
Por varios años fue una compañía inglesa la que importaba negros capturados en Angola y el Congo y los amontonaba en un corral en el Retiro, cerca de la esquina de Arenales y Maipú, donde por 1691 el gobernador Agustín de Robles había levantado una espléndida vivienda de veinte habitaciones –“Mi retiro” la llamó- y que cuando volvió a España, fue alquilada a empresas dedicadas al vil comercio humano. El problema era que cuando soplaba viento del río, inundaba la ciudad un hedor insorportable, producto de esos hombres y mujeres, que habían viajado hacinados y encadenados por el cuello y pies en las bodegas del barco, muchos contagiados de sarna y escorbuto. Por eso en 1793 se dispuso que se los desembarcara en Barracas y se los llevaba al Riachuelo a bañarlos.
Como los esclavos eran portadores de enfermedades, las grandes compañías negreras respetaban la cuarentena que debían hacer cumplir a los pocos pobres infelices que lograban sobrevivir a los mil suplicios padecidos en alta mar antes de tocar tierra. Pero como luego el tráfico quedó en poder de particulares, éstos carecían de infraestructura necesaria para alojar a esclavos y con el afán de convertir rápidamente esa carga humana en dinero, se salteaban ese paso fundamental de cuidado sanitario, que solía hacerse en Montevideo.
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Y así Buenos Aires, que ya estaba a la buena de Dios a merced de todas las pestes que daban vuelta como el cólera, la tuberculosis, el tifus y la lepra, se enfermó, ayudada por la insalubridad reinante.
La epidemia más temida, la de la viruela, se declaró el sábado 28 de abril de 1804 y vino en un grupo de esclavos procedentes del Brasil. Por los general, los traían de Río de Janeiro, Bahía y Recife, puertos consumidores del tasajo que producían los saladeros de la provincia de Buenos Aires.
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La viruela, introducida en América en 1519 por los hombres del conquistador Hernán Cortés, era un verdadero flaglelo por la alta mortandad que producía. De esos granos multiformes que provocaba en el enfermo, viene su nombre. La viruela era -ya fue erradicada- una enfermedad infecciosa provocada por un virus.

Buenos Aires estaba desprotegida, a merced del cólera y la lepra. Había tifus, tos convulsa, sarampión, disentería, y desvelaba a los médicos la cuestión de la tisis pulmonar. Se llegó a tratar a pacientes con vapor de brea o alquitrán mientras se mantenía caliente sobre el fuego.
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Fue Juan de Garay quien en 1580 dispuso la construcción de un hospital. Como si la burocracia hubiese sido una constante en estas tierras, recién comenzó a levantarse 34 años después. Recibió el nombre de San Martín de Tours y estaba ubicado en Defensa y México. Allí se atendían a los pobres, indigentes y a los marineros. Era una humilde construcción de paredes de adobe y techo de paja y que a lo largo de la historia, tuvo varios nombres: Nuestra Señora de Copacabana, del Rey, Santa Catalina. Lo cerró Rivadavia en 1822.

Como obviamente este hospital no cubría las necesidades de la población, los Bethlemitas -conocidos como “barbones” por sus largas barbas- se hicieron cargo en 1748. Conocidos como padres hospitalarios, porque se ocupaban del cuidado de los enfermos internados, administraron la Casa de la Residencia, que los jesuitas dejaron abandonada cuando fueron expulsados. Ubicada en Humberto I, entre Defensa y Balcarce, fue el origen del Hospital de Hombres donde, cuando se creó la Facultad de Medicina, los alumnos realizaban allí las prácticas. Fue demolido en 1883. Tanto los Bethlemitas como los jesuitas fueron los primeros en tratar la locura.
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Más tarde surgió el Hospital de Mujeres, atendido por la Hermandad de la Santísima Trinidad, en Mitre y Esmeralda, al costado de la iglesia de San Miguel. Fue clausurado en 1822. También se usó como centro asistencial la Casa de los Niños Expósitos, que había sido fundada en 1779.
Eran edificios ruinosos, dominados por la humedad, sin ventilación, en las salas se mezclaban los pacientes con enfermos mentales y con ancianos e inválidos que no tenían dónde vivir.
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Los hospitales carecían de la suficiente capacidad para albergar a los pacientes sin recursos y éstos no tenían el acceso a los medicamentos como estaba regulado, ya que la mayoría de los boticarios no cumplían con su obligación de atender gratis a la gente pobre.
Los principales focos de insalubridad en la ciudad que provocaba enfermedades eran los desechos en la vía pública, los restos de animales faeneados en las casas que se descomponían al aire libre, junto a la basura y la materia orgánica, que provocaban que hubiera cada vez más roedores y perros salvajes.
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Faltarían décadas para contar con un sistema de aguas corrientes, se desconocían los beneficios del aseo personal y las cuestiones básicas de higiene, todo lo que configuraba un peligroso caldo de cultivo, ideal para la proliferación de pestes y enfermedades.
Dos semanas antes de que se declarase la epidemia, falleció en la ciudad el virrey Joaquín del Pino, quien había asumido en 1801. Lo reemplazó el intendente de Córdoba, el marqués Rafael de Sobremonte.
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El flamante funcionario puso manos a la obra. Dispuso la instalación de lazaretos, prohibió las reuniones multitudinarias, se restringió la circulación por la ciudad y se vigilaron sus accesos, porque la enfermedad se había expandido hacia el norte bonaerense.
En la población imperaba el miedo. Ya la habían sufrido en forma muy violenta en 1789 y en 1793, y produjo una gran mortandad. La viruela era comparada a una plaga “cuyo horror hace que el amigo abandone al amigo, el marido a la esposa y los padres a sus hijos, dejándolos perecer a manos, si no del contagio, de la necesidad”, como se describió entonces.
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Se suministraban remedios caseros, como el agua de cebada y lino, mezclada con semillas trituradas de zapallo o sandía, y se untaban pomadas sobre las póstulas y, por las dudas, se practicaban sangrías.
A la población negra e indígena, mal alimentada, se la recluía en toldos en las afueras de la ciudad, y vivían largas semanas en un hacinamiento que favorecía el contagio. Por su parte, la iglesia organizaba misas y procesiones para pedir por el fin de la epidemia.

Los que no fallecían quedaban con sus rostros marcados por la enfermedad y otros perdían la vista.
Por fin en 1805 llegó la vacuna, gracias al rey de España Carlos IV porque su hija María Luisa había quedado desfigurada tras padecer esta enfermedad y, después de vacunar a sus otros hijos -Fernando (futuro Fernando VII), Carlos Isidro y Francisco de Paula- decidió enviar a sus dominios de ultramar la vacuna. Había sido convencido por el cirujano militar Francisco Javier de Balmis y el 30 de noviembre de 1803 una expedición partió hacia América y las Filipinas.
Para transportarla, Balmis se valió de una veintena de niños, que fueron los agentes portadores. Durante la larga travesía, eran inoculados con pequeños cortes realizados de brazo en brazo para mantener la vacuna a salvo. Al llegar a América, el grupo se dividió. Balmis recorrió México y siguió viaje a las Filipinas, mientras que otro, encabezado por el doctor José Salvany se ocupó de América del Sur.
A mediados de julio de 1805, no bien el barco “Rosa de Río” atracó en Montevideo, que transportaba a esclavas con pústulas frescas –“además de líquido vacuno conservado en vidrios” informaba el diario de Vieytes- el virrey de Sobremonte la hizo traer a la ciudad de Buenos Aires, y fundó un Conservatorio de Vacuna.
Los primeros ensayos los hizo ese mismo año Feliciano Pueyrredón, el cura párroco de Baradero.
El 2 de agosto de 1805, en un acto celebrado en el fuerte (hoy Casa de Gobierno) el virrey, rodeado de sus más altos funcionarios, presenció la primera vacunación a cinco niñas de la Casa de Niños Expósitos. Luego, se alentó a los clérigos de las parroquias y a sus alcaldes de barrio a que animasen a la gente a dejarse vacunar, tarea nada fácil de cumplir, ya que antes se precisaba convencer.
Cuando el Protomedicato -una institución creada en 1780 para regular el ejercicio de la medicina, formar profesionales y perseguir las prácticas de curanderos- reclamó la creación de un Comisionado General de la Vacuna, fue el cura Saturnino Segurola quien se adelantó a todos y presentó al Cabildo un plan de vacunación. Y pidió que su cargo al frente de este organismo fuese ad honorem. “Por este servicio ni pido ni pediré nada, solo deseo ser útil a la humanidad y a la patria”.
Por su parte, el Protomedicato había elaborado las “Instrucciones sobre la inoculación de la vacuna de orden del Exmo. Sr. Virrey, marqués de Sobremonte”.
En su quinta situada en lo que hoy es Caballito, en lo que hoy es la plazoleta Dr. José Luis Romero, encerrada por las calles Puan y Baldomero Fernández Moreno, el padre Segurola, a la sombra de un pacará -allí se conserva un retoño- todos los jueves por la tarde durante 16 años vacunaba gratis y así evitar que la viruela dejase de ser un flagelo mortal en esa Buenos Aires donde todo estaba por hacer.
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