
A los quince años, Holly tomó la decisión más difícil de su vida: entregó a su bebé en adopción. Cursaba el quinto mes de embarazo cuando entendió que lo mejor sería confiarlo a otra familia. Así comenzó su búsqueda a través de una agencia de adopción en el estado de Utah, en Estados Unidos, de donde es oriunda. Quería que su hijo, al que llamó Benjamín, pudiera tener todo aquello que ella y su familia no estaban en condiciones de ofrecerle. “Se merecía una madre y un padre, una casa con juegos en el patio trasero, un perro, todas esas cosas que no pude darle”, contó Holly Shearer al portal de noticias KSL.
Corría noviembre de 2001, en la antesala del Día de Acción de Gracias, cuando la adolescente conoció a los padres adoptivos que había elegido, un matrimonio con problemas de fertilidad. Ella solo sabía sus nombres de pila: Angela y Brian. Del mismo modo, los Hulleberg apenas conocían a Holly por su primer nombre.
Holly se tomó fotos durante su embarazo y se tomó otra con su hijo al nacer. Ella no perdió la sonrisa, aunque en sus ojos asomaban la tristeza y la resignación de no poder ser esa mamá que, quién sabe, a tan corta edad quizá había soñado ser.
Hay una imagen que registra el instante en que le entrega a Benjamín a la pareja: Holly mantiene la sonrisa intacta, como si intentara convencerse de que estaba haciendo lo mejor para su hijo. Angela, una mujer que aparentaba tener unos 40 años o un poco más, describió ese momento como el más feliz de su vida. Escribió en la foto: “Holly givin us Benjamin. This was the happiest day of mine and Brian’s life” (“Holly dándonos a Benjamin. Este fue el día más feliz de la vida de Brian y mío”).

Los padres adoptivos acordaron con la madre adolescente tener novedades sobre niño hasta los 3 años. Se comprometieron a enviarle una carta semanal con fotos de Benjamín. Y así fue: cada jueves, Holly, emocionada revisaba la correspondencia y se encontraba con las imágenes del pequeño jugando, de paseo, dando sus primeros pasos. Ella quería saber.
El tiempo pasó. Los padres de Benjamín se ocuparon de hablarle de Holly cada vez que él preguntaba, aunque con los años dejó de hacerlo con tanta frecuencia. Cuando cumplió 18, quiso conocerla, pero no encontró la manera de localizarla: solo tenía su nombre. A pesar de estar profundamente agradecido por la familia que lo adoptó, siempre sintió la necesidad de saber más sobre la joven que lo había dado en adopción.
Cuando Benjamín cumplió 20 años, Holly logró encontrarlo en redes sociales y decidió escribirle un mensaje por Facebook. Primero le deseó un"Feliz cumpleaños" y él al preguntarle quién era, recibió esta conmovedora respuesta:
“Hace 20 años tomé la decisión más difícil de mi vida y puse a mi hermoso bebé en adopción con una hermosa familia. No tengo intención de poner tu vida patas arriba. Pensé en vos todos los días y finalmente tuve el coraje de mandarte un mensaje deseándote un feliz cumpleaños”.
Dos días después, Angela, Brian Hulleberg y Holly se reunieron para cenar. “Se veían básicamente iguales a como los recordaba, así que fue agradable”, manifestó la mujer, ya de 35 años. “Luego, unos cinco minutos después de que nos sentamos, llegó Benjamin y se acercó, me tocó en el hombro y la alegría me desbordó. Nos sentamos abrazándonos durante unos cinco minutos y llorando. Simplemente ocurrió”, contó .

La conversación en esa cena fue reveladora y cálida. Benjamin les contó a todos cómo había intentado dar con Holly en los últimos años: se había inscrito en registros de adopciones, escrito cartas e incluso se había hecho una prueba de ADN en su búsqueda. Pero nunca había logrado encontrarla hasta que Holly lo localizó primero en redes sociales. “Fue mucho para asimilar”, comentó él al recordar cómo se sintió al recibir el esperado mensaje.
Mientras hablaban sobre sus respectivos trabajos, descubrieron algo increíble: ambos trabajaban en el mismo hospital, el St. Mark’s Hospital de Salt Lake City, capital de Utah. Habían coincidido allí durante los últimos dos años. Holly trabaja en el Centro de Estudios del Corazón como asistente médica, mientras que Benjamín es voluntario en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. Cuando ella salía de su turno, él entraba. Pensaron en la posibilidad de haberse cruzado en el estacionamiento o en los ascensores. La adolescente que le dio la vida había estado allí, a pocos pasos de él.
El encuentro no fue vivido como una amenaza para los padres adoptivos. Angela ofreció entrevistas a distintos medios para hablar del amor y el respeto que siente por la madre biológica de su hijo. Holly, a su vez, declaró estar profundamente agradecida con Angela por haberle dado a Benjamín una “vida maravillosa”.
Cuando menos lo esperaba —y cuando más lo necesitaba—, el joven encontró a Holly. Nunca habían dejado de buscarse. Que las dos mujeres pudieran sentarse a la misma mesa, sin competir por el lugar de madre— terminó de darle a sus historias un cierre inesperado más allá de asombrosa coincidencia: no hubo pérdida, sino suma. Benjamín no recuperó una madre ni traicionó a otra. Simplemente entendió que su vida había sido sostenida por el amor de ambas.
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