
Alfredo Fraile saltó en el sillón donde dormitaba cuando el teléfono sonó a las cuatro de la madrugada del 17 de enero de 1982. Era su turno de guardia en la casa de Julio Iglesias en Indian Creek, Miami, donde todos vivían en estado de duermevela desde hacía veinte días. Tardó un segundo en despejarse. Sabía que el teléfono estaba intervenido por el FBI y que si la llamada era de los secuestradores tenía que estirarla lo más que pudiera. Debía estar alerta.
Del otro lado de la línea, Fraile escuchó una voz conocida. Era el comisario José María Rodríguez Colorado, director general de la Policía española, con quien ya había hablado otras veces en esos días inciertos. “Fraile, tengo una buena noticia –dijo el policía al reconocer, también él, la voz del representante de Julio Iglesias-: rescatamos al doctor Julio Iglesias Puga. Está bien, aquí conmigo y quiere hablar con su hijo”. “Lo despierto de inmediato”, contestó Fraile y volvió a saltar del asiento, esta vez para correr hacia el dormitorio del cantante romántico más famoso del mundo hispanohablante.
Era el final del calvario iniciado el 29 de diciembre del año anterior, cuando el padre de Julio Iglesias había sido secuestrado por un grupo comando de la ETA. Su hijo vivía en vilo desde entonces, caminando por la casa y repitiendo una frase que, de tanto escucharla, a Fraile le había quedado grabada. “Lo han secuestrado por mi culpa. Pobre viejo, pobre viejo, con el frío que hace en Madrid y él sin abrigo, porque nunca lleva abrigo. A mis hijos les puse guardaespaldas y no supe cuidar a mi padre. ¿Tendrá sus medicinas? Me siento responsable”, decía una y otra vez.
Un minuto después, Julio Iglesias hablaba por teléfono con su padre. Alfredo Fraile se alejó con cierto pudor. No quería oír esa conversación íntima, pero sí escuchó desde lejos que su amigo lloraba.

El secuestro
Además de ser conocido como el padre de Julio Iglesias, el doctor Julio Iglesias Puga era, a los 66 años, un reconocido ginecólogo madrileño. Su consultorio, en el centro de la capital española, siempre era muy concurrido y entre sus pacientes se contaban no pocas estrellas del mundo del espectáculo y la canción. Ese éxito era el resultado de dos factores que se potenciaban entre sí: su prestigio como médico y la fama de su hijo. Era un signo de distinción ser atendidas por “Papuchi”, como llamaban al padre de Julio Iglesias.
Después de pasar unos días con su hijo en Miami, Iglesias Puga había regresado a Madrid el 26 de diciembre para pasar el fin de año con su ex nuera, Isabel Preysler, y sus nietos Chabely, Julio José y Enrique, hijos del ya terminado matrimonio del cantante con Isabel. Vivían en dos pisos del mismo edificio en la calle madrileña San Francisco de Sales.
El 28 de diciembre dos personas que se presentaron como periodistas de la televisión alemana visitaron al doctor Iglesias Puga en su consultorio en un Instituto Médico de la calle O’Donell. Le propusieron hacer una entrevista al día siguiente en su departamento, a donde irían con las cámaras. El padre del cantante, que no esquivaba la exposición mediática, aceptó de inmediato y fijaron una cita.
A la hora señalada de la mañana del 29 de diciembre, cuando el doctor Iglesias Puga abrió la puerta de su piso de la calle San Francisco de Sales, se encontró frente a tres hombres que no llevaban cámaras pero sí armas. Lo obligaron a bajar hasta el estacionamiento, donde lo ataron y lo obligaron a tomar un puñado de somníferos antes de encerrarlo en el baúl de un auto. Cuando despertó –contaría después de su liberación– estaba en una habitación de unos nueve metros cuadrados donde había una cama, tres sillas y un balde para que hiciera sus necesidades.
Allí pasaría los siguientes 19 días.

10 millones de dólares
El entorno del médico no demoró en sospechar que algo andaba mal. Al mediodía, Iglesias Puga había quedado en almorzar con su abogado, Fernando Bernaldez, pero faltó a la cita. Tampoco fue a visitar, como había prometido, a su cuñada, que estaba embarazada. Esa misma tarde, Bernaldez denunció la desaparición en la Dirección de Policía. Casi al mismo tiempo, Isabel Preysler llamó a su ex marido por teléfono para darle la noticia.
Los secuestradores demoraron 48 horas en hacer conocer sus exigencias: pidieron 10 millones de dólares por la liberación del padre de Julio Iglesias. En una única llamada, hicieron saber que las indicaciones para pagar el rescate llegarían a una embajada española en el exterior.
Mientras el otro hijo de Iglesias Puga, Carlos Iglesias, se quedaba en Madrid para atender a la prensa y estar en contacto permanente con la policía, Alfredo Fraile –el hombre en quien más confiaba Julio Iglesias– viajó a Miami para acompañar a su amigo y coordinar todo desde allí. “Fueron unas semanas terribles. Dejé mi casa y me instalé en la de Julio para organizar las relaciones con la prensa y el día a día. Julio estaba derrotado, desesperado. No se me olvidará nunca. Julio no podía comer, ni dormir y repetía constantemente ‘lo han secuestrado por mi culpa”, recordaría Fraile muchos años después.
En Miami, además de contener a su atribulado amigo, Fraile tuvo que lidiar con incontables pedidos falsos de rescate. Las cifras no coincidían con la de la primera llamada y en muchos casos no hacía falta que el FBI –que escuchaba las llamadas– dijera que se trataba de impostores.
Otra tarea de Fraile era estar en línea directa las 24 horas con uno de los bancos más importantes de Miami y con el Banco Español de Crédito (Banesto) por si hacía falta realizar cualquier movimiento o transacción económica con urgencia.
Aunque los secuestradores no se habían identificado, la policía española sospechaba que se trataba de una operación con fines puramente económicos de la ETA, la organización separatista vasca que por esos días también había secuestrado a un empresario. La rareza de que el pedido de rescate llegaría a una embajada española en el exterior, donde la ETA tenía vinculación con otras organizaciones, reforzó esa hipótesis.

Días de tensión
Los días pasaban y la situación parecía estancada. Los secuestradores –como habían anunciado– se mantenían en silencio, ya que las indicaciones para pagar el rescate llegarían por otra vía.
En su cautiverio, el doctor Iglesias Puga pasaba los días como podía, encerrado en la misma habitación donde había despertado. “Hace falta tener una fe enorme para poder soportar veinte días de cautiverio. Fueron educados conmigo y me trataron correctamente. Jamás me explicaron los motivos del secuestro, sólo me dijeron que se había pedido un rescate y que conociendo que detrás había mucho dinero confiaban en que mi hijo lo pagaría”, contó después de ser liberado.
Mientras tanto, en la casa de Indian Creek, Fraile y otros colaboradores de Julio Iglesias se turnaban junto al teléfono a la espera de nuevas llamadas.
Un rescate casual
La policía española seguía todas las pistas que podía, pero el rescate del padre de Julio Iglesias ocurrió casi por casualidad. Los comandos del Grupo Especial de Operaciones (GEO), un cuerpo de elite de la Policía Nacional encargado de combatir a la ETA, obtuvieron información de que en una casa del pueblo de Trasmoz, en Zaragoza, la organización podía tener secuestrado al empresario José Lipperheide.
Durante la madrugada española del 17 de diciembre, un comando del GEO al mando del comisario Juan Domingo Martorell irrumpió en una casa frente a la Plaza España de Trasmoz y sorprendió dormidos a tres integrantes de la ETA, que luego fueron identificados como José Luis Gutiérrez ‘Guti’, su hija Gloria y su yerno, Baltasar Calvo. No ofrecieron resistencia.
Cuando los policías entraron a la habitación donde suponían que estaba secuestrado el industrial Lipperheide descubrieron que estaban frente al padre de Julio Iglesias, a quien no esperaban encontrar ahí.
El doctor Iglesias Puga estaba acurrucado en una esquina de la cama, aterrorizado. Luego contaría que creyó que iban a matarlo. El comisario Martorell lo tranquilizó: “Somos los buenos”, le dijo.
Nervioso como estaba, al salir con la policía el padre de Julio Iglesias se olvidó la dentadura que había puesto en un vaso con agua antes de dormir.

La ETA y El Chacal
Casi al mismo tiempo que Julio Iglesias hablaba por teléfono con su padre recién rescatado por el Grupo Especial de Operaciones, la Embajada española en Beirut recibió una carta con indicaciones preliminares para el pago del rescate.
Años después se sabrían las razones por las cuales la entrega del dinero debía hacerse fuera de España. En 2006, tras ser extraditado de Sudán, acusado de una serie de atentados en territorio europeo, el venezolano Ilich Ramírez –mundialmente conocido como “Carlos” o “El Chacal”– explicó que él era el encargado de cobrar el rescate. “El acuerdo era que ocho millones de dólares serían para ETA y dos millones para nosotros”, dijo.
El doctor Julio Iglesias Puga nunca llegó a saberlo. Había muerto el año anterior.
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