La vida de una célebre bailarina del siglo XX: llevó el ballet al mundo, adoptó 15 niñas y prefirió morir antes que dejar de bailar

La rusa Anna Pavlova superó la fragilidad y las barreras de su tiempo, transformó el ballet en un lenguaje universal y lo llevó más allá de los teatros, acercándolo a públicos diversos en todo el mundo. Visitaba la Argentina con frecuencia. Había nacido el 12 de febrero de 1881

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Figura icónica de la danza
Figura icónica de la danza clásica, Anna Pávlova revolucionó el ballet con su estilo único, su sensibilidad artística y su capacidad para acercar este arte a públicos de todo el mundo

Desde sus primeros suspiros, Anna Pavlova fue un espíritu frágil que desafiaba sus límites físicos y las expectativas de la sociedad sobre el rol de la mujer y el arte en su época. Nacida prematura en un hospital militar de San Petersburgo, con un cuerpo delicado que parecía poco apto para la danza, encontró desde niña la perfección y la belleza en el ballet. Ver La bella durmiente a los ocho años le reveló el sentido de su vida: quería habitar ese mundo suspendido entre el aire y el suelo.

Nada le fue fácil; su infancia estuvo marcada por la tensión entre la fragilidad de su cuerpo y la fuerza de su espíritu. Los cuidados de su abuela la enseñaron a observar, escuchar y comprender el mundo más allá de las apariencias. Tuvo fama temprana y debió soportar rumores sobre su origen. Pero siempre tuvo algo muy en claro: la danza no era solo movimiento, sino un lenguaje capaz de transmitir emoción, cruzar fronteras culturales y tocar la intimidad del público, más allá de los salones aristocráticos.

Forjada en la disciplina rigurosa de la Escuela Imperial de Ballet, donde la exigencia chocaba con su cuerpo delicado y sus pies arqueados, Anna transformó cada caída y cada dolor en impulso para alcanzar la perfección. Su capacidad de convertir el esfuerzo en belleza definió toda su carrera. Anna siempre fue mucho más allá de lo que de ella se esperaba y llevó su arte a escenarios inesperados, popularizó la danza y la acercó a públicos de todos los orígenes.

La bailarina Anna Pávlova interpreta "La muerte del cisne", obra que se convirtió en símbolo de su delicadeza y expresividad en el escenario. Filmación de 1925

La fragilidad que se volvió arte

Anna Pávlovna Pavlova nació el 31 de enero de 1881 según el calendario juliano, vigente en Rusia en ese momento (correspondiente al 12 de febrero en el calendario gregoriano), en el hospital del Regimiento Preobrazhenski de San Petersburgo, donde su padre, Matvéi Pávlovich Pávlov, servía como oficial. Su madre, Liubov Fiódorovna, provenía de una familia campesina y trabajaba como lavandera en la casa del banquero Lázar Polyakov.

Desde muy temprano, la vida de Anna estuvo rodeada de rumores y secretos sobre su origen: algunos sostenían que era hija ilegítima del banquero, mientras que otros afirmaban que su padre tenía raíces en Crimea. Ninguna de estas versiones fue confirmada, pero todas contribuyeron a darle un aire de misterio a su vida. Haber nacido prematura y de salud frágil parecía haber marcado su destino: estar constantemente bajo cuidados especiales. Por ello, fue enviada en varias ocasiones a la aldea de Ligovo, donde quedó al cuidado de su abuela. Allí comenzó a desarrollar una sensibilidad particular hacia la belleza del arte, que la acompañaría y definiría para siempre.

Lo miraba de lejos hasta que llegó el día que todo lo cambió... En 1890, cuando apenas tenía ocho años, su madre la llevó a ver La bella durmiente, de Marius Petipa, en el Teatro Mariinski, interpretada por el Ballet Imperial Ruso. Aquella función despertó en ella un deseo que la consumía por dentro: supo que quería vivir dentro de esa música, de esos movimientos; deseaba habitar un mundo de giros, saltos y arabesques.

Alumnas de la Escuela Imperial
Alumnas de la Escuela Imperial de Ballet en "Un conte de fées", coreografía de Marius Petipa. Anna Pávlova, con diez años, aparece a la izquierda sosteniendo la jaula en su primera actuación de ballet. San Petersburgo, 1891

A los nueve años se presentó a una audición en la Escuela Imperial de Ballet, pero fue rechazada debido a su fragilidad física. Lejos de desanimarse, insistió en sus estudios y prácticas, e ingresó al año siguiente. Su nueva formación combinaría una disciplina extrema con la búsqueda constante de la perfección artística.

Los años en la Escuela Imperial fueron particularmente duros. Su cuerpo largo y delgado, sus pies fuertemente arqueados y sus tobillos frágiles contrastaban con los cánones de la época, que privilegiaban figuras compactas y musculosas. Sus compañeros la apodaron “La escoba” y La petite sauvage, pero Anna transformó la burla en determinación. Practicaba sin descanso, perfeccionando cada paso, cada giro, cada caída y cada levantamiento. Su talento natural se consolidó bajo la guía de los grandes maestros. “Nadie puede llegar a la cima armado solo de talento. Dios da el talento; el trabajo transforma el talento en genio”, afirmaba, mostrando la filosofía que guiaría toda su vida y su carrera.

Durante su último año de estudios, participó en producciones profesionales y recibió elogios tanto de críticos como de maestros. Su debut oficial en el Teatro Mariinski tuvo lugar en Les Dryades prétendues, de Pável Gerdt, y a partir de entonces su carrera comenzó a ascender sin freno. Su apariencia volátil y delicada desafió los cánones establecidos y significó una transformación profunda en la concepción de la bailarina clásica.

Anna Pávlovna Pávlova
Anna Pávlovna Pávlova

La creación de un estilo único

Luego de graduarse como bailarina profesional en Escuela Imperial de Ballet, en 1899, Pávlova ingresó al Ballet Imperial Mariinski como coryphée, un puesto superior al del cuerpo de baile. Apenas llegó se destacó por su elegancia y su capacidad para transmitir emociones. Bailó junto a figuras como Mijaíl Obújov y Serguéi Legat, y trabajó con Michel Fokine, quien coreografió especialmente para ella La muerte del cisne, obra que condensó todo el lirismo y la intensidad de su estilo. Cada gesto de Pávlova en ese solo era poesía pura; cada arabesque, un instante de delicada perfección.

Su ascenso fue imparable. En 1902 recibió sus primeros papeles protagónicos en La bayadera, Giselle y Paquita, y en 1906 fue nombrada prima ballerina. Su cuerpo delgado —que antes había sido motivo de burla— se convirtió en su sello distintivo, redefiniendo los estándares del ballet clásico. No era solo la técnica lo que impresionaba, sino su capacidad para conmover al público con una mirada, un giro o un gesto mínimo. La crítica y los espectadores la admiraban, y su arte trascendió pronto los muros del Mariinski.

Anna y su traje favorito,
Anna y su traje favorito, el de La muerte del cisne

Durante esos años, Anna buscó perfeccionar su arte visitando a maestros como Marius Petipa, repasando escenas de Giselle o Le Corsaire para recibir consejos y refinar su interpretación. Sin embargo, el coreógrafo Michel Fokine resultó decisivo en su desarrollo: la combinación de la expresividad de Anna y la sensibilidad de las coreografías del maestro ruso convirtió a Pávlova en un ícono del ballet romántico. Cada movimiento parecía reflejar su propia vida, marcada por la disciplina, el sacrificio, la delicadeza y una fuerza contenida.

Sin embargo, la ambición de Anna no se limitaba al teatro ruso. Desde sus primeras giras europeas en 1907, junto al bailarín Adolph Bolm y un pequeño grupo de artistas, demostró su deseo de llevar el ballet a todos los rincones, desde Berlín hasta Helsinki, adaptando los grandes clásicos y consolidando un estilo propio que combinaba virtuosismo técnico y lirismo escénico. Su visión era clara: el ballet no debía ser exclusivo de los salones aristocráticos, sino un lenguaje universal de emoción y belleza.

Salto emblemático en escena. La
Salto emblemático en escena. La ligereza y el virtuosismo técnico definieron el estilo de Anna Pávlova, reconocida por su capacidad para expresar emoción en cada movimiento

Giras mundiales y legado cultural

En 1909, Pávlova colaboró por un tiempo con los ballets rusos del empresario artístico Serguéi Diáguilev, participando en estrenos de obras como Las sílfides y Cleopatra, junto al prodigioso bailarín Vaslav Nijinsky. Aunque estaba allí, su interés siempre estuvo ligado a repertorios melodiosos y románticos, más cercanos a los maestros del siglo XIX.

Decidió entonces formar su propia compañía, con la que llevó el ballet clásico a escenarios de Europa, América, Asia y Oceanía. Su repertorio incluía adaptaciones de Petipa y piezas creadas especialmente para ella, en las que combinaba técnica, actuación y un refinado sentido dramático, dando lugar a lo que algunos historiadores denominaron “melodeclamación coreográfica”.

Sus giras mundiales fueron históricas y se la considera la bailarina que más viajó para llevar su arte a rincones lejanos de su ciudad.

En 1919, Anna Pavlova visitó
En 1919, Anna Pavlova visitó México y brindó una serie de funciones en los años en que el país intentaba salir de los años caóticos de la revolución (Wear SanMiguel)

En América del Sur, por ejemplo, fue pionera en interpretar el Jarabe Tapatío, Baile Nacional de México, vestida con el traje de china poblana, y cautivó al público al bailar La muerte del cisne en los jardines del Palacio Errázuriz-Alvear. En Argentina fue una visitante frecuente: actuó en el Teatro Colón y el Teatro Coliseo en 1917, 1918, 1919 y 1928.

En Buenos Aires, el reconocido fotógrafo Frans van Riel le hizo retratos que hoy son históricos. También se presentó en el Teatro Municipal de Río de Janeiro, donde dio funciones con entradas a precios populares para que personas de todos los sectores pudieran disfrutar del ballet por primera vez. Entre 1921 y 1928 recorrió Estados Unidos, India, Japón, China, Filipinas, Malasia, Egipto y Birmania, dejando en cada ciudad una huella imborrable.

Pávlova no solo enseñaba ballet: acercaba el arte a públicos que jamás habían visto una ballerina, transformando la danza en un fenómeno cultural y social. Ella respiraba danza y quería que, por un instante, todos pudieran hacerlo.

Uno de los retratos de
Uno de los retratos de Anna en Buenos Aires (Frans van Riel)

Más allá de los escenarios, también mostró un profundo compromiso humanitario. Adoptó a quince niñas huérfanas en París, fundó un hogar cerca de Saint-Cloud y utilizó su fama y recursos para financiar su educación y bienestar. Su mánager y compañero de vida, Victor Dandré, fue su principal aliado en estas iniciativas, cuidando su carrera y respaldando sus convicciones artísticas y personales. Su relación, discreta y profunda, se consolidó en un matrimonio secreto en 1914, aunque se conocían desde 1904.

El amor de Pavlova por los animales también formó parte esencial de su vida cotidiana. Cuidaba cisnes, perros, gatos y aves, muchos de los cuales aparecieron en retratos fotográficos junto a ella. En su residencia de Golders Green, en Londres, creó un espacio que combinaba parque, estanque y estudio de danza, donde podía ensayar, coreografiar y almacenar vestuarios y escenografía, convirtiendo su hogar en un verdadero santuario del arte.

Anna posando en su casa
Anna posando en su casa de Londres, junto a uno de los cisnes que cuidaba

Durante sus últimas giras, la salud de Anna comenzó a deteriorarse. En 1931, durante una visita a La Haya, fue diagnosticada con pleuresía, una inflamación del revestimiento de los pulmones. Los médicos le recomendaron una cirugía que le permitiría sobrevivir, pero que le impediría volver a bailar. Con la misma determinación que había marcado toda su vida, respondió: “Si no puedo bailar, prefiero estar muerta”. Su decisión reflejaba la entrega absoluta a su arte, un principio que guio cada ensayo, cada función y cada viaje.

El 23 de enero de 1931, Anna murió en el Hotel Des Indes de La Haya, rodeada de su doncella, su médico y Victor Dandré. Sus últimas palabras fueron un gesto final de amor por la danza: “Prepara mi vestuario de cisne”.

Fue vestida con su traje de encaje favorito y acompañada por una ramita de lilas, cumpliendo su deseo de partir como había vivido: como bailarina. Su funeral en Londres y su cremación en Golders Green se convirtieron en un homenaje a una vida de dedicación absoluta al arte, marcada por la belleza, la disciplina y la emoción pura.

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