La autora de Muerta de hambre y La piel dura cuenta en primera persona el origen de su nueva novela, Nación vacuna (Emecé). Los libros de Fernanda García Lao destapan lo siniestro de las acciones cotidianas.

Ya no recuerdo cómo apareció Nación Vacuna en mi cabeza. Nunca presto atención a las apariciones hasta que se hacen recurrentes. Pero tengo algunas visiones que podrían ser las más viejas, las que dispararon la novela: una vaca colgada boca abajo sacude las piernas, como si la muerte fuera un ataque de epilepsia. Un hombre solo, de noche, en lugar de tirarse al río desde arriba de un puente, vacía su vejiga y se ve en perspectiva. La colecta para los soldados muertos de frío y de hambre del otro lado del Atlántico incluye paquetes de pañales y leche en polvo. Mujeres que deben pasar una selección, contestan preguntas absurdas con los brazos desnudos.

Esas escenas se cruzaron en algún momento, o nacieron esclavas unas de otras. Se complotaron para dar a luz a este pequeño universo bastante masculino. El narrador es un idiota y me gustó así. Una idiota con pretensiones. Como todos nosotros. Un funcionario que escribe en primera persona y que yo leí como si no fuera la responsable de su existencia. Yo le corregí el mundo a Jacinto Cifuentes, nada más. O le buscaba el ángulo en el lenguaje, en la vida.
Anduve tres años con esta novela, mientras escribía poesía. Los poemas de Carnívora son de la misma época, esa en la que volví a comer carne. En la que una anemia me puso a masticar de nuevo. La segunda vez que volví a Argentina desde Madrid, yo no comía cadáveres, así los llamaba. Me invitaban a asados y yo sentía que el canibalismo y la amistad iban de la mano, que compartir una víctima sobre las brasas creaba una sensación de tribu entre los comensales. Y yo me quedaba afuera. Andaba con mis ensaladas y mis zetas, rumiando sola. Cada tanto me hago la pura, pero no duro nada. Volví a disfrutar de la mística de la carne porque quiso la anemia que me acercara al hígado. Era eso o unas horribles inyecciones de hierro.
Lo que sí recuerdo es que tomé decisiones muy concretas. Nada de diálogos directos ni exceso de coordenadas. Me gusta oscurecer algún eje cuando escribo. En este caso fue el asunto del tiempo. El presente sucede mientras se nombra, no hay fechas para el ya. Trabajé con una suerte de distancia histórica mal documentada. Una junta civil gobierna, la capital se ha mudado al sur. El resultado es algo así como un retro futurismo nacional. Una pesadilla colectiva que tiene los colores patrios. Una trama suedopolítica que incluye el humor negro o la tentación de la carne, en un amplio sentido del término.
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