calle y se estrelló contra un árbol. El cuerpo de Tirella quedó aplastado bajo el eje trasero del auto.
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Murió al instante. Las lesiones abarcaban el cerebro, los pulmones y la médula espinal.
Duke fue encontrada cerca del árbol, aparentemente aturdida, con heridas en la cabeza. La internaron en el Newport Hospital. Recibió 30 puntos de sutura en el labio y el mentón.
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La investigación que nunca fue
La policía de Newport no interrogó a Duke hasta casi 48 horas después del incidente. Su médico personal, el doctor Philip K. McAllister, les dijo a los periodistas que someterla a un interrogatorio policial tan pronto habría sido “inhumano”. McAllister también era el médico forense interino del estado, es decir, el mismo hombre que examinó el cadáver de Tirella y el que protegía a Duke del escrutinio policial.
El jefe de policía de Newport, Joseph Radice, declaró la muerte “un desafortunado accidente” y cerró el caso. El fiscal general de Rhode Island, J. Joseph Nugent, anunció que pediría un informe completo, pero nunca cuestionó la investigación.
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Ocho días después de la muerte de Tirella, Duke donó USD 25.000 para restaurar el Cliff Walk, el paseo público detrás de las mansiones de la costa de Newport. También donó más de USD 10.000 al hospital donde había estado internada la noche del atropello. En los meses siguientes, estableció la Newport Restoration Foundation, que con el tiempo renovaría 84 edificios de la época colonial.
Siete meses después de la muerte de Tirella, el jefe Radice se retiró y acabó comprando dos departamentos en Florida. El inspector que había interrogado a Duke fue nombrado su sucesor, saltándose al capitán de detectives que era el candidato lógico. Otro agente que también había entrevistado a Duke recibió un ascenso a sargento.
El expediente completo del caso desapareció del Departamento de Policía de Newport en 1990. Los negativos fotográficos de la escena del accidente también desaparecieron. El dossier del juicio civil posterior fue reportado como extraviado en los Archivos Judiciales de Rhode Island.

El precio de una vida
Cinco años después del atropello, el caso llegó a los tribunales civiles de Providence. El juicio duró 10 días. Los abogados de la familia Tirella argumentaron que Eduardo había ganado USD 43.000 el año de su muerte y que podría haber sostenido esos ingresos durante décadas. Duke testificó que “siempre pedía el consejo de Eduardo antes de comprar o planificar cualquier cosa para sus mansiones”.
El jurado encontró a Duke negligente. Pero durante la fase de daños, su abogado retrató a Tirella como un fracasado. Después de honorarios legales y gastos, cada uno de sus cinco hermanas y tres hermanos recibió USD 5.620. Duke fue condenada a pagar un total de USD 75.000.
Los últimos años: el mayordomo y el testamento
La muerte de Tirella no fue el único escándalo de los últimos años de Duke. En 1988, a los 75 años, adoptó legalmente a una mujer de 35 llamada Chandi Heffner, convencida de que era la reencarnación de la hija que había perdido décadas antes. Le compró un rancho en Hawái y la incluyó en su testamento.
Dos años después, Duke cayó misteriosamente enferma. Su mayordomo, el irlandés Bernard Lafferty, la convenció de que Heffner conspiraba contra ella. Duke abandonó Hawái, se mudó a Beverly Hills y reescribió su testamento, eliminando a Heffner. En uno de los párrafos del documento, según reportó The New York Times en 1993, Duke escribió: “He llegado a la conclusión de que su principal motivación fue el beneficio económico”.

En 1992, con 79 años, Lafferty la convenció de someterse a un estiramiento facial. Al año siguiente, Duke se operó las dos rodillas. Antes de la segunda intervención, modificó su testamento una vez más y nombró a Lafferty ejecutor de su patrimonio de mil millones de dólares.
Poco después del alta hospitalaria, sufrió un derrame cerebral. En un momento de su recuperación se atragantó con un trozo de comida. Lafferty, según las acusaciones posteriores, se negó a llamar a una ambulancia. Sobrevivió, pero pasó sus últimos meses entrando y saliendo del hospital. Murió el 28 de octubre de 1993, pocas semanas antes de cumplir 81 años. No hubo autopsia. La cremaron en menos de 24 horas.
El legado disputado de la mujer más rica de América
El ejecutor anterior del testamento de Duke impugnó el nombramiento de Lafferty, alegando que había conspirado con un médico para sobredosificarla con analgésicos durante su última enfermedad. Los fiscales no encontraron pruebas de delito, pero los tribunales declararon a Lafferty no apto para ejercer como ejecutor. Recibió un cuantioso acuerdo económico para retirarse. Chandi Heffner, pese a haber sido eliminada del testamento, también recibió un acuerdo tras demandar al patrimonio por USD 65 millones.
El sobrino de Duke, Walker Inman Jr., quien en algún momento había sido el ejecutor del testamento, recibió finalmente solo USD 7 millones en un fondo fiduciario. Murió de una sobredosis en 2010. Su fortuna, que alguna vez se creyó cercana a los USD 1.000 millones, se había reducido a unos USD 60 millones.
En 1996 se estableció la Doris Duke Charitable Foundation con el grueso de su patrimonio, dotada con aproximadamente USD 1.810 millones. La organización financia investigación médica, educación, medio ambiente y programas para la comunidad musulmana en Estados Unidos, reflejo de la pasión de Duke por el arte islámico.
La mansión Rough Point en Newport recibe cada año a miles de visitantes que recorren sus salones mientras los guías elogian a la multimillonaria.
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