
La imagen capturada por la cámara transmite una horrorosa calma, la del instante después. Esa calma quizás provenga de la flojedad de las sogas que atan las piernas del hombre al blindado, una prueba de que el vehículo se ha detenido. También están en calma los dos soldados estadounidenses que se ven sobre la máquina de guerra, una calma espantosa porque es la de la indiferencia ante la muerte. Porque muerto está el hombre, un joven combatiente del vietcong, que está atado al blindado, pero posiblemente estuviera vivo antes cuando, atado con esas sogas, bocabajo, comenzó a ser arrastrado hasta por el blindado de los soldados indiferentes. Uno, el que empuña la ametralladora, mira hacia atrás y su rostro no muestra emoción alguna; el otro, sentado o a punto de bajar por un costado del vehículo, parece estar encendiendo un cigarrillo. A ninguno de ellos parece preocuparles el hombre que acaban de matar. No en un enfrentamiento de guerra de guerra, sino en un asesinato perpetrado con un método de tortura. Es Vietnam.
El almanaque marca el jueves 24 de febrero de 1966 y el hombre detrás de la cámara es Kyoichi Sawada, un fotógrafo japonés que trabaja para la agencia estadounidense UPI. Hace un año que está de manera casi permanente en el territorio que muchos todavía llaman Indochina, donde se desarrolla la guerra en la que los Estados Unidos ya participa desembozadamente. Si Sawada está allí para cubrirla es mérito de su talento y de su prepotencia. El año anterior había pedido que lo enviaran, pero sus jefes en la agencia se negaron. Aprovechó entonces unas vacaciones y viajó por las suyas, con dinero de su bolsillo y su cámara sin asegurar. Estaba allí cuando tomó otra foto, la que convenció a la agencia de que se debía quedar.

Esa primera foto muestra otro de los horrores de la guerra, el de los civiles que deben escapar de sus pueblos arrasados, pero también transmite una precaria esperanza. La imagen capturada por Sawada muestra a dos mujeres, una de ellas con un bebé apretado contra su pecho con un brazo, y a dos niños en el agua. Las hojas de una planta, en la parte inferior de la foto, a la izquierda, permiten deducir que están por llegar a la orilla, aunque todavía el agua les llega alto en los cuerpos. Uno de los niños mira directamente a la cámara y en sus ojos hay extrañeza y dolor; el otro mira hacia adelante y tiene el ceño fruncido por es esfuerzo, o quizás por el llanto. La mujer que carga el bebé, la más joven, tiene la boca abierta y los dientes apretados, como si necesitara conseguir una última fuerza para llegar a la orilla; la otra, mayor, mira a la cámara igual que el primero de los chicos, pero con un gesto indescifrable.
Kyoichi Sawada estaba en unas insólitas vacaciones en un frente de guerra de Vietnam cuando tomó esa foto, pero de todos modos se la hizo llegar a la agencia, que la distribuyó a todos sus abonados y fue publicada en casi todo el mundo. La tituló Huir a un lugar seguro, para anclarla con un toque de esperanza en medio del horror. Con esa imagen ganó el premio de 1965, el premio Pulitzer, un premio del Overseas Press Club y el premio US Camera Achievement. También hizo que UPI lo asignara oficialmente a su oficina en Saigón para que siguiera cubriendo el desarrollo de la guerra. Por eso pudo tomar esa segunda foto, que no necesitó título, y que –dicen, aunque nadie puede probarlo– le costó la vida cuatro años después.

El ojo y la cámara
Sawada nació en Aomori, Japón, en 1936. Hizo parte de la escuela primaria mientras su país participaba de la Segunda Guerra Mundial y comenzó la secundaria en 1949. Ese año, cuando cumplió 13, se compró la primera cámara con el dinero que ganó como repartidor de diarios. Cada vez que alcanzaba la suma necesaria, la invertía en un rollo. Nada le atraía más que sacar fotos y por eso, al terminar el bachillerato buscó y consiguió trabajo en una tienda de fotografía en la Base Aérea estadounidense de Misawa, en Aomori.
Fue un primer paso, porque si bien se sentía en su salsa entre tantas cámaras y lentes, Sawada no quería ser un simple vendedor especializado, sino que pretendía hacerse un oficio como reportero gráfico. Comenzó entonces a cubrir todo tipo de eventos y noticias como fotógrafo independiente y recorrió con sus fotos las redacciones de diarios y agencias para venderlas. Su trabajo ya era bueno por entonces y la prueba es que consiguió trabajo en uno de los lugares más exigentes, la oficina de la agencia estadounidense UPI en Tokio.
En 1965 buscó dar otro paso en su carrera y pidió a sus jefes que lo enviaran a cubrir el conflicto de Vietnam como corresponsal de guerra. Le dijeron que no, que de eso se ocupaban los fotógrafos estadounidenses y vietnamitas que tenía la agencia. No insistió, porque ya había decidido hacerlo por su cuenta. Esperó las vacaciones, tomó su cámara, pagó el pasaje con fondos y se mandó a fotografiar la guerra. La foto de las mujeres y los niños en el agua le valió que la agencia lo dejara quedarse y tomar, entre muchas otras, la segunda foto, la del combatiente atado al blindado, después de la batalla de Suoi Bong Trang el 24 de febrero de 1966, con la que volvió a ganar el premio World Press Photo of the Year por segunda vez.
Siguió en Vietnam y en 1968, durante la batalla de Hue, consiguió otra foto que hizo historia al capturar la imagen del cabo primero Don Hammons inmediatamente después de ser herido por fuego enemigo; Hammons murió unos minutos más tarde. Poco después la agencia lo ascendió, pero para Sawada fue un disgusto porque el cargo de editor de imágenes lo obligó a volver a Tokio y alejarse del frente de guerra.
Consiguió que lo enviaran nuevamente a Vietnam en marzo de 1970, cuando la guerra se extendía a Laos y Camboya. Le tocó cubrir el conflicto en ese último país, luego del golpe de estado. Para entonces era un corresponsal de guerra muy experimentado, que sabía moverse con habilidad y cautela en territorios hostiles.

El silencio y las palabras
El ejército estadounidense nunca informó los nombres de los soldados de la Primera División de Infantería que arrastraron al combatiente del vietcong atado a un blindado de transporte de personal M113. Nunca se conocieron sus identidades ni qué fue de ellos. En cambio, muchos años después, en agosto de 2023, el periodista nipón Shinsuke Yasuda, del periódico The Japan News, pudo localizar al niño y la niña sumergidos en el agua que Sawada registró en Huir a un lugar seguro y los entrevistó.
El 6 de septiembre de 1965, día en que se tomó la foto, el cielo estaba despejado. Alrededor del mediodía, Nguyen Van Anh, de 14 años, contenía la respiración en un refugio antiaéreo con su hermana de 8 años, Nguyen Thi Kim Lien. Su madre y otros aldeanos estaban con ellos cuando oyeron el rugido de las bombas.
En su crónica, Yasuda relata así lo que le contaron los chicos Nguyen: “Según recuerdan Anh, ahora de 72 años, y Lien, de 66, soldados estadounidenses se acercaron y les apuntaron con armas. Ellos y otros niños lloraron. Las mujeres, juntando las palmas de las manos, suplicaron a los soldados que no dispararan. Anh dijo que pensó que iba a morir en ese mismo instante. Los soldados estadounidenses les ordenaron que se trasladaran a un lugar más seguro, lejos del bombardeo. Liderados por su madre, Anh y Lien abandonaron el refugio. Entre el estruendo de las bombas, se adentraron en un río frente a su casa. A unos 10 metros de la orilla opuesta, vieron a un hombre con uniforme militar. Les apuntaba con lo que les pareció una pistola. De repente, oyeron chasquidos y creyeron que les disparaba”, escribió.
Ese hombre de uniforme era Kyoichi Sawada. Cuando el periodista de The Japan News les preguntó que pensaban de la foto, Lien le respondió: “Era algo común en Vietnam en aquella época. No éramos especiales”. Una definición que seguramente le habría gustado a Sawada y a cualquier otro periodista que aspira a mostrar un panorama general utilizando pequeñas historias.

La muerte y el rumor
Kyoichi Sawada seguía cubriendo la guerra en Camboya cuando, en octubre de 1970 llegó el nuevo jefe de la de la oficina de UPI en Phnom Penh, la capital. Se llamaba Frank Frosch y quería ver el conflicto con sus propios ojos. Sawada se ofreció entonces a acompañarlo hasta Chambak, el puesto avanzado más meridional del ejército camboyano. El 26 de octubre partieron de la capital y tomaron la ruta a bordo de un vehículo de la agencia. Fue la última vez que se los vio con vida.
Al día siguiente, la agencia UPI envió desde la capital camboyana un despacho a todos sus abonados informando sobre la muerte de sus hombres. “Dos periodistas fueron encontrados muertos al costado de una carretera hoy, elevando a siete el total de periodistas que se sabe que murieron mientras informaban sobre la guerra en Camboya. Las últimas víctimas fueron Jesse Frank Frosch, jefe de la oficina de Phnom Penh de United Press International, y Kyoichi Sawada, fotógrafo de UPI y ganador del Premio Pulitzer. Evidentemente, fueron abatidos a tiros por tropas vietnamitas o comunistas locales ayer por la tarde a unas 20 millas al sur de aquí. Soldados camboyanos encontraron los cuerpos del Sr. Frosch, de 28 años, y del Sr. Sawada, de 34. El coche en el que viajaban estaba acribillado a balazos, se salió de la carretera y se estrelló contra un árbol. Los cuerpos yacían en un arrozal a muchos metros de distancia, el más cercano a más de seis metros del coche. Ambos hombres habían recibido varios disparos en el pecho. No se encontraron manchas de sangre en el coche”, decía la información.
Y agregaba: “La conclusión a la que se llegó fue que los atacantes habían llevado al Sr. Frosch y al Sr. Sawada al arrozal, después de que sus disparos provocaran el accidente del coche, y habían recibido disparos a quemarropa. No había posibilidad de que los confundieran con soldados porque su automóvil, un pequeño sedán, era azul brillante y ambos hombres vestían ropa civil de colores llamativos”.
Nunca se supo con certeza quiénes habían emboscado y matado a Kyoichi Sawada y Frank Frosch. No es extraño que algo así ocurra en una guerra y no pueda esclarecerse. Tampoco se puede saber si tiene algo de cierto la versión que comenzó a correr poco después de la muerte del fotógrafo: que lo habían emboscado y asesinado soldados estadounidenses para vengarse de una foto que mostró a dos de ellos cometiendo un crimen de guerra.
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