
“No vi caer nada… de hecho, no sabía nada de que alguien cayera del avión hasta que escuché a la gente hablar de eso, pero nunca imaginé que había tomado la foto”, explicaba, una y otra vez, el fotógrafo aficionado John Gilpin una semana después, cuando al revelar el rollo de película descubrió la imagen del chico cayendo del cielo. En ese momento toda Australia hablaba de la trágica muerte de Keith Sapsford, el adolescente de 14 años que había querido viajar de polizón escondido en el tren de aterrizaje de un avión de pasajeros y había muerto en el intento.
El 22 de febrero de 1970 cayó en domingo, pero eso no significaba un día de libertad para Keith porque estaba internado en Town Boys, una rígida institución católica del sur de Sidney destinada a “enderezar” a chicos problemáticos. Allí lo habían enviado sus preocupados padres, cansados de que se escapara del hogar en busca de aventuras. El chico se iba sin aviso y hacía dedo para viajar a otras ciudades. Porque lo que más le interesaba en la vida era conocer el mundo.
Llevaba dos semanas internado en el Town Boys cuando se escapó esa mañana de domingo, dispuesto no ya a hacer dedo sino a irse del país en avión. Quería volar lejos. Llegó, no se sabe cómo, al Aeropuerto Kingsford Smith de Sydney y de alguna manera se coló en la pista. No tenía dinero para un pasaje y aunque lo tuviera nadie dejaría subir a un avión a un chico de 14 años, solo y sin pasaporte. Tampoco se sabe – porque no vivió para contarlo – por qué eligió meterse en uno de los compartimentos de las ruedas del avión Douglas DC-8 de Japan Airlines que saldría en unas horas con rumbo a Tokio, con escalas en Manila y Hong Kong. Quizás quería conocer el lejano oriente, o tal vez lo hizo sin saber a dónde iba, simplemente porque se le presentó la oportunidad.
A la hora señalada – sin un minuto de retraso – el avión comenzó a carretear por la pista con todos los pasajeros a bordo y un polizón. Se elevó y cuando había alcanzado 60 metros de altura, el piloto abrió el compartimento de las ruedas para alojar el tren de aterrizaje. Una maniobra rutinaria cuyo mecanismo Keith desconocía y ese desconocimiento le resultó fatal. Al mismo tiempo que el tren de aterrizaje se contraía, el chico cayó al vacío a la velocidad de la gravedad y se estrelló contra el suelo.
Las pericias descubrieron que había caído del compartimento del tren de aterrizaje porque allí se encontraron algunos fragmentos de ropa que coincidieron con la que llevaba puesta y sus huellas dactilares. Los forenses determinaron que había muerto instantáneamente y agregaron una nota en su informe: aunque no hubiese caído, lo más probable es que hubiera muerto congelado durante el vuelo.
Un fotógrafo aficionado
Ese domingo, como muchos otros en los que no trabajaba, John Gilpin, de 22 años, salió de su casa armado con su cámara para hacer fotografías. Soñaba con ser fotógrafo profesional, quizás reportero gráfico de un diario, pero por el momento lo de sacar fotos no pasaba de ser una afición. Se subió al auto y manejó hasta el Aeropuerto Kingsford Smith para hacer tomas de las aeronaves que despegaban y aterrizaban. Se instaló a un kilómetro de la pista con su cámara con teleobjetivo y esperó.
Desde esa distancia, al ver carretear por la pista al avión de Japan Airlines y se preparó para gatillar en el momento que comenzara a elevarse. Apretó el percutor cuando la aeronave estaba aproximadamente a 60 metros de altura y tomó una foto. No notó nada extraño al mirar a través de la lente. Después hizo correr el carrete de película y esperó la llegada o la salida de algún otro avión. Siguió así durante horas, sin saber lo que había ocurrido en el aeropuerto.

Se enteró del vuelo de la muerte de Keith Sapsford al día siguiente por las noticias, como todo el mundo, y ni siquiera se le ocurrió pensar que el DC-8 de Japan Airlines era uno de los aviones que había fotografiado al despegar. Trabajó toda la semana y recién el sábado siguiente se encerró en el cuarto oscuro que tenía montado en su casa para revelar las fotos tomadas en el aeropuerto. Al principio no supo qué estaba viendo porque era apenas un punto debajo del avión. Tuvo que ampliar la foto para descubrir que ese punto era una persona cayendo.
Al día siguiente, la foto tomada por Gilpin, ampliada al punto de quedar granulada, recorría el mundo. Mostraba a Sapsford en el aire, con la espalda encorvada, los brazos hacia adelante y las piernas abiertas, congelado en su caída fatal.
“Quería ver el mundo”
Cuando fue publicada la foto, la historia y el triste final de Keith ya era casi una noticia vieja. Al día siguiente de la tragedia su padre, Charles Sapsford, un profesor universitario de ingeniería mecánica e industrial, se la había contado a un periodista de la agencia AP, que distribuyó el artículo en todo el mundo. “Mi hijo solo quería ver el mundo. Tenía ganas de ir a ver cómo vivía el resto del mundo y eso le costó la vida”, contaba el hombre y lamentaba que Keith hubiera sido tan desobediente y apresurado.
Se supo así que la pasión por viajar era una cosa de familia y que Keith ya había recorrido varios países con sus padres. “No podía esperar entre un viaje y otro”, le explicó el atribulado profesor al periodista y le confesó que lo habían internado en el Town Boys porque solía escaparse de la casa y desaparecer durante días. “Tenía un impulso por mantenerse en movimiento”, contó y lamentó que las paredes del instituto donde lo habían internado no hubieran sido lo suficientemente altas para detenerlo.
De las declaraciones del padre se deducía que el trágico fin de Keith podía considerarse una muerte anunciada. El hombre contó que, al volver de su último viaje, en una conversación familiar, el chico había dicho que algún día iba a colarse en el tren de aterrizaje de un avión para viajar a otro país y que él, aunque no lo tomó en serio, le contó una historia que había leído en los diarios: la de un joven español que había muerto al querer volar como polizón escondido en el compartimento de las ruedas. Al escucharla, Keith rió y la cosa quedó ahí. “Jamás imaginé que iba a hacerlo”, le dijo Charles al periodista de AP.
No tan extraño
Por la caída desde las alturas y la corta edad de su protagonista, el caso de Keith Sapsford es casi excepcional, pero eso de intentar viajar como polizón en el tren de aterrizaje de un avión no lo es tanto. Según la Administración Federal de Aviación de los Estados Unidos, desde 1947 hasta el año último, 128 personas de todo el mundo intentaron viajar colados de esa manera, ocultas en el tren de aterrizaje. Más del 75% de ellas perdió la vida en el intento.
En la mayoría de los casos, las muertes no se producen por caídas como las de Keith sino por otros factores. La altura puede resultar fatal: a 5.490 metros, ocurre la hipoxia, que causa debilidad, temblores, mareos y trastornos visuales; a los 6.710 metros, el polizón tendrá que luchar para mantenerse consciente ya que el nivel de oxígeno en sangre disminuye; y por encima de los 10.065 metros, los pulmones necesitan presión artificial para funcionar normalmente. Al mismo tiempo, es probable que sufran hipotermia, porque se vuela a alturas donde la temperatura puede llegar a 63 grados centígrados bajo cero. Incluso aquellos que tienen la suerte de no resultar mutilados por el tren de aterrizaje retráctil o muertos en estas condiciones climáticas extremas, casi seguro estarán inconscientes al momento de que las puertas del compartimiento se abran a unos pocos miles de metros sobre el suelo y caerán al vacío.
Aunque existen casos similares, son pocos los polizones que como Keith Sapsford hacen el intento por el simple afán de aventuras. La mayoría son perseguidos políticos que tratan de escapar de ese modo de regímenes autoritarios o personas pobres y desesperadas que tratan de migrar así a Europa o los Estados Unidos en busca de un futuro. Por lo general, ese futuro es una muerte horrible. “O mueren aplastados contra el suelo o congelados. Hay un enorme grado de ignorancia. Si supieran en lo que se están metiendo, no lo harían”, explica el experto en aviación David Learmout en un artículo publicado en la revista Flight International.
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