
El primer ataque de Eric Robert Rudolph se produjo el 27 de julio de 1996, en pleno desarrollo de los Juegos Olímpicos en Atlanta. Allí, Rudolph instaló una bomba que provocó la muerte de una espectadora de 44 años y dejó un saldo de más de cien personas heridas. Minutos antes de la detonación, el autor del hecho se comunicó dos veces con el servicio de emergencias para dar aviso sobre el explosivo, pero la advertencia no logró evitar el desastre en el parque.
Durante los dos años siguientes, la ofensiva continuó con el armado de otras tres bombas. En 1997, atacó una clínica para mujeres y un club nocturno al que asistían con frecuencia mujeres homosexuales en el área de Atlanta, provocando lesiones a once personas. Finalmente, en 1998 detonó un dispositivo en otra clínica para mujeres ubicada en Birmingham, Alabama, donde la explosión mató a un oficial de policía y mutiló a una enfermera.
Tras ese último hecho, las autoridades lograron identificar su vehículo y el acusado huyó hacia los bosques de Carolina del Norte, territorio en el que logró mantenerse prófugo hasta 2003.

En abril de 2005, los abogados de Eric Robert Rudolph difundieron una declaración de once páginas donde detalló los motivos de sus atentados. Rudolph aceptó declararse culpable ante la justicia estadounidense por los cuatro ataques consumados.
Mediante ese acuerdo judicial, el acusado logró evitar la pena de muerte y recibió múltiples cadenas perpetuas sin la posibilidad de obtener la libertad condicional.
El 13 de abril de 2005, hace 21 años, se dio a conocer su confesión. En el inicio de su confesión, Rudolph explicó que la decisión de acordar respondió a una estrategia. Escribió textualmente: “Después de mucho pensarlo y considerarlo, celebré un acuerdo con el gobierno. Al enfrentarme potencialmente a cuatro juicios en cuatro jurisdicciones separadas con pruebas circunstanciales que probablemente llevarían a una condena en al menos una de estas jurisdicciones, he privado al gobierno de su objetivo de sentenciarme a muerte".

Según su declaración, el gobierno federal enfrentaba dificultades con la evidencia sobre su camioneta y el hecho de que su extensa fuga atrajo demasiada atención. Afirmó que le ofrecieron el acuerdo por temor a que un jurado de Alabama se negara a condenarlo. Dejó en claro que declararse culpable no implicaba reconocer la legitimidad del Estado. Afirmó: “El hecho de que haya celebrado un acuerdo con el gobierno es puramente una elección táctica de mi parte y de ninguna manera legitima la autoridad moral del gobierno para juzgar este asunto".
El eje central de la confesión fue la justificación de la violencia para combatir el aborto. Declaró: “El aborto es asesinato. Y cuando el régimen de Washington legalizó, sancionó y legitimó esta práctica, perdió su legitimidad y autoridad moral para gobernar”. Rudolph argumentó que el gobierno estadounidense descendió hacia la barbarie al sancionar legalmente lo que él consideraba infanticidio. Expresó: “No hay razón más legítima, que yo sepa, para renunciar a la lealtad y, si es necesario, usar la fuerza para arrastrar a esta monstruosidad de gobierno hacia el polvo al que pertenece”.
El autor rechazó ser catalogado como anarquista. Aclaró que carecía de objeciones contra las fuerzas de seguridad en un plano general, pero justificó los ataques contra los agentes estatales. Escribió: “Es únicamente por la razón de que este gobierno ha legalizado el asesinato de niños que no le debo lealtad ni reconozco la legitimidad de este gobierno en particular en Washington”. Afirmó que el empleo de la fuerza estaba justificado. En sus palabras: “Debido a que este gobierno está comprometido con la política de mantener la política del aborto y protegerla, los agentes de este gobierno son los agentes del asesinato en masa, ya sea a sabiendas o sin saberlo”. Bajo esta premisa, consideró que cualquier funcionario armado constituía un objetivo legítimo de combate.

Cuestionó duramente a los ciudadanos que se oponen al aborto por vías pacíficas. Los acusó de mantener una postura de inacción y los calificó como “mentirosos, hipócritas y cobardes”. Criticó a quienes confían en los partidos políticos. Escribió: “Ustedes, supuestas ‘personas buenas y cristianas provida’ que me apuntan con sus dedos de plástico diciendo que soy un ‘asesino’, que ‘dos errores no hacen un acierto’, que aunque ‘el aborto es asesinato, aquellos que usarían la fuerza para detener el asesinato son moralmente iguales’, les digo que sus mentiras son transparentes”.
Al referirse al ataque de enero de 1998 contra la clínica de Birmingham, justificó la elección del blanco por motivos operativos. Señaló: “Esta instalación mata y mutila rutinariamente a un promedio de 53 seres humanos cada semana. Cada empleado es un participante consciente en este espantoso oficio”. Argumentó que el oficial custodiaba la instalación y se situaba en la primera línea de fuego. Concluyó sobre el policía: “Eligió empuñar un arma en defensa de estos asesinos mientras llevaban a cabo su macabro trabajo, y eso lo hace tan culpable como los propios asesinos. No tengo remordimientos ni pesares por mis acciones de ese día en enero, y considero que lo que sucedió está moralmente justificado".

El escrito expuso su postura retrógrada frente a la homosexualidad. Aunque indicó no considerar a las conductas homosexuales privadas como amenaza, justificó la violencia cuando intentaban ganar espacios públicos. Expresó: “Pero cuando se hace el intento de sacar esta práctica del clóset y llevarla a la plaza pública en un intento descarado de obligar a la sociedad a aceptar y reconocer este comportamiento como tan legítimo y normal como la relación natural entre hombre y mujer, se debe hacer todo esfuerzo, incluyendo la fuerza si es necesario, para detener este intento". Argumentó que la adopción o el matrimonio homosexual representaban ataques contra la sociedad. Dijo: “Poner la relación homosexual junto al modelo y pronunciar que es una opción de estilo de vida igual de legítima es un asalto directo a la salud a largo plazo y la integridad de la civilización”. Esa visión cimentó el atentado contra el club nocturno en Atlanta en 1997, ejecutado para emitir un mensaje de protesta.
Sobre los Juegos Olímpicos de 1996, Rudolph escribió que el evento celebraba el socialismo. El propósito del ataque del 27 de julio fue “confundir, enojar y avergonzar al gobierno de Washington a los ojos del mundo por su abominable sanción del aborto a pedido”. El plan buscaba la cancelación de las jornadas deportivas para generar pérdidas económicas. Al carecer de recursos para derribar la red eléctrica, instaló explosivos temporizados. Su modus operandi incluía efectuar advertencias telefónicas previas para despejar el perímetro de civiles. Sin embargo, reconoció fallas de cálculo. Explicó: “Sabía que las armas utilizadas (explosivos temporizados altamente incontrolables) y la elección de tácticas (colocarlos en áreas frecuentadas por grandes números de civiles) podían potencialmente llevar a un desastre en el que muchos civiles podrían resultar muertos o heridos”. Tras activar el primer artefacto, llamó al 911 empleando un objeto de plástico para disimular su voz. La operadora cortó el contacto. Se dirigió a un segundo teléfono y probó dictar el aviso apretándose la nariz, pero el nerviosismo por los turistas a su alrededor lo hizo huir antes de revelar la ubicación de los explosivos.

Sobre las letales consecuencias de sus ataques, sentenció: “El resultado de todo esto fue producir un desastre, un desastre de mi propia creación y por el cual pido disculpas a las víctimas y a sus familias". La detonación en Atlanta causó el deceso de una espectadora y provocó lesiones a más de cien asistentes. Rudolph confesó que decidió anular la continuidad de todo el operativo. Se dirigió a un terreno descampado, hizo detonar a la distancia los otros cuatro aparatos ocultos que tenía y abandonó la ciudad. A partir de ese suceso, decidió emplear explosivos direccionales para aminorar la destrucción indiscriminada en sus atentados por venir.
Tras verse identificado luego del ataque de Birmingham, resolvió refugiarse en la montaña. Reveló por qué lo hizo: “Sabía que algo andaba mal basándome en los primeros reportes que salían de Birmingham, así que me preparé para hacer un movimiento mientras debatía dentro de mí si huir o combatirlos en el tribunal. Elegí los bosques". Relató que al inicio sobrevivió pasando hambre, pero luego consiguió provisiones mediante incursiones furtivas en casas ajenas. Prófugo, diseñó nuevos atentados. Planeó volar un edificio del Buró Federal de Investigaciones (FBI) en Andrews promediando 1999, pero no logró conseguir el material.
Al año siguiente, ubicó un barril explosivo cerca de la armería policial en Murphy. No obstante, desistió a último minuto. Escribió que monitorear a los efectivos le posibilitó advertir la existencia de una condición humana bajo la indumentaria. Afirmó: “No es que hubiera perdido mi determinación de luchar en defensa de los no nacidos, sino más bien una decisión individual sobre esos agentes individuales“. Desistió de hacer explotar la bomba.

Rudolph indicó que las últimas tres temporadas vivió de la cacería, deteriorando sus márgenes de protección. La policía lo arrestó a mediados de 2003, cuando revisaba la basura detrás de un mercado de abastecimiento rural.
El convenio de confesión le exigió guiar a los investigadores hasta las cuevas donde aguardaba un arsenal superior a los cien kilos de dinamita. En el tramo final del escrito, narró una persecución invernal en 1998, cuando se arrojó debajo de una roca gigantesca mientras un helicóptero sobrevolaba la zona para tratar de hallarlo. Reveló: “Desafiante miré hacia la cima por la que el helicóptero acababa de irse y dije: ‘Todavía estoy aquí’”.
Rudolph cerró su confesión apuntando contra los noticieros. Redactó la última oración así: “Y ahora, después de que se ha firmado el acuerdo, las cabezas parlantes en las noticias opinan que estoy ‘terminado’, que ‘languideceré roto y sin amor en las entrañas de alguna prisión de máxima seguridad’, pero les digo a ustedes personas que por la gracia de Dios todavía estoy aquí, un poco ensangrentado, pero sin doblegarme". Tras ser sentenciado por un tribunal federal, cumple su castigo en una penitenciaría. Lleva 21 años tras las rejas.
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