El autor es periodista y escritor, experto en la historia de la ciudad de Buenos Aires.

Por Diego M. Zigiotto
Salvo raras excepciones, en la Buenos Aires antigua todo el mundo se bañaba en el río, pues en las casas coloniales, de las llamadas "piezas de baño" sólo existía el nombre. Las llamaban así porque, además de su destino para amontonar cachivaches fuera de uso, se guardaba la bañadera de latón, en la que únicamente se refrescaban la señora o el señor de la casa. Los hijos y la servidumbre se bañaban en la playa, en distintas horas. Los segundos, generalmente por la noche.
Algunos padres permitían que sus hijos se bañaran en la misma tina, sin renovar el agua. Primero el padre y la madre, por separado, claro; después, siguiendo la escala por edad, todos los hijos. La renegrida agua restante serviría aún para regar las plantas y la vereda.
Con el paso del tiempo, las bañeras fueron mejorando y, en algunas casas ricas, en la época de Juan Manuel de Rosas, hasta las hubo de mármol.
Las señoras también se bañaban en el río, pero para eso esperaban que llegara el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción. Esa jornada, los frailes bendecían las aguas, aunque específicamente los franciscanos lo hacían un poco antes, el 4 de octubre, y los recoletos el 12 del mismo mes, día de Nuestra Señora del Pilar.
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Durante el verano concurría gente al río desde que salía el sol hasta altas horas de la noche, algunos eligiendo el momento del día por gusto o comodidad, y otros por necesidad. Los comerciantes, casi en su totalidad, iban de las diez de la noche en adelante, después de cerrar sus negocios. Las familias preferían la caída del sol para acercarse al río; se entretenían en el pasto comentando las últimas noticias y los chismes del día, y esperaban que oscureciera para entrar al agua, dejando sus ropas al cuidado de las sirvientas. Cuando anochecía, cientos de personas de todas las clases y edades se zambullían en las aguas, iluminados tenuemente por las luces de los faroles.
Los tenderos, prevenidos de los habituales robos de indumentaria, llevaban algún muchacho para cuidar las prendas mientras ellos se bañaban. Otros, para ir ligeros de equipaje, cubrían sus paños menores con una sábana, que a la vez les serviría para apoyar sobre el pasto. Y de esa manera bajaban por las calles hacia el río.
Las frecuentes tormentas veraniegas solían sembrar el terror entre los bañistas; era, a veces, tan rápida su aparición, que no daba tiempo para vestirse; en algunos casos, la gente se mantenía firme en sus puestos; en otras, todos huían, unos a medio vestir, y otros habiendo perdido sus ropas.
Muchos hombres acostumbraban acercarse a la costa a las once o a las doce de la noche, llevando fiambres y vino, para cenar en el pasto, después del baño. Se observaba el mayor orden y respeto; los hombres se alejaban de los grupos de señoras y buscaban sitios menos concurridos por ellas, aunque nunca faltaba alguno que intentara fisgonear desde las tosqueras.
El rey Carlos III había establecido en 1774 la prohibición de que a los baños concurrieran "promiscuamente clérigos, frailes, seculares, mujeres y personas de todas clases y sexos". Entonces, dispuso que se destinaran "con separación los lugares para unos y otros, cuidando de su puntual observación". La separación por sexos en los baños en el río se mantuvo en las aguas durante todo el siglo XIX.
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