Junko Tabei: sobrevivió a una avalancha, desafió al machismo y se convirtió en la primera mujer en conquistar el Everest

Desafiando las restricciones y prejuicios de su época, la alpinista japonesa sobrevivió a la furia del Himalaya para hacer historia: el 16 de mayo de 1975, se convirtió en la primera mujer en tocar el techo del mundo

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Junko Tadei la primera mujer en llegar a la cima del Everest
Junko Tadei en la llegada a la cima del Everest

El cronómetro marcó las 12:30. Era el 16 de mayo de 1975. Sobre la Arista Sudeste del Monte Everest, a 8.848 metros de altitud, una figura de apenas 1,50 metros clavó sus crampones en el último hielo y se convirtió en la primera mujer en alcanzar el techo del mundo. Exhausta y golpeada por la montaña, Junko Tabei contempló en silencio el Himalaya bajo sus pies mientras el viento de la cumbre derrumbaba cada una de las ideas arraigadas durante décadas: el alpinismo extremo había dejado de ser territorio exclusivo de los hombres.

Doce días antes, una violenta avalancha había sepultado el Campamento II y dejado a Junko inconsciente bajo la nieve. Con fuertes contusiones en las piernas y la cadera, no pudo caminar durante dos días. Aun así, se negó a abandonar la expedición y continuó el ascenso. Iba impulsada por una determinación incontrolable, la misma que la acompañaba desde la infancia, cuando descubrió en las montañas una forma de libertad.

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Llegar allí no había sido fácil. Junko y sus compañeras del Club de Alpinismo para Mujeres de Japón tuvieron que enfrentar el rechazo de patrocinadores que consideraban a las mujeres demasiado “débiles” para una expedición de esa envergadura. Con recursos escasos y un equipo fabricado por ellas mismas, lograron abrir un camino que cambiaría para siempre la historia del alpinismo femenino.

Junko Tadei la primera mujer en llegar a la cima del Everest
Junko en una de las laderas del Everest, camino a la cima

El origen de una fuerza silenciosa

Nacida en Miharu, en la prefectura de Fukushima, el 22 de septiembre de 1939, Junko Ishibashi era la quinta de siete hermanos. Su infancia transcurrió en la dureza de la Segunda Guerra Mundial, seguida de años de austeridad luego de la devastación total de su tierra. De contextura menuda y salud frágil por esos días, nadie en su entorno hubiera imaginado que aquella niña silenciosa terminaría enfrentándose a las montañas más imponentes del planeta.

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Y eso comenzó hacerlo muy temprano: a los 10 años, durante una excursión escolar al Monte Nasu, un volcán del norte de Japón, donde ascendió hasta la cima y descubrió que esa era su pasión. Allí entendió que la montaña era un espacio donde no se compite sino donde cada uno avanzaba a su propio ritmo paso a paso.

Esa primera experiencia en altura despertó una fascinación profunda por el montañismo y convirtió a la montaña en un espacio de libertad absoluta. Sin recursos económicos para sostener una actividad tan costosa, comenzó a realizar pequeñas escaladas durante la secundaria, impulsada únicamente por la curiosidad y una determinación poco común para su edad.

En 1962 se graduó en Literatura Inglesa en la Universidad para Mujeres de Showa y se incorporó al club de montaña de la institución. Allí, Junko comenzó a enfrentarse al machismo profundamente arraigado en el alpinismo japonés. Muchos escaladores se negaban a compartir expediciones con ella y otros asumían que las mujeres practicaban montañismo únicamente para encontrar marido... Pero, lejos de sentirse intimidada, transformó aquellos conceptos arcaicos en una fuerza que la impulsó para abrirse camino en un ambiente dominado casi por completo por hombres. Durante la década del 60, escaló montañas emblemáticas como el Monte Fuji y el Cervino, en los Alpes suizos, logros que le dieron reputación de disciplina, resistencia y temple dentro de la comunidad montañista japonesa.

Junko Tabei
Junko Tabei en pleno ascenso (Jaan Künnap / Wikimedia)

Decidida a romper el aislamiento de las atletas femeninas, fundó en 1969 el Club de Alpinismo para Mujeres de Japón (Ladies Climbing Club, LCC), bajo el lema “Vayamos a las expediciones al extranjero por nosotras mismas”. Fue la primera organización femenina de este tipo en Japón y nació como una respuesta directa a las barreras impuestas por los círculos deportivos tradicionales.

Frente al cambio llegaron las (esperadas) críticas: muchos consideraban que el alpinismo extremo era incompatible con el rol doméstico que la sociedad esperaba de las mujeres japonesas. Fueron palabras vacías para el grupo que comenzó a ganar notoriedad tras liderar con éxito una expedición de 1970 al Annapurna III, una montaña de 7.555 metros de altura situada en la cordillera del Annapurna en Nepal. Esa cumbre fue la que necesitaba Junko para empezar a diseñar el proyecto más ambicioso de su vida: conquistar el Monte Everest.

Financiar esa expedición fue una batalla tan difícil como la mismísima montaña. La mayoría de las empresas rechazaba patrocinarlas porque consideraba que una expedición integrada exclusivamente por mujeres estaba destinada al fracaso. Otras, incluso les sugerían abandonar la idea y dedicarse a criar hijos... Sin rendirse, las integrantes del LCC juntaron dinero de sus propios salarios —muchas eran maestras, programadoras o trabajadoras sociales— y confeccionaron gran parte del equipo de montaña de manera artesanal. Utilizaron fundas recicladas de asientos de automóviles para fabricar bolsas impermeables y guantes, compraron plumas de ganso para coser sus propias bolsas de dormir y entrenaron durante meses con recursos mínimos. Finalmente, poco antes de partir, les llegó el apoyo financiero del diario Yomiuri Shimbun y de Nippon Television, que permitió poner en marcha la histórica expedición femenina japonesa al Everest.

Junko Tabei
No se dejó vencer por la enfermedad y siguió escalando

El día que tocó el techo del mundo

La Expedición Femenina Japonesa al Everest llegó al Himalaya en la primavera de 1975 integrada por quince montañistas y un equipo de sherpas. El grupo avanzó siguiendo la misma ruta que habían utilizado Edmund Hillary y Tenzing Norgay, las dos primeras personas conocidas en la historia que alcanzaron la cumbre en 1953, atravesando grietas, pendientes heladas y tormentas feroces e impredecibles mientras ascendía lentamente hacia los campamentos de altura. Para Junko Tabei, esa travesía representaba mucho más que un desafío deportivo: era la oportunidad de demostrar que las mujeres podían abrirse camino en uno de los escenarios más hostiles del planeta.

La expedición estuvo a punto de terminar en tragedia durante la madrugada del 4 de mayo. Mientras el equipo descansaba en el Campamento II, a 6.300 metros de altitud, una violenta avalancha arrasó las tiendas y sepultó a varias escaladoras bajo una enorme masa de nieve. Junko quedó atrapada e inconsciente durante varios minutos hasta que su guía sherpa, Ang Tsering, logró rescatarla arrastrándola desde la nieve compacta. El impacto le provocó severas contusiones en las piernas y la cadera, quedando incapacitada para caminar durante dos días. Eso hizo que, claramente, muchos considerasen que su ascenso había terminado allí. Pero la que estaba ahí, comandada por un espíritu indomable, era Junko, y apenas logró recuperarse se negó a abandonar la expedición. Dijo que iba a continuar el ascenso.

Doce días después de la avalancha, el 16 de mayo de 1975, inició la conquista final a la cumbre junto al sherpa que la rescató. El último tramo fue el que peores dificultades le presentó cuando llegó a la peligrosa Arista Sudeste, un estrecho filo de hielo y roca donde cualquier error podía resultar fatal. Estaba exhausta, por momentos era obligada a avanzar de rodillas y aferrarse con sus crampones y piqueta a superficies inestables. Continuó ascendiendo bajo temperaturas extremas (entre los-20 °C y los -25 °C) y fuertes ráfagas de viento. Finalmente, a las 12:30, alcanzó los 8.848 metros del Monte Everest y se convirtió en la primera mujer de la historia en llegar a la cumbre más alta del planeta.

La noticia recorrió el mundo con rapidez. A su regreso recibió mensajes de felicitaciones del rey de Nepal y del gobierno japonés, además de homenajes públicos y una enorme cobertura mediática que incluyó documentales y una miniserie televisiva sobre la expedición. Sin embargo, ella se sentía incómoda con el tono heroico con el que era retratada. Lejos de buscar celebridad, insistía en definirse simplemente como “la persona número 36 en subir el Everest”, evitando cualquier distinción exagerada sobre ella.

Junko Tabei, pionera del alpinismo, recibe un reconocimiento en Katmandú, Nepal, por su contribución al montañismo y la igualdad de género en deportes de alta montaña (Reuters)
Junko Tabei, pionera del alpinismo, recibe un reconocimiento en Katmandú, Nepal, por su contribución al montañismo y la igualdad de género en deportes de alta montaña (Reuters)

Lo que perdura

La conquista del Everest no marcó el final de su carrera, sino el comienzo de una nueva etapa. Durante las décadas siguientes, Junko continuó ampliando sus límites deportivos y consolidándose como una de las figuras más destacadas del alpinismo mundial. En la temporada 1990-1991 alcanzó la cima del Monte Vinson, la montaña más alta de la Antártida, y el 28 de junio de 1992 coronó el Puncak Jaya, en Indonesia. Con ese último ascenso se convirtió en la primera mujer del mundo en completar las Siete Cumbres, el desafío que reúne las montañas más altas de cada continente.

Con el paso de los años, comenzó a enfocarse también en el impacto ambiental provocado por la masificación del turismo de montaña. En el 2000 completó estudios de posgrado en Ciencias Ambientales en la Universidad de Kyushu y dedicó gran parte de su trabajo a denunciar la contaminación que se acumulaba en el Everest a causa de los residuos abandonados por las expediciones. También presidió el Himalayan Adventure Trust of Japan, una organización orientada a la preservación ecológica de las regiones montañosas. Entre sus iniciativas más importantes impulsó campañas de limpieza en el Himalaya y en montañas japonesas, además de proyectos para eliminar toneladas de basura acumulada en las rutas de ascenso.

En cuanto a lo personal, Junko compartió gran parte de su vida con el alpinista Masanobu Tabei, a quien conoció escalando en Japón. Tuvieron dos hijos, Noriko y Shinya. Su amor por la montaña fue más allá de su propia salud, cuando fue diagnosticada con cáncer peritoneal en 2012. Continuó realizando ascensos y comenzó a guiar cada año a jóvenes sobrevivientes del terremoto y tsunami de Fukushima, de 2011, en excursiones al Monte Fuji, convencida de que el contacto con la naturaleza podía ayudar a reconstruir emocionalmente sus vidas.

Junko Tabei venció prejuicios para llegar a la cima del Everest y conquistó otras seis, las llamadas Siete Cumbres (Reuters)
Junko Tabei venció prejuicios para llegar a la cima del Everest y conquistó otras seis, las llamadas Siete Cumbres (Reuters)

Junko Tabei murió el 20 de octubre de 2016, a los 77 años, en un hospital de Kawagoe. Su gesta en el Everest, y cada ascenso, fue mucho más allá del ámbito deportivo. No solo abrió un camino para las mujeres en las expediciones de alta montaña, sino que transformó para siempre la manera en que el alpinismo entendía el liderazgo, la resistencia y la igualdad. Décadas después de su histórica ascensión, su figura continúa siendo celebrada en todo el mundo: un asteroide el (6897) fue bautizado Tabei en su honor.

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