
Cuando a principios de la década del 60 la joven Junko Tabei quiso inscribirse por primera vez en un club de alpinismo en su japón natal, uno de los directivos le dijo sin contemplaciones:
-Las mujeres están para servir el té.
Junko, que tenía 23 años y acababa de graduarse en Literatura, levantó la cabeza desde su escaso metro 47 de estatura, miró al hombre a los ojos – un acto realmente atrevido para la época – y le respondió con determinación:
-Cualquiera con dos pies que pueda caminar, puede escalar.
Así, en 1962, Junko Tabei batió el primero de sus récords, el de convertirse en la primera mujer japonesa en ser aceptada por un club de alpinismo, una práctica deportiva reservada exclusivamente a los hombres.

Primera escalada
Ese día cumplió una meta que se había propuesto cuando cursaba la escuela primaria y una maestra organizó un grupo de escolares varones para realizar una excursión y escalar un monte llamado Nasu, un volcán del parque nacional Nikku, en su Fukushima natal. Al llegar arriba se sorprendió por la falta de vegetación de la cima, un paisaje que la fascinó.
Cuando compartió su plan de “cuando sea grande voy a ser alpinista”, sus compañeros de colegio se rieron de ella. Si bien la sociedad japonesa de la posguerra había roto con muchas viejas costumbres patriarcales, las actividades vedadas a las mujeres seguían siendo muchas: no solo la práctica de no pocos deportes o el acceso a puestos de importancia en las actividades comerciales y profesionales, sino también la posibilidad de cursar estudios universitarios en las universidades comunes, donde solo se aceptaba a los varones. Si una chica quería estudiar una carrera de grado, solo podía hacerlo en la Universidad de Mujeres Showa, en Tokio.
Allí fue Junko Tabei a estudiar Literatura Inglesa y mientras cursaba la carrera encontró a un amigo al que también le gustaba ir a la montaña. “Fui un caso excepcional. Sentí una especie de complejo de inferioridad al hablar con acento de Fukushima, porque la mayoría de las estudiantes eran de ciudades. Tuve la suerte de encontrar un amigo en el campus que iría a las montañas conmigo, así que caminamos juntos muchas veces. Cuando conocí a un grupo de estudiantes varones y supe que estaban en un club alpino, sentí mucha envidia”, contó muchos años después, cuando ya había alcanzado la cima del Everest y las de las montañas más altas de cada continente.

El primer club de mujeres
Aunque después de recibirse la aceptaron en el club, no la pasaba bien allí. Sus compañeros hombres le decían que con su físico de aspecto frágil – no solo medía menos de un metro y medio, sino que además era extremadamente delgada – nunca podría llegar muy alto. Incluso uno de ellos llegó a decirle en público que lo del alpinismo era para ella solo una excusa, que se había inscripto en el club para encontrar un marido.
A pesar de todo, siguió adelante, entrenando a la par de los otros. “Casi todos los fines de semana salía a una zona de montaña, y durante la semana después del trabajo, entrenaba. Comencé a soñar con ir al Himalaya con un equipo de solo mujeres”, relató.
Corría 1965 y Junko acababa de casarse – como si cumpliera la predicción de uno de sus compañeros del club – con Masanobu Tabei, una figura muy conocida en los círculos del montañismo japonés.
Para entonces nadie en el club masculino se burlaba de ella, pero la joven montañista sintió que era hora de buscar un espacio exclusivamente femenino. Lo logró en 1969, cuando fundó su propio club de escalada, el Joshi-Tohan Club (Club de Montañismo Femenino), que aceptaba solo a las mujeres como miembros.
Con algunas de sus compañeras ese mismo año escaló el monte Fuji, de 3.776 metros, el más alto de Japón, y después de esa conquista les propuso: “Vayamos solas a una expedición al extranjero”. Un año más tarde, el 19 de mayo de 1970, el mismo grupo, con Junko Tabei a la cabeza, coronó el Annapurna III, de 7.555 metros, en el centro de Nepal.

Cinco años de espera
Ese éxito la incitó a buscar otro y escalar el Everest. Si lo lograba, sería la primera mujer en alcanzar la cima de la montaña más alta del mundo, pero nuevamente – como le había sucedido en Japón – se encontró con trabas que tenían que ver con los prejuicios.
Cuando pedía los permisos necesarios, las autoridades de Nepal se los negaban una y otra vez. En Japón tampoco veían bien su intento, porque ya era madre de una niña y los medios criticaban que la abandonara tantos meses solo por tratar de escalar una montaña.
Parecía que el grupo nunca sería autorizado, pero cuando la ONU declaró a 1975 el Año Internacional de la Mujer, Nepal les dio finalmente el permiso para subir. Habían esperado cinco años, durante los cuales nunca dejaron de entrenar.
Otro obstáculo que debieron sortear fue el de la financiación de lo que Junko había bautizado como “La Expedición japonesa del Everest para mujeres”. Cuando ya creían que no obtendrían los fondos, la televisión japonesa y el diario Yomiuri Shimbun”, el de mayor tirada de Japón, decidieron apoyarlas.
Así y todo, para ahorrar dinero, las integrantes de la expedición usaron asientos de automóvil reciclados para coser bolsas impermeables y guantes, y compraron plumas de ganso de China para hacer sus propias bolsas de dormir.

La conquista del Everest
En los primeros meses de 1975 el equipo de 15 miembros, la mayoría mujeres trabajadoras, llegó a Katmandú y comenzó a preparar el ascenso. Decidieron seguir la misma ruta utilizada por Sir Edmund Hillary y Tenzing Norgay en 1953, cuando fueron los primeros hombres en llegar a la cima del Everest.
En los primeros tramos del ascenso no tuvieron más inconvenientes que los previstos, pero el 4 de mayo, cuando estaban acampando a 6.300, una avalancha de nieve estuvo a punto de convertir la travesía en una tragedia.
Junko y varias de sus compañeras quedaron sepultadas bajo la nieve. La rescataron inconsciente después de seis minutos. Muchos pensaron que estaba muerta. “Poco después de la medianoche del 4 de mayo, cinco de nosotras estábamos durmiendo en una tienda de campaña en el campamento 2. Sin ninguna señal previa, fuimos golpeadas por una avalancha y enterrados bajo la nieve. Estaba enredada en la tienda y empujada debajo de mis compañeras del club. Comencé a sofocarme y pensé en cómo reportarían nuestro accidente. Entonces, de repente los sherpas que nos acompañaban nos rescataron. Fuimos muy afortunadas de que ninguno de nosotras resultase herida, pero aun así pasaron tres días hasta que pude caminar y moverme con normalidad”, contó la alpinista.
Una vez repuesta de los golpes, las mujeres del equipo esperaron el momento más adecuado para intentar llegar a la cima. El 16 de mayo, pese a las magulladuras que todavía tenía en su cuerpo, decidió lanzarse y, acompañada por el sherpa Ang Tsering, atravesó las crestas más peligrosas y llegó a coronar la montaña. “Parecía un tatami de nieve”, dijo cuando le pidieron una descripción.
También le preguntaron sus sensaciones al llegar a la cima sabiendo que era la primera mujer en lograrlo. “Todo lo que sentí fue alivio”, respondió.
Si bien se mostró reacia a la publicidad, Jukio aprovechó su logro para impulsar el alpinismo femenino participando en una miniserie de televisión y recorriendo Japón para contar su experiencia. Nunca se adjudicó sola el mérito de haber conquistado la montaña más alta del planeta, sino que por el contrario, cada vez que se refería al tema rescataba el apoyo de sus compañeras y del sherpa que llegó con ella a la cima.

En todos los continentes
Cuando llegó a la cumbre del Everest, Jukio Tabei tenía 35 años y estaba lejos de pensar que, con esa conquista, ya no le quedaba nada por intentar. Se propuso entonces escalar las montañas más altas de cada uno de los continentes.
Así llegó a la cima del Kilimanjaro, en África, en 1980; alcanzó la cumbre del Aconcagua, en América del Sur, en 1987; conquistó el Denalí, en Estados Unidos en 1988; subió al Elbrus, en el Cáucaso, en 1991; llegó a la cumbre del Vinson, en la Antártida, en 1991, y cerró la lista con el Puncak Jaya en Oceanía en 1992.
También escaló el Shisha Pangma, en el interior de la región del Tíbet, en 1981; la cima meridional del Jitchudrake, en Bután, en 1983; el Ismail Samoni, en Tayikistán, en 1985, y el Erebus, un volcán activo en la Antártida, en 1992.
Al mismo tiempo que recorría el mundo para conquistar las cumbres de sus montañas más elevadas, comenzó a ver con preocupación el surgimiento de un nuevo tipo de turismo que ponía en peligro el medioambiente de las regiones vírgenes de las alturas. Eso la motivó a volver a la Universidad en 2000, donde estudió y se licenció en Ciencias Ambientales. Luego de graduarse, se convirtió en la directora del Himalayan Head Trust of Japan, una organización que trabaja a nivel mundial para preservar los entornos de montaña.
Al mismo tiempo, seguía escalando. Cuando murió de cáncer, a los 77 años, el 20 de octubre de 2016, había ascendido a las 76 montañas más altas de 76 países.
Poco antes de morir, en una de las últimas entrevistas que dio, explicó el motor de su pasión por el alpinismo: “Amo las montañas. Me encanta ir a donde nunca he estado antes. Así que me estoy desafiando a mí mismo a escalar los picos más altos de todos los países del mundo. Ahora tengo 76 años, y he escalado los picos más altos de 76 países. Estoy sufriendo cáncer, pero me gustaría seguir mi camino y escalar montañas”, dijo.
Dejó también una autobiografía donde, además de sus éxitos deportivos repasa los obstáculos patriarcales que debió vencer para llegar tan alto. Allí se definió irónicamente como “un ama de casa que escala montañas”.
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