
La flota anglo francesa compuesta de 16 buques de guerra, muchos a vapor, que custodiaban a 95 mercantes con las bodegas llenas de mercaderías para hacer negocio en Montevideo, que permanecía sitiada, había sido despedida en Goya, donde las autoridades locales, contrarias a Juan Manuel de Rosas, habían organizado un verdadero agasajo.
De todas formas, la travesía por el río Paraná fue un calvario para los anglofranceses. Permanentemente fueron hostigados con el fuego de baterías móviles, y cuando pretendían desembarcar en algún puerto, recibían fuego de fusilería.
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Sabían que en algún punto del río los esperaban.

El bloqueo anglo-francés al Río de la Plata tuvo lugar entre el 2 de agosto de 1845 y el 31 de agosto de 1850. Durante el mismo, buques ingleses y franceses cerraron al comercio todos los puertos de la Confederación Argentina y los del Uruguay, con excepción del de Montevideo.
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Como justificativo de semejante medida, Gran Bretaña y Francia explicaron que habían decidido el bloqueo por la violación de la independencia uruguaya por parte de fuerzas argentinas que tomaron parte en la llamada guerra grande en Uruguay, que enfrentaba a Manuel Oribe con Fructuoso Rivera. En realidad, a estos países les interesaba que Argentina dejase navegar a sus naves mercantes por sus ríos interiores, en una clara violación de la soberanía. Un centenar de buques extranjeros decidieron adentrarse en los ríos interiores con el fin de comerciar sus productos.
En el viaje en el que remontaron el Paraná, habían salido con daños del combate de la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845. Ahora, que regresaban hacia el Río de la Plata con una importante carga para ser comercializada, el general Lucio Norberto Mansilla, 53 años, tenía sus planes para hacerles la vida imposible. Había sido encomendado por su cuñado Rosas, que impidiese la libre navegación de la flota invasora. Obligado había sido el primer enfrentamiento y el militar había aprendido la lección de lo que allí ocurrió, donde hubo un largo y encarnizado combate.
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Los seguían por tierra, arrastrando cañones con animales, y habían retirado el ganado de la costa para evitar que el enemigo desembarcase para alimentarse. Y en caso de hacerlo, había partidas de gauchos preparados para rechazarlos.

El 9 de enero de 1846, en el paraje de El Tonelero, hubo un duelo de artillería entre las fuerzas argentinas, que dispararon unas 400 balas de cañón y cinco mil de fusil hacia cuatro buques, que poseían cañones de grueso calibre, con los que lograron imponerse y pasar. Se refugiaron detrás de una isla ubicada en el medio del río.
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Mansilla ordenó seguir por tierra a la flota, como lo venían haciendo. En un punto de la costa entre el convento de San Lorenzo y la Punta de Quebracho mandó ocultar en la espesura ocho cañones junto a 250 carabineros y un centenar de infantes. Para que delatasen su posición, de los buques Expedition y Gorgon dispararon hacia la costa, pero los soldados tenían orden de no dejarse ver.
El 16 de enero, en San Lorenzo se desató un nutrido intercambio de artillería. Allí Mansilla empleó una táctica que sería elogiada por el enemigo: disparaba, esperaban el retroceso de la pieza y la movían hacia otra posición.
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No tenían descanso. Una vez que pasaban los buques, la artillería era arrastrada hacia el siguiente punto.
El 4 de junio estaban navegando por el Paso Angostura del Quebracho, unos 35 kilómetros al norte de Rosario, donde los estaban esperando. Los buques de guerra presentaban averías, los mercantes habían perdido parte de la carga y unos cincuenta hombres estaban fuera de combate. El contraalmirante Edward Inglefield admitió que solo un buque había terminado sin un disparo.
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Mansilla había dispuesto tres baterías con 17 cañones y 600 infantes y 150 carabineros. Entre los oficiales estaba el neoyorquino Juan Bautista Thorne, herido en la Vuelta de Obligado. Estaba al mando de dos baterías y dos compañías de infantes.

En el centro habían dispuesto una batería, y tropas del batallón San Nicolás y del regimiento de Patricios al mando del mayor Manuel Virto, un militar enérgico que desde la época de las guerrillas de Martín Miguel de Güemes, había estado en todas. Y el coronel Martín Santa Coloma, al frente de una batería y de una unidad de infantes cubría el flanco izquierdo. En la reserva esperaban unos doscientos infantes, dos escuadrones de lanceros y la escolta de Mansilla, tal como describe Adolfo Saldías en la Historia de la Confederación Argentina.
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La flota se reorganizó con la intención de poder pasar. Armaron una vanguardia con cinco vapores y un bergantín; luego venían tres bergantines más y cerraban la formación dos vapores y uno a vela.
Los buques que protegían iban entre ellos y otros detrás. Para avanzar, esperaron tener viento favorable.

Antes de empezar la acción, Mansilla arengó a sus hombres, les habló que estaban ahí para defender los derechos de la patria. Y, tomando una bandera argentina, gritó “¡Viva la soberana independencia argentina!”
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Fue a la altura de lo que hoy es la calle Thorne y las costas del Paraná, en el actual Puerto General San Martín. La lucha empezó cerca de las once de la mañana cuando los buques de guerra abrieron fuego, junto a una batería de cohetes que los ingleses habían armado, en total sigilo, en una isla cercana, a la izquierda de la posición de Mansilla.
Durante dos horas, los buques quedaron a merced del fuego de artillería que había sido colocada estratégicamente en un terreno elevado para no repetir lo de Obligado. Esto dificultó que el fuego enemigo fuera realmente efectivo.
En el medio, los buques mercantes intentaban escapar, luchando contra la corriente del río, provocando un caos con las de guerra, ya que se embestían entre sí. Algunas navegaban prácticamente a la deriva, desplazadas por la corriente y terminaban encalladas en la margen contraria, mientras su tripulación se cubría del fuego de las fuerzas de Mansilla.

Los buques de guerra Harpy y Gorgon quedaron seriamente dañados, dos barcos mercantes fueron hundidos y los cuatro varados se los incendió para que no cayesen en manos de las fuerzas defensoras.
El comandante inglés Hothman dio la orden de escapar de allí lo más rápido posible. “El fuego fue sostenido con gran determinación; fuimos perseguidos por artillería volante y por considerable número de tropas que cubrían las márgenes haciéndonos un vivo fuego de fusilería. El Harpy está bastante destruido; tiene muchos balazos en el casco, chimeneas y cofas”, describió el teniente Proctor a su comandante.
Habían tenido 60 bajas, entre muertos y heridos. Aún así, continuaron siendo hostigados desde las márgenes del río.
Los argentinos sufrieron un muerto y cuatro heridos, uno de ellos Thorne, quien recibió impactos de metralla en su espalda. Para la flota extranjera la campaña resultó un verdadero calvario y luego la diplomacia por medio de los tratados Arana Southern y Arana-Lepredour cerraría un conflicto que llevaba una larga década, y combates como Punta Quebracho y Obligado quedarían asociados a la épica nacional.
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