
Imaginemos esto: Brooklyn, Nueva York, Estados Unidos. Hace un frío que te cala los huesos. El calendario marca 15 de febrero de 1903. En la vidriera de un kiosco de golosinas, en el número 404 de la avenida Tompkins, dos ositos de felpa miran pasar a la gente por primera vez.
Pero no eran simples muñecos de trapo para salir del paso; bajo esos botones cosidos y el relleno suave, cargaban con una historia política interesante, un dilema ético y el nombre del hombre más poderoso de Estados Unidos.
Ese día, casi sin querer, Morris y Rose Michtom no solo pusieron a la venta un juguete; inauguraron un símbolo universal del consuelo que perdura luego de más de un un siglo de historia.
Pero para entender la magia de esa vidriera de febrero de hace 123 años, y por qué conmueve tanto, tenemos que rebobinar la cinta unos meses y viajar cientos de kilómetros al sur, a los bosques húmedos de Mississippi. Ahí, una cacería que venía torcida estaba a punto de cambiar la infancia de millones de chicos.
Corría noviembre de 1902. El presidente de los Estados Unidos, Theodore “Teddy” Roosevelt, conocido por tener una energía inagotable, amante de la naturaleza y cazador de ley, aceptó una invitación del gobernador de Mississippi, Andrew H. Longino. La excusa oficial era resolver un conflicto de límites fronterizos entre Mississippi y Louisiana, pero la verdad era que que Roosevelt tenía ganas de cazar osos negros.
Sin embargo, el presidente venía con la pólvora mojada. Mientras sus compañeros de expedición bajaban, Roosevelt no acertaba. La situación se puso tensa; los guías, desesperados por quedar bien con el mandatario, hicieron una movida un tanto cuestionable.

Liderados por el rastreador Holt Collier, acorralaron a un oso negro de unos 100 kilos después de una persecución eterna. Los perros lo atacaron y los guías, para asegurarlo, lo golpearon hasta dejarlo medio abombado y lo ataron a un sauce.
Ahí fue cuando lo llamaron a Roosevelt para que diera el tiro de gracia. “Venga, Presidente, acá tiene su trofeo”, habrán pensado. Pero cuando el tipo llegó al lugar y vio al animal viejo, cansado, lastimado y atado al árbol, le salió el caballero de adentro. Se plantó y dijo: “No”.
Según cuentan las crónicas de la época, Roosevelt tiró una frase para el bronce: “He cazado animales por todo el país y estoy orgulloso de ser cazador. Pero no podría estar orgulloso de mí mismo si le disparara a un oso viejo y agotado que está atado a un árbol”. Aunque ordenó que sacrificaran al oso con un cuchillo para que no sufriera más, su negativa a disparar fue vista como un gesto de “fair play”. Fue un acto de hidalguía de cazador.

La noticia corrió rápido. El 16 de noviembre de 1902, el diario Washington Post publicó una caricatura política titulada “Drawing the Line in Mississippi” (Trazando la línea en Mississippi), dibujada por Clifford Berryman.
La imagen original mostraba a Roosevelt dándole la espalda al oso atado. Con el tiempo, Berryman empezó a redibujar al oso en sus siguientes viñetas. Lo fue achicando, lo hizo más redondito y le puso ojos más grandes, transformando a la bestia salvaje en una criatura adorable, casi un nene. Esa transformación visual fue la clave que conectó la política con el corazón de la gente. El oso ya no era un peligro, era un algo así como un amigo.
La historia del oso de peluche es uno de esos casos increíbles de sincronicidad. Mientras el mundo se enternecía con la anécdota de Roosevelt, dos artesanos, separados por todo el Océano Atlántico y sin tener ni idea de la existencia del otro, tuvieron la misma idea brillante.

En Nueva York, Morris Michtom, un inmigrante judío ruso que se ganaba su sustento con aquel kiosco de dulces, vio la caricatura de Berryman y se le ocurrió una idea. Junto a su esposa Rose, que solía hacer juguetes por las noches, armó un pequeño oso de felpa con terciopelo suave y botones por ojos. Michtom puso el oso en la vidriera junto al recorte del diario.
Pero no se quedó allí: le mandó el oso de regalo al mismísimo presidente Roosevelt pidiéndole permiso para usar su famoso apodo. El presidente, a quien le decían “Teddy”, accedió. El cartelito en la vidriera decía “Teddy’s Bear” (El oso de Teddy). El éxito fue tal que los Michtom tuvieron que cerrar el kiosco de golosinas para fundar la Ideal Toy Company, que se terminaría convirtiendo en una de las fábricas de juguetes más grandes de Estados Unidos. Un verdadero sueño americano.
Mientras tanto, del otro lado del charco, en el pueblito de Giengen, Alemania, Richard Steiff estaba en otra sintonía. Sobrino de Margarete Steiff (una pionera que ya tenía su fábrica de juguetes), Richard se había formado en la Escuela de Artes Aplicadas de Stuttgart y se pasaba los días en el zoológico dibujando osos reales. Su visión no nacía de una caricatura política, sino de la anatomía pura y dura de las fieras.

Quería crear un juguete que se moviera como un animal de verdad. Así nació el modelo “55 PB” (55 cm, P de Plush/felpa, B de Beweglich/móvil), el primer oso con extremidades articuladas. Al principio, los compradores europeos lo miraron de reojo. “¿Quién va a querer esto?”, pensaban. Pero la suerte de Steiff cambió radicalmente en la Feria del Juguete de Leipzig en 1903. Un comprador estadounidense, que sabía la fiebre que había en su país por los osos gracias a Roosevelt, le encargó 3.000 unidades de una vez. Para que no le copiaran el invento, la familia Steiff inventó en 1904 el famoso “botón en la oreja” (Knopf im Ohr), un sello de calidad que hasta hoy es palabra mayor en el coleccionismo. En 1906 la fábrica alemana comenzó a llamar sus ositos “Teddy Bear”. Había sido quitado el apóstrofo del nombre.
Los osos originales de Steiff de principios de siglo son tesoros por los que se pagan fortunas.Por ejemplo: un oso Steiff negro, creado en 1912 para guardar luto por las víctimas del Titanic, es hoy una de las figuritas más difíciles para los coleccionistas. Otro artículo de lujo es el oso Steiff diseñado con la marca Louis Vuitton que en el año 2000 se vendió por la friolera de 2,1 millones de dólares en Mónaco. Ese osito tenía ojos de zafiro y diamantes y piezas de oro.
Desde 1903 para acá, los osos evolucionaron. Los primeros modelos, tanto los de Michtom como los de Steiff, intentaban copiar la realidad: tenían hocicos largos y puntiagudos, ojos chicos y duros, y hasta joroba en la espalda, hechos de una tela áspera similar al mohair.

Sin embargo, a medida que el “Teddy Bear” se ganaba el lugar de compañero indispensable de la infancia, su diseño empezó a cambiar. A partir de la década del 30, se dio una metamorfosis fascinante impulsada por lo que los psicólogos llaman el “esquema del bebé” (baby schema). Así fue como las frentes se hicieron más anchas, los ojos se agrandaron y bajaron un poco, y los hocicos se achicaron. Esto hacía que los osos se parecieran menos a un animal del bosque y más a un bebé humano.
También hubo cambios en las bocas. Al principio presentaban un gesto serio para, con el paso del tiempo, empezar a curvarse para arriba. Hoy en día, casi todos los osos te reciben con una sonrisa de par en par.
Se modificó además “la piel” de los osos. El mohair original dio paso a materiales sintéticos, algodón y terciopelo, pensados para que el abrazo sea suave. Los cuerpos duros se volvieron blanditos y decididamente “apretujables”.
A partir de la enorme presencia de los “Teddy Bear” en la industria del juguete, bien vale poder contestar a la siguiente pregunta: ¿Por qué se sigue abrazando osos de peluche más de 100 años después de la aparición?

La ciencia moderna confirmó lo que cualquier niño o niña sabe por instinto. Los osos de peluche actúan como “objetos de transición” o de apego, otorgando esa seguridad que hace falta cuando comienza el alejamiento entre hijos y padres.
Hay estudios recientes que aseguran que los osos son herramientas poderosas para manejar la ansiedad. En situaciones graves, como incendios o internaciones, tener un oso para abrazar les reduce el miedo de los chicos. Incluso un estudio de 2022 mostró que la mayoría de la gente prefiere abrazar a “su” oso viejo y gastado antes que a uno nuevo y perfecto; el consuelo no está en la tela, sino en el cariño y los recuerdos que el bicho guarda. Es como ese amigo del alma que siempre está.
Lo que empezó con dos osos en una vidriera de Brooklyn se transformó en una industria gigante. Desde el filosófico Winnie-the-Pooh hasta el educado Paddington, los osos dejaron de ser juguetes mudos para tener personalidad propia. Han sido mascotas de campañas y hasta símbolos de la moda.
Aquel 15 de febrero de 1903 comenzaba una historia que no parece estar destinada a terminar.
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