De resistir la tortura a morir colgado de un árbol sagrado: la orden de Hernán Cortés de asesinar al último emperador azteca

En una expedición marcada por el miedo y la ambición, el conquistador español ordenó la ejecución de Cuauhtémoc. Fue en la selva, lejos de Tenochtitlan, donde se consumó el acto final de la conquista

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“Cuauhtémoc: El águila que descendió”,
“Cuauhtémoc: El águila que descendió”, de Jesús Helguera. Representa al último tlatoani de México-Tenochtitlan, símbolo de la resistencia indígena ante la invasión española. Al fondo, la grandeza de la capital mexica y los volcanes del Valle de México

Cuauhtémoc, el último huey tlatoani mexica, fue ahorcado en una ceiba, un árbol sagrado. A los 18 años, el joven guerrero cayó prisionero del colonizador Hernán Cortés y enfrentó la muerte con la misma dignidad con la que defendió Tenochtitlan hasta el último día. Su ejecución, arbitraria y justificada con una supuesta conspiración contra los españoles, buscó eliminar el último vestigio visible del poder indígena.

La expedición que culminó con su muerte había comenzado el 15 de febrero de 1525, adentrándose en la provincia de Acalán para sofocar cualquier chispa de rebelión en el Valle de México. Durante semanas, Cuauhtémoc marchó con los conquistadores por selvas interminables, lluvias y enfermedades, recordando con su sola presencia que la conquista aún no estaba completa.

Cuatro años antes, tras la caída de Tenochtitlan, Cuauhtémoc había asumido el trono de un imperio herido y organizó la resistencia con recursos escasos. Su captura no apagó su simbolismo: para los pueblos sometidos representaba la continuidad de la dignidad mexica y para los españoles, era una amenaza latente que debía ser extinguida.

La obra representa el momento
La obra representa el momento en que Cuauhtémoc fue capturado por Hernán Cortés y sus hombres (Museo Nacional del Prado)

El heredero de una ciudad sitiada

Cuauhtémoc ascendió al trono mexica en 1520, cuando el Imperio Azteca ya estaba herido de muerte. Era joven, pero no ingenuo. Sabía que heredaba una ciudad sitiada: Tenochtitlan estaba rodeada de enemigos aliados a los españoles, devastada por la viruela y fracturada por el impacto de la llegada europea. La caída de la ciudad no se explica solo por la fuerza militar de los invasores; el papel de los pueblos originarios aliados, en especial los tlaxcaltecas, resultó decisivo. Su apoyo militar y logístico, junto con el conocimiento del terreno y las rivalidades previas con los mexicas, inclinó la balanza a favor de Cortés. A diferencia de Moctezuma II, el penúltimo emperador mexica, cuya política de cautela y diplomacia frente a los españoles terminó en desastre, Cuauhtémoc eligió la resistencia total.

Durante meses, organizó la defensa de Tenochtitlan con los recursos que quedaban. Combatió calle por calle y canal por canal. Así, transformó la ciudad en un laberinto mortal. Resistir significaba afirmar que el mundo mexica aún existía. Pero el hambre, las enfermedades y la superioridad militar inclinaron finalmente la balanza.

El 13 de agosto de 1521, Cuauhtémoc fue capturado mientras intentaba huir por el lago de Texcoco. Ante el conquistador Hernán Cortés, pronunció una frase que atravesaría los siglos: pidió que lo mataran allí mismo. Cortés se negó. Un emperador vencido resultaba más útil vivo que muerto. Desde entonces, su vida se convirtió en símbolo de resistencia contenida.

Cuauhtémoc y su primo, el
Cuauhtémoc y su primo, el señor de Tacuba, bajo tortura por orden de Hernán Cortés. Óleo de Leandro Izaguirre, 1893 (Museo Nacional de Arte, Ciudad de México)

Tras la caída de Tenochtitlan, Cuauhtémoc fue convertido en rehén del nuevo orden colonial. Junto a él, otros líderes mexicas y señores de pueblos aliados pasaron a formar parte del botín político de los conquistadores. Algunos fueron ejecutados, otros integrados como intermediarios en el naciente orden, y unos pocos, como el tlatoani, permanecieron bajo vigilancia constante. Su sola presencia recordaba lo que había sido destruido y advertía a los pueblos sometidos.

Las crónicas que reconstruyen lo que padeció Cuauhtémoc, cuentan que fue cruelmente torturado —le quemaron los pies— para que revelara dónde estaban los supuestos tesoros que poseía y escondió. Nunca habló, ni siquiera bajo el dolor extremo.

Ese silencio fue su mayor desafío a los conquistadores. Mientras otros líderes se adaptaban al nuevo orden, Cuauhtémoc conservaba una dignidad que incomodaba. No conspiraba abiertamente, pero su sola existencia representaba una posibilidad: un nombre capaz de convocar lealtades, un pasado que se negaba a morir.

Para Cortés, que debía consolidar su poder frente a la Corona española y sus propios hombres, Cuauhtémoc se convirtió en una carga peligrosa. No solo debía gobernar territorios desconocidos; también tenía que sofocar cualquier símbolo que cuestionara su autoridad. En esta tensión, la figura de Malintzin (La Malinche), aunque ausente en los momentos finales del tlatoani, había sido clave en la negociación y sometimiento de líderes indígenas durante la conquista.

Esta lámina del Lienzo de
Esta lámina del Lienzo de Tlaxcala representa a Cortés sentado con un penacho de plumas, acompañado por Marina y Cuauhtémoc, quien le entrega su rendición. En la parte superior se lee en náhuatl: "yc paliuhque mexica" (Con esto se acabaron los mexicas)

La marcha hacia la selva

El 15 de febrero de 1525, Cortés emprendió la expedición a la provincia de Acalán, con el propósito de castigar la supuesta insubordinación del conquistador español Cristóbal de Olid y reafirmar su control sobre el sur, en medio de rumores de rebelión entre nativos e invasores. El viaje fue una pesadilla: selvas interminables, lluvias incesantes, hambre, enfermedades y deserciones. La expedición se transformó en un recorrido de agotamiento físico y paranoia creciente.

Cuauhtémoc fue obligado a marchar junto a otros señores indígenas, como Tetlepanquetzal, el soberano de Tlacopan (Tacuba), quien fuera su aliado más leal durante la defensa de la ciudad y su compañero de tormento. Cada día, su figura recordaba que la conquista no estaba cerrada. Surgieron acusaciones de conspiración y hasta se afirmó que planeaba un levantamiento de su pueblo. Las pruebas eran frágiles, los testimonios dudosos, pero el miedo y el cansancio pesaban más que la evidencia. Entre los soldados españoles hubo debate y descontento sobre la idea de ejecutarlo o no. Algunos consideraban la idea como innecesaria y cruel; otros, un mal necesario para asegurar la supervivencia. La tensión entre la necesidad de dominar y el temor a la sublevación marcó cada etapa de la marcha.

La lógica de la conquista no admitía ambigüedades: o se dominaba por completo, o se corría el riesgo de perderlo todo.

Cuauhtémoc y Tetlepanquetzal fueron ahorcados
Cuauhtémoc y Tetlepanquetzal fueron ahorcados en una región cercana a la zona arqueológica de El Tigre (Twitter/@Cuauhtemoc_1521)

La orden de Cortés fue clara y directa: el último emperador azteca debía morir. El 28 de febrero de 1525, en la región de Itzamkanac —un sitio que los estudiosos ubican en la actual Campeche, aunque su localización exacta sigue siendo motivo de debate—, Cuauhtémoc fue colgado de un árbol junto a otros nobles indígenas. No hubo solemnidad, sólo la determinación de eliminarlo.

No existió juicio formal ni posibilidad de defensa. El último tlatoani murió lejos de su ciudad, sin rituales, sin despedidas y sin testigos capaces de convertir su muerte en un acto público de resistencia. Para la cosmovisión mexica, esa ausencia de ceremonia y el fallecimiento en tierra extraña constituían una condena adicional: le negaban el tránsito al más allá que solo el rito podía garantizar.

La ejecución fue un acto muy bien calculado. Cortés eliminó al símbolo más poderoso del mundo que había conquistado. Con ello creyó asegurar el dominio español, pero también dejó una mancha indeleble en su legado. Incluso entre algunos españoles, el acto fue visto como excesivo e innecesario.

El conquistador español Hernán Cortés
El conquistador español Hernán Cortés

Las fuentes de la época, como las Cartas de Relación de Cortés y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, ofrecen versiones distintas sobre las razones y el impacto de la ejecución. Los Anales de Tlatelolco, desde la perspectiva indígena, documentan el sufrimiento y la dignidad de Cuauhtémoc en sus últimos días.

Cuauhtémoc murió, pero no fue derrotado del todo.

Con el tiempo, su figura creció. De emperador vencido se convirtió en un símbolo de dignidad, resistencia y continuidad cultural. Su muerte inauguró una memoria de resistencia viva. En la historia de México, Cuauhtémoc encarna el final de un mundo y, al mismo tiempo, la persistencia de su espíritu.

Durante el siglo XIX, en pleno auge del nacionalismo mexicano, su figura fue reivindicada como emblema de identidad y lucha. Se erigieron monumentos, se escribieron poemas y se instituyeron conmemoraciones oficiales.

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