
El 13 de marzo de 2013, el cardenal protodiácono francés Jean-Louis Pierre Tauran anunció: “Annuntio vobis gaudium magnum. Habemus Papam”. No era un favorito ni estaba dentro del grupo de los “papables”. Bergoglio, que había sacado su pasaje de vuelta a la Argentina, tuvo que cambiar su itinerario. Desde ese día, se convirtió en el primer Papa americano y en el primero no europeo desde Gregorio III, nacido en Siria y elegido 1.272 años atrás. Fue el Papa número 266 de la Iglesia Católica desde San Pedro.
Sus primeras palabras marcaron el tono de su pontificado: “¡Hermanos y hermanas, buenas noches! Ustedes saben que el deber del Cónclave es dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo, pero estamos aquí… Y ahora quisiera darles la bendición, pero primero, les pido un favor: antes de que el Obispo bendiga al pueblo, les pido que recen al Señor para que me bendiga. La oración del pueblo que pide la bendición para su Obispo... ¡Recen por mí!” El Papa jesuita eligió el nombre Francisco. Muchos pensaron que optaría por Ignacio, en una suerte de “sagrada venganza” contra la decisión del papa Clemente XIV, quien disolvió la Compañía de Jesús en 1773 con el breve papal “Dominus ac Redemptor”.
Por esas extrañas cuestiones de la vida, estaba en Roma el día de su elección. Cuando vi la “fumata bianca” salir de la chimenea sobre el tejado de la Capilla Sixtina y escuché el repique de las campanas de la ciudad de Roma, supe que debía estar en la Plaza de San Pedro en lugar de verlo por televisión. Me puse la campera y, junto con mis compañeros, fuimos allí. Luego del “Annuntio vobis…” llegó el momento esperado: el nombre del sucesor. “… Eminentissimum ac reverendissimum Dominum, Dominum Georgius Marium Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Bergoglio, qui sibi nomen imposuit Franciscus”. No reaccioné de inmediato. Mis compañeros me abrazaban y saltaban a mi alrededor; cabe aclarar que ninguno de ellos era argentino. Yo, en cambio, estaba en shock.
Al día siguiente, todo comenzó a cambiar en el Vaticano. El Papa Francisco decidió no vivir en el Palacio Apostólico, una costumbre menos antigua de lo que muchos creen. Las cámaras papales del Palacio Apostólico son habitaciones simples y espaciosas en el segundo piso, con un dormitorio que se conecta directamente con la capilla privada del Sumo Pontífice. Como jesuita, Bergoglio siguió las pautas de San Ignacio de Loyola y llevó una vida de austeridad. En Buenos Aires, solía tomar el subte o el colectivo para visitar parroquias o enfermos. A diferencia de sus predecesores, que residían en San Isidro, él vivió en un departamento de dos ambientes en la Curia Metropolitana, junto a la Catedral de la Santísima Trinidad.

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Francisco eligió vivir en la “Domus Sancta Marthae” (Casa de Santa Marta). Este edificio tiene su historia: en un principio, bajo el pontificado de León XIII, fue construido para albergar enfermos de cólera durante la epidemia de 1881. Durante la Segunda Guerra Mundial, Pío XII lo utilizó para refugiar a judíos perseguidos. En 1996, Juan Pablo II le dio su fisonomía actual mediante la constitución apostólica “Universi Dominici Gregis”, transformándolo en el hotel del Vaticano, utilizado principalmente por obispos y clérigos visitantes. Durante los cónclaves, los cardenales también se alojan allí.

La “Domus” consta de cuatro plantas y 129 habitaciones, incluyendo suites, habitaciones dobles y un apartamento. Su entrada está en un subsuelo debido al desnivel natural de la colina vaticana. Allí trabajan unas 70 personas.
La Casa Santa Marta tiene muchos salones para reuniones. De acuerdo a la cantidad de gente que deba recibir, el Papa elegía uno.
Al inicio de su papado, Francisco celebraba la misa y recibía a quienes participaban en ella. Durante la pandemia, la misa fue transmitida cotidianamente, en directo, desde la capilla de la Domus, un hecho insólito en la historia del Vaticano y que batió récord de visualizaciones, llegando a cuatro millones por día y el triple en los días festivos. Aunque el Papa vivía allí, la “Domus” continuó funcionando como hotel para clérigos e invitados papales. En varias oportunidades tuve la dicha de poder concurrir a la misa oficiada en la capilla de santa Marta por el papa Bergoglio a las 7:00. Con el deterioro de su salud, lamentablemente, debió dejar de oficiarlas públicamente. Solo lo hacía en su habitación y luego se dirigía a su despacho en silla de ruedas.
Francisco no solía salir de la residencia por períodos prolongados. Además de los viajes apostólicos, le encantaba pasar el tiempo en casa. Si bien para los actos oficiales y demás ceremonias protocolares se continuaba utilizando el palacio apostólico, todo el resto de sus momentos ocurrían en la Domus Santa Marta. Allí vivía día tras día la misma rutina, aunque por las condiciones de salud que padeció ésta debió ser alterada. Se levantaba a las 4:45 de la mañana, se vestía y se afeitaba solo porque “es un asunto personal” como le comentaba a su antiguo peluquero Luigi Sasso, que tiene su local en vía dei Coronari en Roma. Luego dedicaba tiempo a la meditación y la lectura de la liturgia de las horas.
Cuando gozaba de buena salud, desayunaba en el comedor, donde se sirven termos de café, agua, jarras de leche y jugo en una mesa y en otra, jamón cocido o crudo, y queso en fetas, por lo general. En sus primeros años, cuando la cocina estaba a cargo de las monjas de la Orden de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, su desayuno consistía en galletas sin sal, un yogur descremado natural y una taza de café.
Por supuesto, el mate no faltaba, como en la Argentina, lo tomaba sólo si lo convidaban. Era tanta la yerba que le regalaban como los potes de dulce de leche, que se enviaban al dispensario Vaticano, que luego se donaban a diferentes hogares de niños, hospitales o también a comedores de la orden a la que pertenecía la madre Teresa de Calcuta. Aunque para el paladar italiano el dulce de leche resulta un poco empalagoso, y a la yerba la observan con ciertas dudas: no veían muy normal tomar una infusión por medio de una “canuccia” (bombilla). Lo demás se llevaba al “magazzino” (el depósito). La excepción son los regalos de objetos muy personales, que guardaba Francisco.
Es en el desayunador donde los huéspedes que estaban alojados en la casa o los invitados se podían encontrar con el Papa sentado como un comensal más: no tenía una mesa reservada. Se sentaba donde encontraba lugar y allí amaba conversar con cualquiera que estuviera presente.
Luego, la jornada laboral estaba marcada por audiencias, encuentros y visitas. De hecho, por la mañana se alternaban los grupos que participan en conferencias y que van al Vaticano a encontrarse con el Papa. También se sucedían visitas de jefes de estado, primeros ministros, políticos, y audiencias con obispos y cardenales de todo el mundo.
En algunos salones y saloncitos en Santa Marta el Papa recibía con más intimidad y cercanía. La sala principal de Santa Marta se ubica a la izquierda de la entrada. Mide 10 metros por 8.80 y su decoración es austera. Posee 16 sillones idénticos, un sofá, dos bibliotecas con volúmenes religiosos en varios idiomas, cuadros del museo vaticano que van rotando, retratos circulares de San Pedro y San Pablo. El Palacio Apostólico se reservaba para las reuniones más protocolares. En esos encuentros, Francisco les obsequiaba a sus invitados un rosario envuelto en un sobre con su escudo papal y una estampita con su foto y su firma.
El martes es generalmente era el día de descanso de Bergoglio, que preparaba los discursos y las catequesis para la audiencia de los miércoles que tenía lugar en la Plaza de San Pedro durante la primavera y el verano, y en el Aula Pablo VI durante el invierno.

A la hora del almuerzo, que se realizaba en el mismo comedor, se ofrecía un buffet de autoservicio. El Papa ingresaba y, como en el desayuno, se sentaba a almorzar con quienes había invitado. Las fotos estaban prohibidas, al igual que en el desayuno. Cualquiera de nosotros pensaría que al ingresar el Papa todos deberían ponerse de pie y entonar el himno pontificio o algún cántico tipo “tu is Petrus”, pero nada de eso ocurría. La gente seguía comiendo y charlando de las cosas cotidianas. A Bergoglio le gustaba estar rodeado de gente común y no en una torre de marfil. Más de uno no se percataba de que había llegado el Papa, y más de una vez se sorprendía cuando él mismo Papa iba a saludarlo porque no lo había visto. El almuerzo, como el desayuno, es frugal pero sabroso. Naturalmente, al estar en Italia, la pasta (fideos) y la minestra (sopa) no faltan nunca. Postres como el tiramisú o la panna cotta están siempre presentes, así como las frutas de estación y el típico café ristretto.
Una vez concluido el almuerzo, se retiraba a descansar alrededor de media hora. En el Palacio Apostólico, los papas tenían unos aposentos amplios, con una habitación, un despacho privado (que Francisco usa para el rezo del Ángelus), enfermería, gimnasio, salón, cocina y sala de espera. En cambio, en Santa Marta, la habitación del Papa era sencilla. Al principio se alojaba en la 201 (recordemos que Santa Marta es un hotel). En los últimos tiempos también dispuso de un estudio situado al lado, equipado con un sillón y un escritorio de madera, que conservaba un icono de la Virgen y una imagen de “San José durmiendo”, por la que Bergoglio poseía especial afecto. Él mismo dijo sobre esta imagen: " (San José) …es un hombre fuerte y de silencio. En mi escritorio tengo una imagen de San José durmiendo. Y durmiendo cuida a la Iglesia. Y cuando tengo un problema, una dificultad, yo escribo un papelito y lo pongo debajo de San José, para que lo sueñe”. El mismo Papa envió a la basílica de San José de Flores, en la ciudad de Buenos Aires (lugar en donde surgió su vocación religiosa) una imagen casi tamaño natural de San José dormido. Hay dos armarios, una heladera, un aparador y un pequeño sillón para invitados. La habitación tiene una cama individual de madera, una silla y un perchero. Hay un baño con ducha y un espejo de madera blanca. Todo es muy simple.

Por su estado de salud, precisaba ayuda y contaba con mayordomos; personas de su máxima confianza. Su ropa sucia terminaba, como la de todos los demás huéspedes, en el lavadero ubicado en el sótano.
Por la tarde, cuando llega la hora de la colación, por lo general la pasaba de largo y llegaba directamente a la cena, en la que repetía la rutina del almuerzo. Ésta tenía lugar alrededor de las 20:00 horas si no se retrasa su agenda. Y se iba a la cama temprano. Al Papa no le gustaba ver la televisión (la última película que vio fue “La vida es bella” de Roberto Benigni), además de que cumplía una promesa a la Virgen del Carmen desde 1990. Aunque en alguna oportunidad vio el noticiero de la noche en un pequeño salón. Y acá terminaba el día, para volver a comenzar al otro con la misma rutina.
En cierta ocasión, sus anteojos se rompieron. Grande fue la sorpresa cuando el Papa llegó en un auto común y corriente a la óptica ubicada en Via del Babuino, casi llegando a Piazza del Popolo, para repararlos. Alessandro Spiezia, el dueño de la óptica que lleva su apellido, quedó desconcertado cuando lo vio entrar. Bergoglio sacó un par de anteojos desvencijados de su bolsillo, los mismos que lleva desde hace muchos años, también utilizados en la velada de la elección en el Cónclave y solicitó que se los arreglaran, y el año pasado, volvió a ir para un “retoque” en sus gafas.
También con la vestidura papal ocurrió lo mismo. Francisco había renunciado a todos los componentes rojos del hábito tradicional del Santo Padre: la muceta, los zapatos y la estola pastoral. Prefería vestir todo de blanco. Es un hábito sencillo sin demasiados adornos.
Su estilo de vida diaria demostró que, al margen de su enorme responsabilidad, intentó mantenerse lo más sencillo posible, cercano a la realidad de los “simples mortales” y alejado siempre que pudiera de los palacios y protocolos que, durante siglos, signaron la cotidianeidad de los obispos de Roma.
A pesar de su enfermedad, el papa Francisco intentó mantener hasta último momento su rutina. Incluso cuando fue internado en el Hospital Gemelli. Mantenía sus horarios con mínimas modificaciones, siguiendo las recomendaciones médicas. Lo único que debía hacer era restringir las visitas a lo indispensable. Contra lo que muchos creen, era muy buen paciente.
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