
Pasado el mediodía de ese luminoso 19 de mayo de 1974 en Budapest, un joven arquitecto y escultor húngaro de apenas 30 años piensa la manera de hacer que algunos conceptos geométricos sean más accesibles para sus alumnos universitarios de la Escuela de Artes Comerciales. Solo, y en el silencio de la habitación, crea un cubo, una suerte de rompecabezas mecánico, y a cada una de las seis caras le otorga un color.
Esa tarde, donde con piezas de madera y unas gomas elásticas que las sostenían le dio forma, Erno Rubik no imaginó que había conseguido la inmortalidad. Lo que él llamaría Cubo Mágico, pero que pronto sería bautizado con su apellido, se convertiría en pocos años en el juguete más vendido de la historia.
Erno Rubik generó un mecanismo de ejes que posibilitó que cada uno de ellos girara de manera independiente sin que el conjunto se desarmara. Lo pensó como una mera herramienta -aunque sofisticada en su concepción- para que sus alumnos entendieran los conceptos de espacio y geometría tridimensional. Para que se masificara sólo hubo que modificar los materiales. Esa herramienta universitaria, tras un recorrido azaroso, se convirtió en el juguete preferido por todos.
A pesar de que Rubik creó su rompecabezas mecánico en 1974 -porque eso es lo que es- la explosión del cubo se dio en 1980. Ese año se comercializó en Estados Unidos y rápidamente se expandió a todo el mundo.

El camino de su creación fue lento e imprevisible. Rubik lo patentó en Hungría en 1976. Todavía no había pensado industrializarlo pero como su padre era aviador e ingeniero aeronáutico especializado en planeadores y había registrado algunas innovaciones, estaba familiarizado con los trámites de patentamiento de las invenciones.
Cuando se comercializó en Budapest, al final de la década del setenta, el Cubo fue un pequeño suceso. La Cortina de Hierro y las comunicaciones de esos años no permitían vislumbrar que ese juguete ingenioso saliera de Hungría. Sin embargo, primero llegó en pequeñas cantidades, transportado por entusiastas que habían quedado fascinados, a países limítrofes.
Hasta que un hombre de origen magiar, Tibor Laczi, lo vio y decidió llevarlo a la Feria del Juguete de Nuremberg de 1979. Allí se asoció con la empresa norteamericana Ideal Toy para su fabricación en masa y la distribución en Occidente.
Faltaba un paso más. A principios de 1980, ya con el modelo final y con su packaging definitivo (las primeras ediciones venían en una caja circular, en una especie de coqueta lata), lo mostraron en las ferias del juguete más importantes de Europa y Nueva York. La explosión fue inmediata.
La nueva década empezaba con una necesidad: todos querían su Cubo de Rubik. El fenómeno sólo se comparo con la aparición del Hula Hula tres décadas antes. Un furor inusitado.

El desafío y la dificultad para su resolución sólo hacían que el interés aumentara. Chicos y grandes movían las caras, giraban las filas de cuadrados hasta lograr que los nueve del mismo color quedaron juntos. Pero al intentar formar las otras, las primeras se desarmaban.
No había tutoriales de internet. Así, casi involuntariamente, el Cubo logró otro récord. El de ser el juguete con más libros publicados sobre él. Esos libros mostraban distintas vías de resolución del problema que Rubik había creado. Problema que también se le presentó a él apenas tuvo su criatura en las manos. De hecho, en las primeras semanas creyó que era imposible armarlo. Tardó un mes en encontrar la solución luego de múltiples pruebas y cálculos.
Según cálculos matemáticos el Cubo tiene más de 43 trillones (43.252.003.274.894.856.000) de posibilidades de permutaciones diferentes. De ahí su extrema dificultad.
Pero también hay algo que en la jerga “cubista” se llama El Número de Dios: la cantidad de movimientos mínimos requeridos para resolverlo. Durante un tiempo se creyó que eran 26 esos movimientos necesarios para armarlo pero nuevos cálculos determinaron que son 20.
Las cifras en estos casos no son demasiado fiables pero se estima que se han vendido más de cuatrocientos millones de unidades del Cubo de Rubik. Un número monstruoso. Y si nos abocamos a la experiencia se puede afirmar que esa cifra se incrementa considerablemente cuando se le suman las copias piratas que habitan en kioscos, jugueterías y bazares de todo el mundo.
También se cuentan en millones los clicks en los videos de YouTube que explican paso a paso cómo resolverlo. Una ventaja de estos tiempos. Pero eso es para los aficionados. Hay profesionales del Cubo de Rubik, expertos en su resolución a una velocidad ridícula. Si se googlea sin demasiado rigor el tiempo que se registra como récord puede quedar desactualizado. En cada evento internacional, organizados oficialmente por Wold Cube Association (sí, existe una entidad mundial que nuclea las competencias), ese número baja de una forma asombrosa.
El último torneo mundial en 2020 lo ganó Max Park, un estadounidense de 18 años que consiguió un registro de 5,9 segundos en la Red Bull Rubik’s Cube World Cup. La competición tiene un rito y reglas rígidas. Para evitar manejos y favoritismos, la configuración inicial del Cubo se arma (sería más preciso: se desarma) según un orden aleatorio que brinda un sistema informático. El competidor tiene 15 segundos para estudiar esta configuración. Concentrados giran las caras y retienen ubicaciones y colores. Luego lo depositan sobre un paño y ponen las manos al costado hasta esperar la inmediata señal de comienzo. Unos segundos de movimientos frenéticos, de giros con dedos elásticos y de repente se suelta el cubo como si quemara para que caiga en el paño: una vez que las manos ya no están en contacto con él se detiene el tiempo.
El registro final de cada participante (que tienen una denominación: speedcubers) lo da el promedio de tiempo de 3 intentos. Pero esta es una de las competencias posibles. Hay registros oficiales de contiendas con ojos vendados, con una mano o de armado con los pies.
El actual récord del mundial del cubo de Rubik, que viene desde 2018, sigue siendo del chino Yusheng Du. Fue capaz de resolver el cubo de Rubik en 3,47 segundos.

La Asociación Mundial no sólo premia a los más veloces. Unos años atrás otorgó un galardón muy especial. Graham Parker, un inglés que ya pasó los 50 años y que compró el Cubo de Rubik en 1983 no quiso leer libros ni ver tutoriales. Decidió no utilizar atajos para enfrentarse al Cubo. Eso tuvo su costo: tardó 26 años en poder resolverlo. Pero también consiguió su recompensa. La Asociación Mundial lo premió reconociéndole su dedicación (y su innegable obstinación).
Erno Rubik difícilmente imaginó la magnitud de su creación, la manera en que se iba a difundir, vender y perdurar mientras lo diseñaba en su estudio húngaro a principios de los setenta.
Siguió todo este tiempo dando clases y dedicando su tiempo a otras invenciones que, naturalmente, no tuvieron el éxito de la primera. Otros rompecabezas mecánicos, más complejos, con un diseño más avanzado y hasta más llamativos pero que no lograron ni por asomo la repercusión del Cubo. Esa combinación de sorpresa, sencillez, solidez y complejidad son irrepetibles.
Rubik, no da demasiadas entrevistas ni conferencias prefiere que su “juguete” hable por él. Sin embargo alguna vez declaró: “Creo que lo más característico del Cubo es la contradicción ente la simplicidad y la complejidad. Amo la simplicidad del Cubo porque es una forma geométrica muy clara, y amo la geometría porque es el estudio de cómo está estructurado el universo entero”.
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