
El cable, fechado en Londres el jueves 9 de marzo de 2006, decía en un primer párrafo de muy buena síntesis periodística donde no faltaban la palada de cal y la de arena: “John Profumo, ministro conservador y protagonista de uno de los escándalos sexuales más sonados del Reino Unido, agravado por sus implicaciones de espionaje en medio de la guerra fría, falleció hoy en esta ciudad a la edad de 91 años. Profumo fue despedido con grandes elogios tras 40 años dedicado a labores asistenciales, con los que redimió con creces su tropiezo de 1963, aunque éste siempre quedó unido a su nombre”.
Con la muerte de Profumo quedaba escrito el capítulo final de uno de los episodios más impactantes del espionaje de la Guerra Fría, no porque su protagonista trabajara al servicio de una potencia extranjero, más precisamente la amenazadora Unión Soviética, sino porque había quedado envuelto en un triángulo amoroso del que no era consciente y uno de cuyos vértices era, sí, un agente de inteligencia al servicio de Moscú. El peor pecado de Profumo había sido mentir cuando el caso se hizo público y estalló el escándalo, algo que en la política británica de la época era imperdonable.
De eso trató de redimirse el resto de su larga vida, durante la cual no volvió a hablar más del caso, salvo pocos días antes de su muerte, en una conversación que su hijo David decidió hacer pública. “Fue un momento terrible haberme enfrentado con esto. Sentí que no podía decir la verdad en ese momento. Pensé que todo iba a desaparecer un tiempo. No podía reconocer la verdad, habiendo llegado tan lejos diciendo mentiras. Pensé que una más no habría importado tanto, pero me equivoqué”, le dijo cuando ya sabía que su tiempo estaba contado y era muy escaso.
Por eso, 43 años antes de esa última confesión, cuando debió renunciar a su cargo de ministro de Guerra del Reino Unido y a una carrera política que prometía llevarlo al número 10 de Downing Street, Profumo no puso el eje en el escándalo sino en la mentira con que quiso despegarse. “Dije que no había habido ninguna incorrección. Para mi profundo pesar, tengo que admitir que esto no era cierto”, escribió en la carta de dimisión que le dirigió al primer ministro Harold Macmillan el 5 de junio de 1963.
Esa mentira no la había dicho en cualquier parte, sino en un lugar que la potenció todavía más: en la Cámara de los Comunes, durante una sesión donde se le pidió que explicara la naturaleza de su relación con una ignota mujer llamada Christine Keeler. La relación por sí misma era un escándalo: Profumo tenía 49 años y la joven apenas 19. El hombre era uno de los funcionarios más encumbrados del reino, Christine podía exhibir un currículum de bailarina de top-less y escort de nobles y adinerados. El ministro, además, estaba casado con la actriz Valerie Hobson, una de las preferidas de los británicos.

El escándalo y la mentira
Corrían tiempos de cimbronazos culturales en Gran Bretaña y en toda Europa. En el Reino Unido, los Beatles y los Rolling Stones no solo revolucionaban la música sino también todo un clima cultural signado por el arte pop pero, a la vez, seguía censurada El amante de Lady Chatterley, la novela que D.H. Lawrence había escrito 35 años antes, prohibida con la calificación de pornográfica. La comunicación amarillista que comenzaban a atrapar al gran público, era por sí sola un desafío para la moral inglesa dominante.
En marzo de 1963, cuando el caso tomó estado público, Profumo debió presentarse ante el Parlamento para hablar de la naturaleza de su relación con la joven Christine Keeler. “No hay nada impropio en ella”, les dijo a los diputados y se lo reafirmó a Macmillan, asegurando que no se trataba de una relación extramatrimonial. Con la seguridad de su palabra, el primer ministro decidió mantenerlo en el cargo.
El Muro de Berlín emergía flamante y la Guerra Fría había alcanzado su clímax apenas un año antes con la crisis de los misiles soviéticos en Cuba. El aire entre los dos bloques –el occidental y el soviético– se podía cortar con un cuchillo. El espionaje era un arma y los agentes de uno y otro lado participaban en una verdadera guerra de inteligencia y contrainteligencia. En medio de esa sorda batalla, el servicio de inteligencia interior inglés, el MI5, tenía un dato estremecedor: Keeler, además de ser amante de Profumo – y de otros hombres– también lo era del agregado militar de la Embajada Soviética en Londres, Yevgeny Ivanov, de 35 años, que en realidad era un espía.
Ese tercer ingrediente hizo que el cóctel se volviera explosivo, porque al escándalo moral se sumaba la existencia de un espía soviético también amante de Keeler. De la noche a la mañana, el caso se convirtió en una cuestión de Estado en la que se sospechaba no solo una imprudencia del ministro, sino una posible traición al país. Por eso, el MI5 filtró la información clave al semanario Westminster Confidential para forzar la renuncia de Profumo que, además, debió admitir que había mentido.

Balazos en la puerta y una carta delatora
John Profumo y Christine Keller se había conocido a mediados de 1961 en una fiesta organizada por el médico osteópata y pintor Stephen Ward, hombre muy relacionado con la Casa Real –más precisamente con Felipe, el príncipe consorte de la reina Isabel II-, la aristocracia y el ambiente político británicos. Esa misma noche comenzaron una relación discreta que pudieron mantener en las sombras durante más de un año. Es probable que hubiera seguido así si no fuera por la irrupción de un amante despechado.
El ministro nunca dijo si sabía o no que Keeler mantenía relaciones amorosas con otros hombres, pero en caso de no saberlo se enteró el 14 de diciembre de 1962, cuando el promotor musical Johnny Edgecombe golpeó la puerta del departamento de Cristine en el barrio londinense de Marylebone y la joven no quiso abrirle. Despechado, Johnny sacó un revólver de su bolsillo y disparó varias veces contra la puerta. Edgecombe fue detenido y acusado de intento de homicidio.
El asunto pudo haber pasado inadvertido, pero dos elementos llamaron la atención de los medios sensacionalistas de la época: allí vivía también otra chica, Mandy Rice-Davis, menor de edad, y el departamento pertenecía a Ward. Los titulares apuntaron a que allí se realizaban “orgías de ricos y famosos”. De todos modos, no pasaba de ser un caso policial que, tarde o temprano, sería reemplazado por otro en la atención del público. Los nombres de Profumo y del amante soviético, Ivanov, no salieron a la luz en ese momento.
Después de los tiros y por precaución, Profumo cortó la relación con Christine mediante una carta que la joven conservó, pero no tuvo en cuenta que a la chica le gustaba hablar y que, a través de Ward, se relacionaba con otros políticos, tanto conservadores como laboristas. Fue en una fiesta que, ese mismo diciembre del tiroteo, Christine conoció al parlamentario laborista John Lewis, enemigo acérrimo de Profumo. Entre copa y copa, la joven le contó que conocía al ministro de Guerra y también –quizás para darse corte de relaciones en el mundo diplomático- nombró al agregado militar soviético.
Pocos días después, Lewis y otro parlamentario laborista, el barón George Wigg, iniciaron una investigación para desnudar la relación adúltera entre Profumo y la joven Christine. No es seguro, pero tal vez haya sido uno de ellos quien hizo llegar el nombre de Yevgeny Ivanov al MI5. La existencia de esa investigación sobre Profumo por adulterio se filtró a la prensa y los periodistas comenzaron a buscar a Christine, que no sólo contó al tabloide Sunday Pictorial que conocía íntimamente al ministro sino que ofreció –a cambio de dinero– el texto de la carta de despedida que éste le había enviado, donde la llamaba sugestivamente “Darling”.
Después de eso, Christine se fue a España y no se presentó a declarar en el juicio contra Edgecombe, que fue condenado a siete años de prisión por intento de homicidio. Profumo quedó solo en Londres para enfrentar la tempestad.

Una de sexo y espionaje
La prensa británica comenzó a seguir el caso y le dedicó grandes titulares. Para los medios sensacionalistas era una explosiva historia de sexo y espionaje que multiplicaba las ventas, para los medios serios, una gravísima cuestión de Estado. Los primeros días de marzo de 1963 la revista Private Eye publicó una primera nota que contaba todo el affaire con pelos y señales. Allí aparecían los nombres del doctor Ward, casi como un celestino, el ministro Profumo y el agregado militar Ivanov, presunto espía soviético, que ya había sido mencionado días antes por el Westminster Confidential como posible espía con información filtrada por el MI5.
Los hechos se sucedieron entonces de manera vertiginosa. En menos de 24 horas, la Embajada soviética mandó a Ivanov de regreso a Moscú, mientras Profumo era citado a declarar en la Cámara de los Comunes, donde mintió. La mentira duró poco: menos de dos meses después, el 5 de junio, presentó su renuncia y admitió que había faltado a la verdad frente a los diputados. El médico Ward enfrentó un juicio acusado de haber explotado sexualmente a Christine Keeler y Mandy Rice-Davies. El hombre no pudo soportar la presión ý días antes de la fecha fijada para que el tribunal dictara la sentencia, se suicidó con barbitúricos. Chistine Keeler pasó cuatro meses en la cárcel por haber mentido sobre la agresión de Lucky Gordon, otro de sus amantes.
Sacudido por el escándalo del Caso Profumo –aunque no solo por eso-, el gobierno conservador de Harold Macmillan sobrevivió apenas tres meses más. En su caída, el renunciado ministro de Guerra arrastró a todo el partido.

En busca de la redención
El escándalo acabó con la vida política de John Profumo, que pasó de ser la estrella con más futuro político del Partido Conservador a un paria sospechoso de traición. Sin embargo, nunca se pudo probar que le contara algún secreto de Estado a Christine Keller, ni tampoco que ésta le pasara información a Ivanov. Tuvo el consuelo de que, a pesar de la infidelidad y de la exposición pública a la que se vio sometida por los actos de su marido, Valerie Hobson siguió su lado y le dio su apoyo.
Días después de renunciar, Profumo se presentó a pie en el centro de ayuda a personas sin hogar Toynbee Hall, en el este de la capital británica, y pidió que lo dejaran colaborar lavando los platos. Durante décadas realizó esa y otras tareas de en el centro de caridad, incluyendo la limpieza de los baños. Aprovechó también los contactos políticos que aún mantenía en privado para obtener importantes donaciones y ayudas estatales para la organización. Demoraron mucho tiempo en convencerlo que asumiera la dirección de Toynbee Hall en lugar de seguir lavando los platos. Al anunciarse finalmente su nombramiento, el director saliente dijo que “costó dejar el la espona para dedicarse a tareas de gerencia”.
El mundo político demoró más de tres décadas en volver a aceptarlo, aunque solo como simple invitado. En 1995, la ex primera ministra Margaret Thatcher, le abrió las puertas de su casa para que asistiera la fiesta de su septuagésimo cumpleaños, lo que se leyó como un claro y definitivo gesto de reivindicación, no solo del Partido Conservador sino también de la Corona, ya que durante la ceremonia se le asignó un asiento junto a la reina Isabel II.
En 2003, el ex primer ministro laborista Tony Blair, consiguió que el parlamento lo reincorporara al consejo real del que también había sido expulsado en 1963. John Profumo tenía por entonces 88 años y le quedaban solo tres de vida.

El destino de una mujer
Demonizada por los mismos medios que le habían pagado por entrevistarla, al salir de la cárcel Christine Keller desapareció durante años de la vida pública. Tuvo dos matrimonios que duraron muy poco tiempo y dos hijos. Con el tiempo, comenzó a hablar del caso y en 2001 publicó un libro de memorias, The Truth at Last, donde además de revelar que había estado embarazada de Profumo, aseguraba que el entonces jefe del MI5, Sir Roger Hollis, había sido un espía soviético.
Contó también que tanto el MI5 como el MI6 la habían presionado para que brindara información sobre Profumo, Ivanov y el doctor Ward. Sobre el médico, aseguró que los servicios de inteligencia británicos lo habían utilizado para tratar de captar a Ivanov como agente doble, pero que Ward fracasó en el intento.
En la presentación del libro, Keeler aseguró que, cuando comenzó el escándalo, intentó aprovechar económicamente su impensada popularidad y que había llevado esa atención de los medios bastante bien, pero que luego sintió que estaba viviendo una pesadilla. “Querían saber sobre el sexo por supuesto, pero no el resto. Nadie quería saber el resto de la historia. Hoy siento que he cargado con los pecados de una generación”, dijo.
Christine Keller murió el 4 de diciembre de 2017, a los 75 años. Poco antes, en una entrevista con la revista Vanity Fair había recordado el affaire: “Yo era simplemente una chica de 19 años tratando de pasar un buen rato. Y disfruté de cada minuto de ello. Pero si hubiera sabido todo lo que iba a pasarme, habría salido corriendo sin parar hasta encontrar a mi madre”, dijo.
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