La tarde de ese martes, la enfermera Susan Westwood estaba de guardia en el orfanato y hospital infantil donde trabajaba, en las afueras de Puerto Príncipe, cuando la tierra empezó a temblar. “Estaba en la sala de terapia intensiva cuidando de una bebé de nueve meses cuando ocurrió el terremoto. Todo el edificio se sacudió. Los bebés estaban muy asustados y empezaron a llorar. Mientras que otros colegas y personal del centro gritaban. Estaban aterrorizados. No me pude mantener en pie así que caí de rodillas. Pude sostener a la bebé y me dio tiempo de agarrar a otro bebé. Las cosas se caían de las estanterías y había escombros por todas partes. Intenté proteger a los bebés lo mejor que pude. Pero cuando empezaron los temblores, fue imposible moverse. Después de un tiempo pudimos sacar a los bebés a la calle. Algunos niños estaban deshidratados y no podíamos sacar suministros del edificio. Menos mal que nuestro edificio está bien. No puedo creer que todos estemos a salvo”, contó cuando todavía seguía a la intemperie, por temor a las réplicas.
El sismo se produjo a las 4.53 de la tarde del 12 de enero de 2010 y solo duró 35 segundos, que bastaron para matar a cerca de 300.000 personas – 15 años después, la cifra sigue siendo imprecisa –, herir a cerca de un millón y dejar sin techo a más de dos millones al derribar o dejar inhabitables el 65% de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville, la más poblada de Haití.
El temblor alcanzó los 7 grados en la escala de Richter, el más fuerte de los registrados en la vieja isla La Española, compartida por Haití y República Dominicana, y fue también el más devastador de la historia. Las precarias casas de la periferia quedaron borradas del mapa, convertidas en montañas de escombros. El presidente, René Préval, vio cómo el Palacio de Gobierno, para muchos un emblema de la añorada belleza que un día tuvo la ciudad, se hundía de repente. El Palacio de los Ministros colapsó, las oficinas de la Protección Civil quedaron inservibles y su personal fue privado de los mínimos medios de coordinación, igual que los alcaldes de las comunas afectadas y los responsables locales de protección civil. El primer ministro, Jean-Max Bellerive, salió a recorrer la ciudad para evaluar el daño subido a un mototaxi, con el cual fue a buscar a los funcionarios del gobierno para iniciar las tareas de coordinación de la crisis. Allí se enteró que muchos de ellos estaban muertos, aplastados en los derrumbes de sus lugares de trabajo.
“Estaba en camino hacia la universidad para asistir a una capacitación. Escuché una fuerte detonación y pensé ‘son disparos’”. Miré a mi alrededor: los edificios se derrumbaban, una nube de polvo y humo se elevó y me rodeó. El edificio de la universidad se había derrumbado y mis compañeros estaban atrapados bajo los escombros. Salvé mi vida porque llegué tarde”, relató Juan Carrel, director del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas en Haití.
200.000 kilos de dinamita
Después se sabría que el temblor tuvo su epicentro tierra adentro, a unos 15 kilómetros de Puerto Príncipe, y a unos diez kilómetros de profundidad. Durante las primeras nueve horas se registraron 26 réplicas mayores a 4,2 grados en diferentes puntos, de las cuales doce fueron mayores a los 5. La tierra se movió también en República Dominicana, Cuba y Jamaica, países que declararon una alerta en previsión de un posible tsunami que no ocurrió.
El terremoto se produjo en las cercanías del límite norte de la placa tectónica del Caribe, que se desplaza continua y lentamente hacia el Este unos 20 milímetros por año en relación con la placa norteamericana y atraviesa justamente por el medio de la isla La Española. El sistema de falla de desgarre o transversal formada en la región, parecido a la falla de San Andrés en California, los Estados Unidos, tiene dos ramas en Haití, la falla septentrional, en el norte, y la falla de Enriquillo en el sur, que venía estando bajo presión durante los últimos 240 años, acumulando mucha energía potencial, la cual desató finalmente un gran movimiento de tierra que liberó una energía equivalente a la explosión de 200 000 kilos de dinamita.
Además de miles de viviendas y el Palacio Nacional también se derrumbaron la Catedral de Puerto Príncipe. El Hospital de Pétionville, un instituto privado de los suburbios de la capital donde se atendían los haitianos más pudientes, miembros del gobierno y del cuerpo diplomático y las oficinas de la Misión de Estabilización de la ONU en Haití.
Una catástrofe potenciada
Ningún terremoto de la escala del ocurrido en Haití el 12 de enero de 2010 causó tantas muertes y daños tan importantes. En ese sentido, sus efectos superaron los de todos los sismos de alrededor de 7 grados que se han registrado desde 1900, e incluso hubo más víctimas fatales que en temblores de mayor magnitud.
No fue casualidad sino el resultado de una conjunción de factores que hizo que el fenómeno natural se potenciara con la catástrofe económica, social y de infraestructura que asolaba al país. Haití era – y lo sigue siendo 15 años después – la nación más pobre de América, con un ingreso promedio anual de 560 dólares por persona.
Más de la mitad de la población, cerca de 9 millones de personas, sobrevivía con menos de 1 dólar por día y un 78% con menos de 2 dólares. La tasa de mortalidad infantil era de 60 muertos por mil nacimientos y el 2.2% de los haitianos de entre 15 y 49 años estaba infectado por HIV, el virus causante del Sida. La infraestructura estaba cerca del colapso total, con una crisis de vivienda de dimensiones catastróficas y la desforestación había dejado al país con solo el 2% de la superficie de sus bosques.
La escasa rentabilidad en la agricultura y la baja competitividad de sus productos de exportación, habían provocado un elevado flujo migratorio, de unas 75.000 personas al año, hacia las ciudades, donde se registraba una urbanización caótica y desenfrenada, con procesos de construcción anárquicos y sin ningún control.
La clave es el desarrollo, porque no fue la potencia física del fenómeno natural lo que determinó sus efectos catastróficos, sino la explosión de los grupos sociales. No fue la actividad sísmica lo que determinó la magnitud de la catástrofe, sino la exposición de los grupos sociales. El “Informe de evaluación global sobre la reducción de riesgos de desastres” lo deja claro: “Los países más pobres se ven afectados por riesgos de mortalidad y de pérdidas económicas en grados desproporcionadamente más elevados si se los compara con niveles similares de exposición a amenazas”. Según los estudios de casos en que se basa, “tanto la incidencia de desastres como las pérdidas se vinculan con procesos que hacen que aumente la exposición de las personas pobres a amenazas, como por ejemplo la expansión de asentamientos informales en zonas propensas a amenazas”.
Como consecuencia del sismo, muchos hospitales se derrumbaron, mientras que otros quedaron imposibilitados de atender a los heridos y el resto estaba colapsado por una demanda que superaba la capacidad. Debido a esto, muchos heridos debieron ser trasladadas a República Dominicana en caravanas que llegaban al hospital de Jimaní, una pequeña ciudad fronteriza con Haití.
La ayuda que no llegó
Quince años después la situación ha empeorado, porque no se detuvo la migración del campo hacia las ciudades, en cuyas periferias se levantan miles de construcciones precarias. Aunque los escombros y las ciudades de carpas improvisadas que cubrían Puerto Príncipe han desaparecido, algunas se han convertido en asentamientos permanentes sin electricidad, saneamiento ni seguridad. A eso se suma un enorme aumento de la violencia, con pandillas que por momentos se apoderan de barrios enteros de Puerto Príncipe.
Luego del sismo, miles de organizaciones de ayuda humanitaria realizaron campañas de ayuda para socorrer a las víctimas y reconstruir el país, con donaciones que se estima que superaron los 9.000 millones de dólares. Sin embargo, ese dinero no se tradujo en obras, salvo en una pequeña medida.
La mayoría de las organizaciones de cooperación asentadas en Haití desde 2010 desarrollaron sus proyectos mediante empresas privadas y sin el control de los sucesivos gobiernos, a los que no consideraron de fiar. “No confiaban en que el Estado fuese capaz de administrar bien los fondos por la tradición de inestabilidad y corrupción en las instituciones”, en palabras de Jocelyn McCalla, colaborador de la Coalición Nacional para los Derechos de los Haitianos en los Estados Unidos.

Según denuncia el Observatorio de Políticas Públicas y de la Cooperación Internacional de Haití, el 95 % del dinero donado por la Cooperación estadounidense se quedó en las organizaciones y no llegó al gobierno haitiano para que lo gestionara. François Kawas, responsable de Cooperación de Haití, señaló que esta cooperación contemplaba más los intereses políticos y económicos de los donantes que las necesidades reales de las poblaciones locales.
El 14 de agosto de 2021 hubo otro terremoto en Haití, con una magnitud de 7,2 grados en la escala de Richter. Esta vez afectó fundamentalmente zonas rurales, con un saldo de 2248 muertos, 329 desaparecidos y 12 763 heridos. Por lo menos 136 800 edificios resultaron dañados o destruidos. Además de sumar otra tragedia al sufrido pueblo haitiano, sus consecuencias demostraron que poco y nada se había aprendido – y mucho menos realizado – desde el devastador sismo de 2010.
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