La intrigante historia del “vampiro de la ventana”: el asesino en serie que nació en Tucumán, imitaba a Drácula y nunca existió

No son pocas las crónicas periodísticas que señalan a Florencio Roque Fernández como el mayor asesino en serie de los anales criminales de la Argentina, con una fama construida “por matar a sus víctimas a mordiscones en el cuello”, imitando a Drácula, cuando las encontraba solas en sus casas. El hombre realmente existió, pero su historia verdadera es muy diferente. El camino recorrido para desnudar la fake news más grande de la crónica policial del país

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Monteros, Tucumán
Los medios atribuyeron a Florencio Roque Fernández quince asesinatos de mujeres en Monteros entre 1953 y 1960 con un modus operandi de mordidas en el cuello en la ciudad de Monteros, Tucumán

Hace casi diez años, una editorial me propuso presentar un proyecto para escribir un libro de crónicas sobre asesinos seriales argentinos. Si bien nuestro país no tiene una cantera tan grande de cultores de ese deporte criminal como, por ejemplo, Estados Unidos, cuyos anales registran figuras como John Wayne Gacy, más conocido como “Pogo el payaso”, el “Asesino de las colegialas” Ed Kemper, o Jeffrey Dahmer, “el Caníbal de Milwaukee”, la lista local tampoco es corta. Ante la propuesta y haciendo solo uso de la memoria, de inmediato recordé los nombres y los crímenes de Carlos Eduardo Robledo Puch, Mateo Banks, “Mate 8”; Cayetano Santos Godino, “El Petiso Orejudo”; Raúl Aníbal González Higonet, “El Loco del Martillo”; o “La envenenadora de Monserrat”, María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano, “Yiya” para sus amigas y sus víctimas.

Sin embargo, cuando empecé a investigar para sumar otros candidatos e incluirlos en el libro, me topé con un nombre que empalidecía a los de todos los anteriores, mucho más famosos que él. Encontré decenas de crónicas periodísticas que relataban los crímenes de Florencio Roque Fernández, a quien los medios llamaban “El Vampiro de la ventana”, un tipo a quien la suma víctimas ponía al tope del ranking de los asesinos seriales de la Argentina. Porque según esas publicaciones –muchas de ellas en medios nacionales-, a lo largo de siete años, entre 1953 y 1960, Fernández, habría asesinado a quince mujeres en la localidad de Monteros, a unos 50 kilómetros de San Miguel de Tucumán. Y lo habría hecho con un modus operandi tan particular como escabroso. Según esas crónicas, el Vampiro mataba solamente mordiendo el cuello de sus víctimas hasta causarles la muerte y seguía haciéndolo cuando ya estaban difuntas.

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Las historias coincidían en que Fernández fue capturado cuando estaba por concretar su crimen número dieciséis. Fue el 14 de febrero de 1960 y en el momento en que fue sorprendido por los policías, no opuso resistencia. También aseguraban que fue juzgado y declarado inimputable, por lo que fue internado en un instituto psiquiátrico, donde vivió ocho años hasta que murió en 1968.

Intrigado y seducido por la historia, decidí investigar un poco más porque, de concretarse el libro, la historia del “Vampiro de la Ventana” debía ocupar el primero de los capítulos, que estarían ordenadas según el número de víctimas de cada uno de los criminales. Llamé entonces a dos periodistas tucumanos y también consulté a varios vecinos de Monteros, el escenario de los asesinatos de Fernández y el resultado fue muy diferente al que esperaba: en lugar de descubrir la historia del mayor asesino en serie del país me topé con la fake news más grande de la historia policial de la Argentina.

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Florencio Roque fernandez- asesino serial que no fue- tucuman- el vampiro en la ventana
Las versiones periodísticas sostuvieron que el supuesto asesino serial fue detenido el 14 de febrero de 1960 cuando iba a cometer un crimen en Monteros

El pibe que amaba a Drácula

Florencio Roque Fernández nació en 1935 en un barrio pobre de las afueras de la localidad tucumana de Monteros. Las crónicas dan cuenta que, de chico, ya presentaba desórdenes de comportamiento y problemas mentales, aunque también aseguran que parecía inofensivo. En ese pueblo, también quedó constancia de que los vecinos lo señalaban como un ladronzuelo de poca monta, que en la adolescencia acompañaba a sus hermanos en incursiones a casas donde, aprovechando la ausencia de sus habitantes, se apropiaban de lo ajeno. Entraban, claro, por las ventanas.

En una de esas crónicas, publicada por La Nación en 2019, se resume así su infancia: “De niño, Fernández fue diagnosticado con una psicopatía que nunca fue tratada y que, con el correr de los años, se transformó en una severa esquizofrenia. Abandonado por su familia y obligado a vivir solo en la calle, mendigó, rapiñó y durmió a la intemperie, padeciendo el hostigamiento de quienes lo veían como ‘un loquito suelto’”. En la nota no hay un solo verbo incondicional, toda la historia se relata como cierta.

El niño Florencio Fernández nunca aprendió a leer, por lo que es imposible que haya incursionado en las páginas de Drácula, la novela de Bram Stoker, pero cuando podía juntar unas monedas –siempre según las crónicas– iba al cine del pueblo y allí, una tarde, vio embelesado la película dirigida por Tod Browning, protagonizada por Bela Lugosi. Tanto le habría impactado la historia del conde de Transilvania que se propuso trasladar la historia de los montes Cárpatos a la precordillera tucumana. Más concretamente a su Monteros natal. Fernández quiso ser el protagonista. O sea, imitar a Bela Lugosi, pero para ser un auténtico asesino en serie capaz de matar mordiendo cuellos: “El Vampiro de la ventana”.

Monteros, Tucumán
"Mientras las mujeres dormían, comenzaba a golpearlas hasta dejarlas inermes; luego, les mordía el cuello hasta provocarles desgarros e, incluso, destrozarles la tráquea y la carótida", decían las crónicas periodísticas

Terror en Monteros

Las crónicas ubican en enero de 1953 su primer asesinato. En una de ellas se lo relata así: “Aprovechando que la gente del pueblo dormía con las ventanas abiertas, producto del intenso calor, y luego de haber acechado durante horas a la víctima, Fernández ingresó en la habitación de una mujer joven, la golpeó con un martillo y luego mordió su cuello hasta desgarrarlo y provocar su muerte”.

En ese primer crimen le habría tomado el gusto a la sangre y ya no pudo detenerse. Al mes siguiente habría cometido su segundo asesinato, también entrando por la ventana del dormitorio de una mujer que dormía sola en su casa. Cabe aclarar que los calores del verano tucumano pueden llevar la temperatura a más de cuarenta grados. Por aquellos tiempos Monteros era un lugar tranquilo, donde la gente dormía con las ventanas abiertas.

Otro relato escrito explica de esa manera la facilidad con que cometía sus crímenes. En referencia al segundo asesinato, la crónica dice: “Esa costumbre campera de dejar puertas y ventanas abiertas provocó, un mes después, una segunda víctima. Algo que sorprendió a la policía fue encontrar en la escena del crimen un martillo y un palo de escoba partido, pese a que la mujer había muerto por la partición de su tráquea a mordiscos”.

Resulta llamativo que, luego de dos asesinatos tan truculentos, en Monteros las mujeres que vivían solas siguieran durmiendo con las ventanas abiertas. A tal punto los hábitos no cambiaron en un pueblo tan pequeño donde, en los seis años posteriores, Fernández –alienado en la figura del Conde Drácula– no habría parado y se le adjudicaron otros trece crímenes. Todos con la misma modalidad, a mordiscones, aprovechando siempre las ventanas abiertas para entrar en las casas. “Mientras las mujeres dormían, comenzaba a golpearlas hasta dejarlas inermes; luego, les mordía el cuello hasta provocarles desgarros e, incluso, destrozarles la tráquea y la carótida. Así, las dejaba desangrarse hasta la muerte; se sospecha que, incluso, llevaba adelante el acto teatral que le había visto hacer al personaje de Bela Lugosi: bebía la sangre de las víctimas. Dejaba su impronta, pero no era, en todo caso, un acto lascivo de belleza casi sensual como el del conde ficticio que acometía contra la humanidad de hermosas doncellas para saciarse con su esencia vital”, relata otra crónica publicada en un medio porteño.

Florencio Roque fernandez- asesino serial que no fue- tucuman- el vampiro en la ventana
No existe expediente judicial, nombres de víctimas ni testimonios contemporáneos que prueben los asesinatos atribuidos a Florencio Roque Fernández

Un equipo de la Federal

Siempre según las crónicas, la policía tucumana era incapaz de identificar y mucho menos capturar al asesino en serie que aterrorizaba a Monteros. Entonces intervino la Federal, que envió a Tucumán un equipo de avezados inspectores que comenzó una investigación con métodos más “científicos”. Recién entonces, pudieron identificar al Vampiro y detenerlo.

Los investigadores ubicaron en un mapa de Monteros las viviendas de las “quince mujeres asesinadas” y después de seis años de completa ignorancia surgió una pista que los agentes tucumanos no habían podido ver. Todas las mujeres muertas con sus cuellos destrozados por los colmillos del Drácula tucumano habrían vivido no solo cerca entre sí sino casi equidistantes de una cueva donde vivía quien hasta entonces era ‘el loquito suelto’ de Monteros. Fernández –aseguran los relatos– se había refugiado allí después de que su familia lo echara de su casa. Pasaba el día en la cueva y sólo salía de noche, porque a esa altura, además de su desequilibrio mental, padecía también de fotofobia, otro rasgo que lo acercaba el vampiro de Transilvania.

No había ninguna prueba de que Florencio Fernández –que por entonces tenía ya 25 años– fuera “El Vampiro de la Ventana”, de modo que el equipo de investigadores, siempre según las crónicas, decidió montarle vigilancia y seguirlo en sus movimientos. Así estaban las cosas cuando el caluroso domingo 14 de febrero de ese 1960 Fernández repitió su ritual. Entró por una ventana donde vivía una mujer sola que, de acuerdo con los antecedentes publicados, sería la víctima número dieciséis. Pero ese domingo, los sabuesos estaban esperándolo. “No opuso resistencia al arresto. Al contrario: parecía aliviado tras su detención. Solo gritaba y se ponía violento cuando la policía lo hacía salir a la luz del sol. La fotofobia, sí... pero, también, el punto débil del vampiro que creía ser”, se puede leer en uno de los artículos.

Los relatos de la época terminan casi todos así: poco después de ser detenido, Florencio Roque Fernández, el temible “Vampiro de la Ventana”, debía ser sometido a juicio. En la instrucción, la Justicia pidió que se le realizaran exámenes físicos y psiquiátricos. Los peritos diagnosticaron que padecía de esquizofrenia y lo declararon inimputable. De este modo, en lugar de ir a parar a la cárcel con una segura condena a reclusión perpetua, se ordenó internarlo en un instituto psiquiátrico donde pasó los siguientes ocho años cuando, con apenas 33 años, murió de “muerte natural” un día “impreciso” de 1968. La historia de “El Vampiro de la Ventana”, el mayor asesino serial de los anales criminales de la Argentina, llegaba así a su fin.

Florencio Roque fernandez- asesino serial que no fue- tucuman- el vampiro en la ventana
La investigación sobre Florencio Roque Fernández concluye que “El Vampiro de la Ventana” fue una fake news de la crónica policial argentina

Sin pruebas ni testimonios

Hasta aquí la vida y los crímenes del “Vampiro de la Ventana” relatados en más de una decena de medios, ninguno de los cuales, llamativamente, es tucumano. La mayoría son diarios y revistas porteñas, algunas policiales de corte sensacionalista, y hay unas pocas en otros diarios del interior. En el archivo de La Gaceta, el diario más importante de Tucumán, no hay nada sobre el asunto. No hay información sobre los crímenes, ni sobre la llegada de un equipo de la Policía Federal a Monteros –lo que hubiera sido noticia relevante-, ni sobre la captura de Florencio Roque Fernández.

Es hora, entonces, de ir a los hechos realmente comprobables. No existe ningún expediente judicial que hable de sus asesinatos en serie, ni de la declaración de inimputabilidad de los peritos, ni la decisión de internarlo en un instituto psiquiátrico. Tampoco hay crónicas de la época –entre 1953 y 1960– que hablen de los asesinatos cometidos, no ya de la supuesta serie sino de siquiera uno de ellos. Tampoco se conoce el nombre de ninguna de sus supuestas víctimas. Todo lo que se ha escrito sobre el raid criminal del “Vampiro de la Ventana” data de muchos años después. Un verdadero misterio.

Para tratar de poner algo de luz en medio de tanta vampírica oscuridad, el primer paso que di fue consultar al colega tucumano Marcos Taire. Además de ser un periodista riguroso, Taire nació en Monteros y pasó allí su infancia, por los años en que supuestamente ocurrieron los crímenes del “Vampiro de la Ventana”. Luego vivió muchos años en San Miguel de Tucumán, donde trabajó en La Gaceta. No se podía encontrar una fuente de información más confiable.

La respuesta de Taire a mi consulta fue contundente: “Nunca escuché nada de eso y en Monteros tendría que haber causado conmoción. Si pasó algo así es imposible que yo nunca lo haya escuchado. El caso policial que más recuerdo de aquel tiempo fue el de un tipo de apellido Ibáñez, un ladrón al que la policía mató en un cañaveral. Ese lugar se transformó en sitio de peregrinaje. Pero de esto no supe nunca nada”, me dijo.

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El Vampiro que resultó Cangrejo

El siguiente paso fue hablar con viejos vecinos de Monteros. La primera respuesta (vía whatsapp) fue desconcertante: “¡Ese tipo era El Cangrejo! Todo es una mentira, era un pobre ‘soguero’. Jamás mató a nadie”. Después hubo más datos: “Vivía en la Villa Nueva, un barrio de las afueras de Monteros, cruzando el arroyo El Tejar. A toda la familia le decían ‘los cangrejos’. Entraba por las ventanas es cierto, pero para robar. Mentira que las mataba. Los padres eran alcohólicos y los pibes vivían prácticamente en la calle. Yo era amigo de los hermanos, Guillo y Muni, que también eran ladrones”, precisó un antiguo vecino que pidió que no se publicara su nombre porque “acá en Monteros nos conocemos todos y no quiero tener problemas”.

Enrique Racedo, un vecino que aceptó ser citado con nombre y apellido me dijo: “Había un voyerista en la década del 60. Le decían ‘El Cangrejo’. Pero no era asesino. De criminales hubo dos casos bien conocidos en Monteros. Uno ‘Mate Cosido’, a quien León Gieco le hizo una canción y el otro fue Sixto Ibáñez, que era un ladronzuelo, y lo acribillaron los policías a balazos”. Otra fuente incluso precisó el domicilio de la familia, pero desmintió la historia del vampiro: “Es una creencia popular. Es mentira lo del asesino serial, pero el tipo existió. Vivía en la calle Crisóstomo Álvarez al 800, en Villa Nueva y lo apodaban ‘El Cangrejo’ Fernández. Yo jugaba de niño a la pelota con sus hermanos menores. Era ladronzuelo”, dijo.

Siguiendo un hilo que tiraron algunos de los vecinos consultados, finalmente pude localizar a un familiar de Florencio Roque Fernández. “Es un pariente lejano mío, sí, de mi madre. Conozco la historia como la relatan los medios, nunca en mi familia se habló de ese tema, será por vergüenza, no lo sé. Era un chico enfermo, según lo que yo tengo entendido; de todas maneras, no era un asesino”, respondió a mi pregunta sin darle más vueltas al asunto.

Tampoco era necesario seguir investigando el tema, porque la conclusión ya resultaba obvia: Florencio Roque Fernández realmente existió y tal vez haya sido un ladronzuelo con tendencias vouyeristas, pero nunca cometió los crímenes que se la adjudican y que fueron relatados al principio de esta nota, a partir de las crónicas que lo mostraron como un asesino serial. “El Vampiro de la Ventana” es una leyenda que – por contar algo truculentamente pintoresco y por no chequear los hechos – no pocos periodistas y medios han dado como cierta. Quien sí existió fue “El Cangrejo”, Fernández un joven con problemas de salud mental que se metía en las casas, en ausencia de sus habitantes, para cometer hurtos menores y robar algo de comida, pero no para asesinar mujeres a mordiscones en el cuello y beber su sangre.

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