El caso del “durmiente siniestro”: tres décadas de asesinatos impunes, negligencia policial y una condena lograda gracias al ADN

Durante años, las víctimas fueron mujeres negras en situación vulnerable cuyos casos quedaron en el olvido. El avance forense y los testimonios permitieron reconstruir la historia detrás del asesino serial entre 1985 y 2007

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Lonnie David Franklin
Lonnie Franklin Jr., apodado el “Durmiente Siniestro”, durante una audiencia judicial en Los Ángeles: se mantuvo en un silencio casi absoluto y nunca confesó sus crímenes. Durante todo el proceso y hasta el día de su muerte, sostuvo una postura de indiferencia y negación

El 5 de mayo de 2016, la sala 106 del Tribunal Superior de Los Ángeles puso fin a una cacería que se extendió durante tres décadas. Lonnie David Franklin Jr., un recolector de basura de 63 años, fue declarado culpable de diez asesinatos y un intento de homicidio cometidos entre 1985 y 2007 en los barrios de South Central. Ante un jurado que durante meses escuchó las pruebas, el veredicto confirmó que el vecino que arreglaba autos en su jardín era, en realidad, el asesino serial que acosó a mujeres jóvenes en una época marcada por la violencia en los sectores más vulnerables de la ciudad.

Esos crímenes siguieron un patrón geográfico y social definido: las víctimas eran, en su mayoría, mujeres negras de bajos recursos, cuyos cuerpos eran encontrados ocultos entre escombros en callejones olvidados.

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El caso, conocido como el del “Grim Sleeper” (durmiente siniestro), estuvo marcado por una inquietante pausa de 14 años en la que el asesino pareció desvanecerse, dejando a la policía sin pistas mientras la lista de mujeres desaparecidas crecía en el anonimato. La justicia no llegó por una denuncia ni por un testigo presencial, sino por el rastro genético que Franklin no pudo borrar.

En una pizzería, un detective encubierto recuperó restos de su comida. El ADN presente en esos desechos coincidió con la evidencia recolectada en las escenas de los crímenes desde mediados de los años ochenta. Aquel resto se convirtió en la pieza clave que, finalmente, expuso al hombre aparentemente común que había logrado evadir a las autoridades de Los Ángeles durante dos décadas, ocultando su violencia tras la fachada de un vecino servicial.

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Lonnie David Franklin
Las víctimas de Lonnie David Franklin Jr.: Debra Jackson, 29; Henrietta Wright, 34; Barbara Ware, 23; Bernita Sparks, 26; Mary Lowe, 26; Lachrica Jefferson, 22; Alicia Alexander, 18; Princess Berthomieux, 15; Valerie McCorvey, 35; Janecia Peters, 25 (AP)

Del pasado criminal a la cacería inconclusa

La vida de Lonnie David Franklin Jr. es la historia de una violencia que el sistema dejó pasar. Nacido en 1952, Franklin creció en el sur de Los Ángeles bajo la apariencia de un hombre común: tenía esposa, dos hijos y un trabajo. Pero su cara real —la de un abusador— apareció temprano cuando entró al Ejército de los Estados Unidos. En 1974, mientras estaba en Alemania, Franklin secuestró y violó en grupo a una chica de 17 años.

En un acto de resistencia frente al horror que padecía, la joven logró identificarlo, obligando a la justicia alemana a darle una condena de tres años. Pero el sistema fue demasiado benévolo con él: después de cumplir una pena corta, Franklin volvió a las calles de Estados Unidos como si nada hubiera pasado. Esa primera sobreviviente, a la que nadie cuidó, tuvo que esperar décadas para enfrentarlo cara a cara en un juicio y señalar al monstruo que el Estado no quiso frenar. Ya de vuelta en Los Ángeles, Franklin siguió sumando causas por robo y agresiones que la policía nunca se tomó en serio, mientras la ciudad se convertía en el escenario de una violencia que el poder decidió ignorar.

A mediados de los 80, los callejones y baldíos del sur de Los Ángeles empezaron a llenarse con los cuerpos de mujeres afroamericanas jóvenes. Eran chicas atrapadas en la pobreza y el consumo de drogas; mujeres a las que el sistema ya les había soltado la mano mucho antes de que un asesino las cruzara. El llamado “Asesino del Southside” las mataba a puñaladas o las estrangulaba, pero la policía no hizo nada para detenerlo.

Lonnie David Franklin
Lonnie Franklin Jr. en una fotografía policial tomada en 1999. Franklin simplemente respondió: "No maté a nadie", dijo y afirmó no tener idea de cómo su ADN terminó en los cuerpos de las mujeres (Wikipedia)

Mientras los medios de comunicación y la policía dedicaban atención y recursos a crímenes con mayor cobertura pública, los asesinatos de mujeres afroamericanas del sur de Los Ángeles quedaban marginados. Las víctimas eran catalogadas con la frase “No hay humanos involucrados”, expresión de algunos agentes para desestimar los casos y mostrar el desprecio hacia mujeres pobres, con antecedentes de consumo o en situación de calle.

Frente a esa indiferencia, activistas como Margaret Prescod impulsaron protestas y exigieron justicia. Gracias a su presión, el Departamento de Policía de Los Ángeles formó un grupo especial de investigación, aunque con escasos recursos y respaldo institucional.

La investigación policial fracasó por la falta de interés y los errores en el enfoque: nunca lograron reconocer que la vulnerabilidad de las víctimas era, a la vez, carnada de varios asesinos en la misma zona. En 1987, ante la ausencia de resultados concretos, la policía disolvió el equipo especial destinado al caso. Años después, se confirmó que el criminal no actuaba solo, mientras el sistema judicial no daba respuestas.

En medio de todo ese caos y olvido, hubo un patrón que nadie vio: mujeres asesinadas con una pistola calibre .25, con disparos directos al pecho. La primera víctima fue Debra Jackson, en agosto de 1985. El sistema tardó veinte años en ponerle nombre a esa sombra y en ponerle un apodo que, más que un nombre, era una forma de admitir que no lo habían buscado: el “Durmiente Siniestro”. Un nombre que inventaron para decir que el asesino se había tomado un descanso, cuando lo que realmente pasó fue que tuvo vía libre para seguir matando durante dos décadas.

El Franklin que regresó de Alemania no era un marginal viviendo en las sombras; era un hombre que se mimetizó perfectamente en el paisaje urbano de Los Ángeles. Trabajó como recolector de basura para la ciudad y más tarde como mecánico. Usó la información de las calles, de los horarios y de los puntos ciegos de la vigilancia para moverse como un fantasma. Mientras formaba su familia y saludaba a sus vecinos en la calle 81, transformaba su rutina diaria en una logística del horror, eligiendo los callejones que conocía de memoria para descartar las vidas que planeaba arrebatar.

Lonnie David Franklin
Aviso publicado por el Departamento de Policía de Los Ángeles en 2009, con retratos robot del sospechoso elaborados mediante progresión de edad

Cronología de una cacería fallida

La cacería comenzó a mediados de los años 80, mientras el sur de Los Ángeles se hundía en la violencia y el abandono. Entonces, los callejones de Manchester Square se convirtieron en un cementerio a cielo abierto. La justicia tardó décadas en confirmar lo que la calle ya gritaba: Lonnie Franklin Jr. era el responsable de una cacería sistemática contra mujeres negras y jóvenes; aunque también asesinó a hombres. Sus cuerpos eran descartados en contenedores de basura o tirados entre escombros, como si sus vidas no valieran nada para una ciudad que miraba para otro lado.

La marca del horror empezó con Debra Jackson, de 29 años. En agosto de 1985, fue asesinada de tres balazos en el pecho y fue tirada cerca de la avenida West Gage. Tres años más tarde, las pruebas de balística confirmaron que esa misma arma se había usado para matar al menos a otras siete mujeres. En agosto de 1986, encontraron a Henrietta Wright, de 35 años: su cuerpo estaba escondido abajo de un colchón viejo en un callejón de Hyde Park. Poco después apareció Thomas Steele en Harvard Park; aunque a Franklin nunca lo juzgaron por este crimen, para los investigadores su muerte siempre llevó la misma firma de desprecio.

En enero de 1987, el cuerpo de Barbara Ware, de 23 años, fue encontrado tirado en la calle 56. Un testigo anónimo llegó a ver una camioneta y hasta dio el número de patente, pero esa pista se perdió en los cajones de una comisaría que no tenía apuro por hacer justicia... Meses después, en abril de ese año, Bernita Sparks fue hallada en un tacho de basura en la avenida South Western. En octubre, Mary Lowe había sido escondida en otro callejón; en enero de 1988 fue el turno de Lachrica Jefferson, de solo 22 años, y en septiembre, la vida de Alicia “Monique” Alexander fue robada cuando apenas tenía 18 años.

Con el tiempo, la policía empezó a decir que los crímenes no coincidían, que las descripciones eran distintas y que seguramente eran varios asesinos actuando a la vez. Era la excusa perfecta para diluir la responsabilidad. Sin embargo, había un hilo que unía todas estas muertes y que nadie quiso seguir: una pistola calibre .25, disparos a quemarropa y un ensañamiento feroz contra mujeres jóvenes, trabajadoras sexuales y negras. Eran las víctimas “perfectas” para un sistema que, al no darles protección en vida, decidió también negarles la justicia después de muertas.

En noviembre de 1988, Enietra Washington caminaba por una calle del sur de Los Ángeles cuando aceptó subir al auto de un desconocido. Lo que siguió fue una brutal agresión: Franklin le disparó en el pecho, la violó y la fotografió con una Polaroid antes de abandonarla, malherida, en un callejón. Contra todo pronóstico, Enietra logró arrastrarse hasta la calle y pedir ayuda. Su testimonio, el único de una sobreviviente, quedó archivado durante décadas mientras la policía ignoraba la evidencia que tenía en sus manos.

Lonnie David Franklin
Lonnie Franklin Jr., durante una de las audiencias en el Tribunal Superior de Los Ángeles (AP)

La caída del “durmiente”

Después de décadas de silencio, la ciencia llegó a donde la voluntad policial no había querido ir. En los años 2000, los avances en genética forense permitieron desempolvar esas muestras de ADN que habían estado guardadas en cajones durante años. Pero el rastro de Franklin era una sombra difícil de atrapar, hasta que un error de su propio linaje lo entregó: una búsqueda de ADN familiar detectó una coincidencia parcial con su hijo, que había sido arrestado por un delito menor. El círculo se empezó a cerrar sobre Lonnie.

Para confirmar la sospecha sin levantar alertas, los investigadores lo encontraron y siguieron hasta una pizzería. Un policía encubierto, disfrazado de mozo, recogió los restos de una pizza y una servilleta que Franklin había usado. Sus propios desechos fueron su sentencia: el ADN coincidía completamente con el perfil del asesino que había aterrorizado a la ciudad desde 1985. El 7 de julio de 2010, a los 57 años, el “vecino ejemplar” fue arrestado en su casa del sur de Los Ángeles.

La violencia de Franklin nunca se había detenido realmente. El juicio mostró que su supuesta inactividad era un mito: en 2002 mató a Princesa Berthomieux, una nena de apenas 15 años; en 2003 a Valerie McCorvey, y en 2007 a Janecia Peters, a quien dejó envuelta en una bolsa de basura como si fuera basura. Fue el cuerpo de Janecia el que permitió unir los crímenes actuales con los de los ochenta, confirmando que el “Durmiente” nunca había estado dormido, sino que simplemente el sistema se había olvidado de buscar.

A pesar de las pruebas irrefutables y el desfile de dolor en el tribunal, Franklin eligió el silencio como su última forma de crueldad. Nunca confesó, nunca pidió perdón y jamás mostró un gramo de arrepentimiento; incluso en sus últimas audiencias, apenas abrió la boca para negar conocer a las víctimas o para responder con frialdad los tecnicismos del juez. El juicio, que arrancó en febrero de 2016, fue un desfile de horror pero también de dignidad. La fiscalía reconstruyó cada crimen y el testimonio de Enietra Washington fue el clavo final. En mayo de ese año, el jurado no dudó: lo declararon culpable de 10 asesinatos, aunque todos sabían que la lista real superaba las 25 víctimas. En agosto, lo condenaron a la pena de muerte, poniéndole nombre y apellido a cada cargo en honor a las mujeres que intentó borrar.

Pero, Franklin nunca llegó al corredor de la muerte. El 28 de marzo de 2020 murió solo en su celda por causas naturales, llevándose con él el secreto de cuántas vidas más había terminado... Y en la sociedad quedó sin respuesta una pregunta que aún interpela: ¿cuántas de esas muertes se podrían haber evitado si la vida de una mujer negra en el sur de Los Ángeles hubiera importado igual que cualquier otra?

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