La ejecución del matrimonio Rosenberg y la acusación nunca probada de haber pasado información a Moscú sobre la bomba atómica

El 19 de junio de 1953, Julius y Ethel Rosenberg fueron electrocutados en la prisión de Sing Sing pese al clamor internacional para que se les suspendiera la pena capital. Una acusación sin pruebas, una condena extrema y la verdad que demoró décadas en salir a la luz

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Ethel Rosenberg libro
Julius y Ethel Rosenberg fueron ejecutados en la silla eléctrica de Sing Sing el 19 de junio de 1953, tras ser condenados por espionaje para la Unión Soviética (AP Photo)

“Sus vidas les enseñarán, también, que el bien no puede florecer entre el mal, que la libertad y todas las cosas que contribuyen a una vida plena y que merezca la pena a veces cuestan muy caro”, decía la última carta que, desde el pabellón de la muerte, Julius y Ethel Rosenberg escribieron a sus hijos Robert y Michael, de seis y siete años, antes de ser ejecutados en la silla eléctrica de la prisión de Sing Sing, en Nueva York, el viernes 19 de junio de 1953.

Según las crónicas de la ejecución Julius murió a la primera descarga, pero Ethel, a pesar de ser una mujer más pequeña y supuestamente frágil, resistió hasta dos descargas eléctricas antes de fallecer, posiblemente debido al diseño de la silla eléctrica, construida para personas de mayor tamaño, por lo que sus electrodos no se ajustaban “adecuadamente” a su cuerpo.

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Hacía poco más de dos años que habían sido condenados a muerte al ser encontrados culpables de cometer actos de espionaje al servicio de la Unión Soviética. Corrían tiempos de tensiones externas e internas para Estados Unidos: la guerra fría entre las dos grandes potencias victoriosas en la Segunda Guerra Mundial se recalentaba en la península coreana mientras, con epicentro en Washington, adentro del país se desarrollaba una feroz caza de brujas encabezada por el senador republicano Joseph McCarthy contra miles de supuestos “comunistas” que conspiraban contra la nación.

Julius y Ethel Rosenberg habían quedado en el medio de todo eso y debían pagarlo con sus vidas. El caso había mantenido el vilo a la opinión pública y la ejecución provocó repudios y protestas en casi todo el mundo. Se la consideraba una injusticia detrás de la cual se escondían oscuros intereses políticos.

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Ethel y Julius Rosenberg
El caso Rosenberg quedó atravesado por la Guerra Fría y el macartismo, en un clima de persecución anticomunista dentro de Estados Unidos

Los motivos para sospechar esos intereses ocultos no eran pocos. Las pruebas presentadas contra los Rosenberg en el juicio habían sido endebles y el testimonio más contundente lo había dado el hermano de Ethel, el sargento David Greenglass, para salvar su propio pellejo. No solo eso: aunque recibieron la misma condena letal, las supuestas participaciones de los dos miembros del matrimonio en la operación de espionaje eran bien diferentes, porque las pruebas contra Julius podían tener cierto peso, pero las que apuntaban contra su mujer parecían todas traídas de los pelos. Aun así, nada impidió que se cumpliera la sentencia.

Dos comunistas convencidos

Ethel Greenglass y Julius Rosenberg, eran un matrimonio de clase media que nunca ocultó sus simpatías comunistas. Nacido en mayo de 1918 en el seno de una familia de inmigrantes judíos radicada en Nueva York, Julius Rosenberg estudió en la Seward Park High School del Lower East Side de Manhattan y luego cursó la carrera de ingeniería eléctrica en el City College. Allí se incorporó a la Liga Juvenil Comunista, una organización que dependía del Partido y de la cual no demoró en convertirse en el líder local. Ethel, nacida en 1915, dos años mayor que él, también provenía de una familia de inmigrantes judíos y soñaba con ser actriz y cantante, aunque se ganaba la vida como secretaria de una compañía naviera. Se conocieron en 1936 en una reunión de la Liga y se casaron tres años más tarde.

Luego de que Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, Julius se alistó en el Cuerpo de Señales y fue destinado a un laboratorio en Fort Monmouth, Nueva Jersey, donde participó en importantes investigaciones sobre electrónica militar de uso en radares, comunicaciones y misiles. Se cree que fue reclutado por agentes de espionaje soviéticos alrededor de 1942 para que les pasara información sobre esas investigaciones militares secretas.

El hermano de Ethel, David Greenglass, también se alistó al comenzar la guerra y tuvo un destino altamente sensible: con el grado de sargento fue asignado al laboratorio nacional de Los Álamos, en Nuevo México, como auxiliar en el ultrasecreto Proyecto Manhattan, dirigido por el físico Robert Oppenheimer, que estaba desarrollando la bomba atómica.

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Las pruebas contra Ethel Rosenberg fueron cuestionadas desde el juicio, mientras que el testimonio central de David Greenglass resultó decisivo para la condena (AP Photo/Murray Becker)

Cuando terminó la guerra, luego de los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki, Estados Unidos era el único país del mundo que contaba con la bomba atómica. Los alemanes también habían intentado construirla sin éxito casi hasta el momento de su rendición y para entonces los soviéticos, que también trabajaban en ella, venían bastante atrasados. Por eso, la inteligencia estadounidense se sorprendió a principios de 1949 cuando supo que Moscú había logrado producirla y sospechó que de una operación de espionaje.

En la mira del FBI

El FBI se hizo cargo de la investigación y de inmediato puso el foco en quienes había trabajado en el Proyecto Manhattan e identificó a David Greenglass como el principal sospechoso. Al ser interrogado, el sargento confesó haber pasado información clasificada a los soviéticos a través de su cuñado, Julius Rosenberg. En su primera declaración, aseguró que su esposa Ruth y su hermana Ethel, la esposa de Julius, no estaban implicadas en la operación. Acusado por su cuñado, Rosenberg fue detenido de inmediato.

El proceso judicial por espionaje contra Julius Rosenberg comenzó a desarrollarse de manera pública en agosto de 1950 con la convocatoria a un gran jurado federal. Entre los testigos, además, de David Greenglass, fueron llamadas Ruth Greenglass y Ethel Rosenberg. La esposa de Julius se negó a responder las preguntas invocando su derecho a guardar silencio, pero aun así fue detenida cuando salía de la sala del juzgado. El fiscal informó que la detención se debía a que existían “amplias pruebas de que la señora Rosenberg y su esposo llevaban mucho tiempo vinculados a actividades comunistas”.

Ethel y Julius Rosenberg
Julius Rosenberg se vinculó desde joven con la Liga Juvenil Comunista y durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en investigaciones de electrónica militar en Fort Monmouth

Así, marido y mujer quedaron metidos en la misma bolsa, aunque no había pruebas concretas contra Ethel. Su situación se complicó después, cuando David y Ruth Greenglass, que en sus primeras declaraciones habían asegurado que la mujer de Julius no sabía nada, cambiaron sus testimonios y apuntaron también contra ella.

En su primer testimonio, el sargento Greenglass dijo que siempre le había pasado la información a Julius en encuentros que fijaban en diferentes lugares públicos, pero después – mientras negociaba con la fiscalía su propia situación – cambió su declaración y aseguró que en realidad se reunían en el departamento de los Rosenberg en Knickerbocker Village, en el Lower East Side de Nueva York, donde Ethel se ocupaba allí de tipear la información en su máquina de escribir para luego entregarla a los soviéticos. Ruth confirmó los dichos de su marido contra Ethel.

David y Ruth Greenglass evitaron así ser llevados al juicio que comenzó el 6 de marzo de 1951, donde además del matrimonio Rosenberg hubo un tercer acusado, Morton Sobell, un ingeniero que había estudiado con Julius en el City College.

El juicio y las condenas

A pesar de la gravedad de los cargos, el juicio se desarrolló con llamativa celeridad y en apenas 23 días el jurado dictó el veredicto que encontraba culpables a los dos acusados de cometer actos de espionaje al servicio de Moscú. Solo quedaba esperar al hombre que tenía la última palabra y dictaría la pena que a su entender les correspondía.

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El abogado defensor Emanuel Bloch consuela a Sophie Rosenberg mientras ella contempla los ataúdes de su hijo y su nuera, los espías ejecutados Julius y Ethel Rosenberg, durante el servicio fúnebre en el cementerio Wellwood (AP)

El juez Irving Kaufman se tomó una semana para decidir y el jueves 5 de abril de 1951 convocó a las partes para informarles que, basándose en la Ley de Espionaje de 1917, a Julius y Ethel Rosenberg les correspondía la pena capital, a ejecutarse en la silla eléctrica. Eso también resultó llamativo porque según esa norma la muerte era un castigo que solo podía aplicarse en tiempos de guerra y en ese momento Estados Unidos no se la había declarado a ningún país. Es decir, no estaba oficialmente en guerra contra la Unión Soviética.

En la sala del tribunal, los Rosenberg escucharon al magistrado calificar a sus delitos como “peores que el asesinato” para justificar su condena. “Creo que su conducta, al poner en manos de los rusos la bomba atómica años antes de que nuestros mejores científicos predijeran que Rusia perfeccionaría la bomba, ya ha causado, en mi opinión, la agresión comunista a Corea, cuyas muertes resultantes superan las cincuenta mil, y quién sabe cuántos millones más de inocentes pagarán el precio de su traición”, les dijo el juez Kaufman. David Greenglass, condenado en un proceso aparte, cumplió diez años de cárcel por su papel en la operación de espionaje.

Luego de conocerse la sentencia, comenzaron a llegar pedidos de clemencia desde todo el mundo, firmados entre otros por Albert Einstein y el papa Pio XII, pero no lograron que el presidente Dwight Eisenhower les conmutara la pena. El macartismo pisaba bien fuerte en Estados Unidos y los Rosenberg eran la prueba viviente de la realidad de la conspiración que denunciaba el senador republicano que veía “rojos” a todas horas y en todas partes.

Revelaciones muy tardías

En la década de 1990, David Greenglass, ya en libertad, admitió́ que mintió́ bajo juramento al decir que Ethel Rosenberg pasaba los datos a máquina y le confesó al periodista Sam Roberts que era su esposa, Ruth, quien lo hacía. “Mi esposa es más importante para mí́ que mi hermana. No iba a sacrificar a mi esposa y mis hijos por mi hermana”, explicó.

Cinco años después de la confesión pública de Greenglass, el gobierno estadounidense divulgó el contenido de una serie de cables enviados desde el consulado soviético de Nueva York a Moscú. Los mensajes, que habían sido interceptados y decodificados, formaban parte del llamado “Archivo de Venona”, donde se alude a la participación de Julius Rosenberg en una red de espionaje soviética. En ninguno de esos documentos, sin embargo, se menciona a Ethel como cómplice de su marido.

En 2024, cuando se dio a conocer el contenido de otro paquete de comunicaciones secretas soviéticas descifradas durante la Guerra Fría, se llegó a la conclusión de que Ethel estaba al tanto del espionaje que realizaba su esposo, pero “no participó en el trabajo ella misma”. El contenido de esos documentos era conocido por el FBI en el momento que se desarrolló el juicio y se condenó a muerte a los Rosenberg. Sin embargo, no fueron presentados durante el proceso.

Con el correr del tiempo se supo que los responsables de enviar información sobre la bomba atómica a Moscú fueron Alan Nunn May y Klaus Fuchs, dos científicos británicos que trabajaron en el Proyecto Manhattan, en Los Alamos. La información que les aportaron fue la que realmente permitió a los soviéticos construir la bomba. Los dos científicos tuvieron más suerte que los Rosenberg: juzgados en el Reino Unido, Fuchs recibió una condena de nueve años y Nunn May pasó solo seis detrás de las rejas.

Hasta hoy no se conoce ningún documento que pruebe que Julius y Ethel Rosenberg pasaron información sobre la bomba atómica a la Unión Soviética. Ninguno de los dos admitió jamás haber participado en esa operación y ambos sostuvieron que sus condenas a muerte eran consecuencia de la “histeria fascista” que se vivía en Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría.

Luego de la ejecución de sus padres, Robert y Michael, los hijos Julius y Ethel fueron dados en adopción y tomaron el apellido de su nueva familia, Meeropol, pero dedicaron sus vidas a reivindicar la memoria de sus padres. Fiel a ese mandato familiar, en 2004 Ivy Meeropol, nieta de los Rosenberg, dirigió y estrenó Heredera de una ejecución, un documental que investiga a fondo el caso a través de archivos, documentos, grabaciones y entrevistas.

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