
De niña conquistó al mundo con una ternura casi imposible de fabricar. Tenía apenas siete años cuando su cara se volvió inolvidable gracias a E.T., el extraterrestre, dirigida por Steven Spielberg. Su personaje —una nena dulce, de ojos enormes y gran sensibilidad— formó parte de una de las películas más exitosas de todos los tiempos. Hollywood había encontrado a su nueva niña prodigio.
Pero detrás de esa imagen luminosa había una historia mucho más oscura.
Nació el 22 de febrero de 1975 en Culver City, California, dentro de una de las dinastías más célebres del espectáculo estadounidense. Su padre John fue actor, heredero de un apellido legendario y también de una herencia marcada por el alcoholismo y la violencia. Su madre, Jaid, actriz y luego su representante, la introdujo desde muy pequeña en un ambiente adulto que terminaría devorándola.
A los ocho años, mientras otros chicos aprendían las tablas de multiplicar, ella asistía a fiestas en el mítico Studio 54. La primera cerveza llegó antes de los diez. El primer cigarrillo, también. A los once ya había probado marihuana y consumía cocaína. En su libro de memorias, Little Girl Lost, escrito tras salir de rehabilitación por segunda vez —¡a los 14 años!—, relató cómo ahorraba el dinero del taxi de los rodajes para destinarlo a sus salidas nocturnas.
A los doce ya había pasado por una clínica de rehabilitación. A los trece tocó fondo: escapadas, robos, titulares feroces que la convertían en la nueva “muñeca rota” de Hollywood. Fue internada durante 18 meses en una institución psiquiátrica. Allí vivió una disciplina que describiría como “entrenamiento militar”, dura y oscura, pero necesaria. Fue en ese encierro donde tomó una decisión radical: emanciparse legalmente de su madre y convertirse en adulta antes de tiempo. “Mis padres no me habían enseñado a respetarme; lo aprendí ahí adentro”, contaría años después.

Cuando salió, casi nadie confiaba en su recuperación. Parecía un talento desperdiciado demasiado pronto. Trabajó como moza, limpió baños y aceptó papeles pequeños hasta reconstruir su imagen. A los 17 volvió al cine con Poison Ivy, interpretando a una adolescente peligrosamente sensual que dialogaba con su propia reputación pública. Más tarde fundó su productora, Flower Films, y protagonizó éxitos como Jamás besada y 50 First Dates.
En lo personal, atravesó matrimonios breves y relaciones intensas. La maternidad transformó su perspectiva: madre de dos hijas, aseguró que jamás permitiría que ellas crecieran como actrices infantiles. Sabe que crecer en un set no es normal y que la fama precoz puede ser una trampa.
Hubo un momento en que pensó que moriría a los 27. No ocurrió. Eligió la moderación, el equilibrio y la honestidad brutal sobre su pasado. Decidió contar su historia antes de que otros la contaran por ella.
Respuesta: la niña de las fotos es Drew Barrymore
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