
Este sábado, a las 15 según el horario argentino, un “pelotón” de corredores escuchará la señal de largada y partirá desde el Hôtel-de-Ville, donde funciona el Ayuntamiento de París, a la velocidad de las pruebas de resistencia. Física, claro, pero también mental.
Cada vez más dispersos, con los grandes candidatos como punta de lanza, los corredores pasarán por la Ópera, la exclusiva plaza Vendôme, el Jardín de las Tullerías, las Pirámide del Louvre, la Plaza de la Concorde, el Grand Palais, los Jardines del Trocadero, la Torre Eiffel y, bien cerca del monumento más popular del mundo, cruzarán la línea de llegada en Les Invalides. Al terminar, habrán recorrido 42 kilómetros y 195 metros. En términos exactos, habrán corrido una maratón.
El ritual se repetirá el domingo, a la misma hora, sólo que el “pelotón” será de corredoras. Las maratones masculina y femenina serán, una vez más, las grandes pruebas que cierran los Juegos Olímpicos y, también, dos de las competiciones más atractivas para el público. Por su enorme carga de tradición y por el sacrificio extremo televisado al mismo tiempo en todo el planeta. ¿Pero de dónde salió esa carrera que, además de correrse en los Juegos Olímpicos, abrió sucursales emblemáticas en ciudades como Boston, Nueva York y Berlín, y tiene también una sede cada vez más popular en Buenos Aires?

La maratón fue inventada para que los Juegos Olímpicos modernos le rindieran homenaje a Grecia, su cuna. Aunque en los Juegos de la antigua tierra helénica se corrían carreras, ninguna superaba los 5 kilómetros de distancia. Así que no se trata de una herencia directa, sino de un invento de nuestra era para que el recuerdo de la Antigua Grecia y sus competencias deportivas tuviera dimensiones grandilocuentes. Y alrededor de esa intención de homenajear empezó la búsqueda de explicaciones míticas, con algunos ingredientes reales y otros no tanto.
Es cierto que en el año 490 a.C., cuando los Juegos Olímpicos de la antigüedad llevaban casi trescientos años llevándose a cabo, se produjo la famosa Batalla de Maratón. Fue, como su nombre spoilea, en Maratón, una localidad a unos cuarenta kilómetros de Atenas. La actual capital griega, una poderosa polis en aquella época, se enfrentaba al Imperio Persa, que había invadido la localidad de Maratón. Milcíades el Joven, un general ateniense, era el encargado de liderar al ejército helénico en su intento por recuperar esa tierra. Y aunque la desventaja numérica era abismal, los atenienses lograron imponerse.
Hasta ahí, todo consta en la historiografía de la Grecia Antigua, especialmente en lo asentado por Heródoto, el gran historiador de aquella era. Lo que siguió -y su vínculo con la maratón- es lo que es discutido según qué fuente se consulte.
La versión más “adecuada” a las características actuales de la maratón es la que dio cuenta de que Filípides, un soldado enviado por Milcíades, corrió hasta Atenas a toda velocidad para que transmitiera la información sobre la victoria. La leyenda va por más: asegura que Filípides era, además, un gran corredor, como lo eran muchos integrantes de las milicias griegas, y que, exhausto por su recorrido, murió agotado apenas pronunció su mensaje. Un sacrificio incluso más impresionante que el que transmitirá la televisión este fin de semana desde París.

Fue el escritor griego Luciano de Samósata quien menciona la historia de Filípides en su obra Diálogos de los muertos, del siglo II d.C. La fecha no es un detalle menor: la distancia temporal con los hechos habría contribuido a la distorsión. Sobre todo porque, con el correr de los siglos, la historia de Filípides y su proeza apenas terminada la batalla habría sumado ingredientes extraordinarios.
Las crónicas que dan cuenta de la Batalla de Maratón aseguran que las mujeres atenienses esperaban con mayor desesperación que nunca saber si sus maridos habían vencido o habían sido derrotados en la contienda porque los persas habían jurado que, si se imponían, saquearían Atenas y sacrificarían a todas las niñas de la ciudad.
Ante esa amenaza, los griegos decidieron que si las mujeres de Atenas no se enteraban de la victoria helénica antes de las 24 horas -empezando a contar desde la puesta del sol-, ellas mismas matarían a sus hijos y, enseguida, se quitarían la vida.
Esa es la urgencia con la que, siempre según el relato que divulgó sobre todo Luciano de Samósata, Milcíades el Joven instó a Filípides a que llegara a Atenas a comunicar la victoria. El soldado-mensajero habría estado combatiendo el día entero y, enseguida, corrió los 40 kilómetros que separaban Maratón de Atenas. Todo ese cansancio es el que, según la leyenda, mató al héroe impensado.
Para Heródoto las cosas fueron distintas. Según su relato historiográfico -producido entre 30 y 40 años después de la Batalla de Maratón-, Filípides fue enviado hacia Esparta para conseguir refuerzos militares y, de esa forma, poder neutralizar las intenciones invasoras de los persas. En la versión de Heródoto, Filípides se sacrificó todavía más: corrió unos 246 kilómetros en dos días.

Muchos siglos más tarde, los fundadores del Comité Olímpico Internacional resolvieron que la modernidad debía rendirle homenaje a la antigüedad y prefirieron la versión de la historia que ponía a Filípides frente a una carrera de 40 kilómetros. La de Heródoto era mucho más heroica pero muchísimo más exigente para cualquier atleta.
Los primeros Juegos de nuestra era, para que el viaje desde la antigüedad fuera completo, se hicieron en Atenas en abril de 1896. Participaron 241 atletas de 14 naciones en 43 disciplinas: había tenis, natación, esgrima y una carrera larga que empezaba en Maratón y terminaba en el Estadio Olímpico de Atenas. La gloria helénica fue completa: esa primera maratón olímpica la ganó el griego Spyridon Louis, un vendedor de agua que, en sus tiempos libres, corría, y que se desmayó al menos una vez en su trayecto.
Louis no tenía pensado participar, pero el Ejército griego lo intimó por sus buenas condiciones. Antes de correr, permaneció dos días ayunando y orando. Fue el único triunfo griego en una prueba de atletismo en los primeros Juegos modernos: un maratonista improvisado salvó el honor de Grecia.
La distancia total que oficialmente tienen ahora las maratones, esos 42 kilómetros y 195 metros, también son “culpa” de los Juegos Olímpicos. Pero de los de 1908, que se disputaron en Londres. Hasta ese entonces, con pequeñas variaciones, el recorrido había sido siempre de alrededor de 40 kilómetros.

El diseño del trayecto londinense tenía esa distancia prevista, pasando por distintos puntos emblemáticos de la capital inglesa, tal como veremos este sábado y este domingo en París. Pero a último momento alguien hizo un pedido que no se podía desatender: fue el rey Eduardo VII. El monarca británico exigió que la línea de llegada pudiera verse con detalle desde el palco real situado en el Estadio Olímpico de Londres. De esa manera, él y la reina Alexandra serían testigos privilegiados de la gran postal de los Juegos.
¿Quién se animaría a decirles que no a los reyes? La respuesta es obvia: nadie. Así que para no alterar el recorrido ya previsto, y porque quien corre 40 bien puede correr 42, la maratón se extendió arbitrariamente al punto exacto de llegada: el trayecto pasaba a ser de 42 kilómetros y 195 metros. Esa medida fue la que se oficializó desde entonces y eso es lo que, más de un siglo después, aún mide una maratón.
Eso correrán los dos pelotones. Los varones, como lo vienen haciendo desde Atenas 1896 y, con la medida exacta, desde aquella carrera londinense. Las mujeres, a quienes se les permitió empezar a involucrarse en la disciplina a partir de los setenta, corren oficialmente en Juegos Olímpicos desde Los Ángeles 1984. París se sumará este fin de semana a esa tradición. Que no está del todo claro cómo nació, entre el mito y las crónicas históricas cercanas a los hechos, pero que impacta en el mundo entero porque hay algo apasionante en ver esa resistencia de las piernas, de la cabeza y del espíritu.
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